Opinión: OPIN-05
La vuelta al mundo
Alexander Solzhenitsin, el eterno disidente
El gran escritor ruso escucha en su casa de Troitse-Lykovo las palabras del ex presidente Vladimir Putin, quien lo visitó el año pasado debido a que su enfermedad le había impedido recibir en el Kremlin un premio conferido por la Federación Rusa. Foto: AFP

Rogelio Alaniz

En 1976 estaba en Coronda, no precisamente de vacaciones, cuando un compañero de pabellón me acercó "Un día en la vida de Iván Denisóvich". En la cárcel se lee rápido, entre otras cosas porque no hay muchas ocupaciones y lo que sobra es el tiempo. Al libro me lo dieron a la mañana y a la noche lo había terminado. Lo leí de una sentada. La novela describe un día en el campo de concentración de un pobre hombre que ni siquiera sabe por qué está detenido. Lo curioso y lo terrible es que Iván concluye la jornada con cierta satisfacción. Recuerdo una de las últimas frases: "El final de un día sin nubes, un día casi feliz... así fueron los 3.653 días de condena ". En esas palabras, descarnadas, austeras, estaba resumida la tragedia y el espanto del comunismo soviético.

A la mañana siguiente, una requisa de los carceleros me sacó el libro y me castigaron con una semana sin recreos. No dejaba de ser irónico. Supuestamente estábamos en la cárcel por comunistas, pero los carceleros nos sancionaban por leer el libro del escritor que más estaba haciendo para combatir el comunismo. Los verdugos adoctrinados por la dictadura militar no sabían quién era Alexander Solzhenitsin. Tampoco les importaba demasiado saberlo. Sus órdenes no eran literarias, eran prácticas: en la cárcel de Coronda los presos políticos no podíamos leer nada. Los verdugos de las dictaduras no son ni capitalistas ni comunistas, son verdugos.

Así se inició mi relación con el principal disidente soviético. Un año después, en la misma cárcel, pude acceder a "El archipiélago Gulag". No fue fácil llegar a él. En Coronda nada era fácil. El libro que recibí era una masa desordenada de papeles que algunos presos hacían circular burlando el sistema de controles. En esas condiciones demoré más de una semana en leerlo. El libro hablaba de los campos de concentración y daba a conocer los testimonios de los detenidos. El tono del relato era trágico: a veces la tragedia se matizaba con algunas ironías. En todos los casos lo que quedaba claro era que el régimen soviético constituía una repulsiva dictadura totalitaria.

Cuento estos detalles algo privados, porque así se forjó mi relación con este gran escritor. Conocí a Solzhenitsin en una cárcel argentina en los años de la dictadura militar que, dicho sea de paso, se jactaba de comerciar con la URSS y por ese tema estuvo a punto de romper relaciones con los Estados Unidos. No terminaban allí las ironías. Yo estaba preso por pertenecer a la Federación Juvenil Comunista, mientras el Partido Comunista ponderaba las virtudes democráticas de Videla y Massera.

Por supuesto que para la mayoría de los izquierdistas de entonces, Solzhenitsin era un agente de la CIA o algo peor. Todos los indicios parecían confirmar esa sospecha. Y si alguna duda quedaba sobre la identidad reaccionaria del escritor, todo se terminó de disipar cuando viajó a España. Allí les dijo a los españoles que -comparado con la URSS- el régimen de Franco era una democracia griega.

Sabía de lo que hablaba, pero los comunistas no pensaban lo mismo. En esos días, el novelista Juan Benet escribió: "Creo firmemente que mientras existan los tipos como Solzhenitsin deberán existir los campos de concentración. Incluso deberían estar mejor vigilados, para que personas como él nunca puedan salir." Lo que se dice, un humanista marxista en la plenitud de sus facultades.

Es verdad que Solzhenitsin era un conservador y un religioso ortodoxo. Pero las verdades que escribió en sus libros no eran verdades teóricas, razonamientos abstractos. Eran las verdades de alguien que había vivido el horror, que no se lo habían contado. A partir de Solzhenitsin, ya nadie pudo defender a la URSS desde la buena fe. El propio Sartre, que hasta unos años antes decía que la URSS era la patria del socialismo, reconoció que el verdadero socialismo no tenía nada que ver con ese régimen carcelario que había hecho retroceder a Rusia a los peores tiempos del despotismo asiático.

Solzhenitsin no fue el único disidente famoso. También estuvieron Sajarov, Pasternak, Bukovski, entre otros. Pero con el autor de "Pabellón de cancerosos" las fantasías sobre la URSS empezaban a desaparecer. Si en algún momento alguien supuso que "El don apacible" de Sholojov podía ser la nueva expresión de la literatura rusa, ahora quedaba claro que el heredero de Tolstoi era Solzhenitsin y que Sholojov no era más que un farsante, un despreciable oportunista.

Solzhenitsin nació el 11 de diciembre de 1918 en Kilslovdsk. Llegó al mundo un año después de la revolución de Lenín. El dato merece mencionarse porque su rechazo al régimen no provendrá de la propaganda zarista, sino de su propia experiencia. Estudió Matemáticas y Física y durante años se dedicó a la docencia. En la Segunda Guerra Mundial peleó contra los nazis y ganó honores de héroe en la batalla de Kursk.

A partir de 1946 comenzó su itinerario por los campos de concentración. No había cometido ningún delito, no había saboteado el socialismo ni nada parecido. Simplemente debía reeducarse. Ese proceso de aprendizaje duró unos diez años. Allí conoció el horror por dentro. Allí supo de los tormentos, de las masacres en masa y de los verdugos.

Con la muerte de Stalin y el deshielo de Kruschev recuperó la libertad. En esos años se publicó en la URSS "Un día en la vida de Iván Denisóvich". Había que dar una imagen de apertura. Sin embargo, la primavera fue muy breve, Incluso, es una licencia del lenguaje llamarla primavera. Fue apenas un otoño. Un otoño cálido, pero no más que eso. Poco tiempo después los libros de Solzhenitsin fueron retirados de las librerías y él fue expulsado de la Unión de Escritores.

Solzhenitsin vivó en el destierro alrededor de veinte años. En Alemania, en Estados Unidos, siempre fue un ruso que extrañaba a su tierra. Los norteamericanos descubrieron que el disidente anticomunista era también un crítico del capitalismo. En 1994 regresó a Rusia después del derrumbe del régimen. Estaba feliz por retornar a su patria, pero la corrupción, las prácticas mafiosas, el culto al dinero lo hartaron. Su convicciones eslavófilas y conservadoras se acentuaron. También su religiosidad. Sus opiniones sobre Occidente fueron cada vez más ácidas: "No tengo ninguna esperanza en Occidente y ningún ruso debería tenerla". Sus palabras nos pueden resultar chocantes. Lo son, efectivamente. Pero lo que nadie le pudo desconocer es la sinceridad y la pasión de su causa.

Murió este domingo cuando le faltaban unos meses para cumplir noventa años. Podemos disentir con sus opiniones, no compartir su sentimiento religioso de la vida o su tradicionalismo conservador, pero lo que no podemos desconocer es la verdad de su vida, esa verdad que conquistó con dolor, con soledad y derrotas. Cuando muchos callaban, Solzhenitsin habló; cuando muchos vendían su pluma, él la puso al servicio de una causa perdida; cuando muchos preferían consentir, él decidió rebelarse. Contradictorio, apasionado, testarudo, amó a su tierra y a su pueblo con pasión religiosa. Su vida y su obra hoy son una unidad. Allí no hay grietas. Tampoco palabras innecesarias.

Fue un hombre valiente que vivió y murió como un hombre valiente. En el prólogo a "El archipiélago Gulag" había escrito: "Dedico este libro a todos los no vivieron para contarlo, y que por favor me perdonen por no haberlo visto todo, por no recordar todo, por no poder decir todo".