Opinión: OPIN-03
Crónica política
Los noventa años de El Litoral
Por Rogelio Alaniz

El santafesino sabe y acepta que el diario que lo representa en la región se llama El Litoral. Lo comprará todos los días o de vez en cuando; lo leerá en su casa, en el bar o en la oficina; se interesará por su sección necrológica, por su información deportiva o por sus opiniones políticas, pero en general, a la hora de buscar una noticia u opinión, el santafesino recurre a El Litoral.

Algo parecido ocurre con el santafesino que vive en el exterior. La distancia, en este caso, hace que el vínculo sea más consistente, y a veces más necesario. Viajando por el mundo y conversando con los santafesinos que pululan por allí, he tenido la oportunidad de verificar este dato. Uno se puede ir de la ciudad, puede vivir muy lejos y en mejores condiciones, pero para bien o para mal la ciudad en donde uno nació y vivió sus primeras experiencias no lo abandonan nunca. Hacerlo es imposible. Además, es innecesario.

Cuando un santafesino evoca a su ciudad perdida recuerda algunas imágenes inevitables: el Puente Colgante, la Costanera, el Parque del Sur, la peatonal San Martín, la escuela y el colegio de la infancia. Los recuerdos alcanzan a un puñado de amigos, a una novia perdida en el tiempo y, en todas las circunstancias, a El Litoral.

La relación con el diario es tan cotidiana, tan habitual, que no se reflexiona sobre ella. Para el santafesino, El Litoral es tan inevitable como el canto de los pájaros o el zumbido de los mosquitos. Interrogarse sobre esta relación, es algo más que hablar de una empresa. Hablar de El Litoral significa, en primer lugar, hablar sobre la identidad de los santafesinos y el rol que ha jugado un diario para constituir y constituirse.

En 1918, era un diario nuevo y modesto, y por cierto no era el mejor. Diez o doce años después, el liderazgo social estaba constituido. Para la década del cincuenta ese liderazgo ya era absoluto. Explicar este proceso no es sencillo. Sin duda que los roles de Salvador Caputto y Pedro Vittori fueron importantes. La perspectiva política de uno y la visión empresaria del otro le dieron a El Litoral las alas necesarias para su vuelo.

Sin embargo, trascendió la biografía de sus fundadores. Seguramente el talento de los hijos y los nietos ha tenido que ver con estos logros; pero yo diría que en lo fundamental el diario sostuvo su liderazgo porque en cierto momento cobró autonomía de sus propios dueños. A partir de los años treinta, su rasgo distintivo lo daba el hecho singular de que los dueños debían adaptarse al diario y no a la inversa.

Esta afirmación merece explicarse. Cuando un diario se inserta en la sociedad y la sociedad lo hace propio, es porque ese diario ha sido capaz de fundar una tradición. Una tradición no se funda sólo con un buen artículo o un buen título de tapa. Una tradición no viene dada, una tradición se crea, pero esa creación está hecha de una relación cotidiana entre la noticia y la gente, entre los avatares de la política y las exigencias del poder.

Una tradición se crea también cuando el diario ha sido capaz de constituir el sentido común de la sociedad. Un diario no se escribe de cualquier manera. Hay un lenguaje, hay imágenes, hay una textura que nos va reconociendo como santafesinos. El acierto de El Litoral fue haber logrado expresar ese sentido común, ese conjunto de saberes cotidianos, hechos de palabras y giros en los que una ciudad y una región se descubren y reconocen.

Hoy se dice que para que un diario funcione debe conquistar el mercado. Para ello se diseñan estrategias que asesores y publicistas han estudiado. Hay emprendimientos que han salido bien y hay muchos que han fracasado. No es fácil ganar el mercado y no hay recetas infalibles que digan cómo conquistar a los lectores. Hoy un diario puede ser exitoso y mañana desaparecer. Pero no es esto lo que más importa. Lo que interesa no es el éxito inmediato, sino la perdurabilidad. Dicho con otras palabras: el éxito es una condición necesaria de un diario, pero no suficiente. Para que un diario merezca ese nombre debe ser evaluado históricamente.

Un diario es realmente importante cuando vence la prueba del tiempo, cuando además de ser una hoja de noticias y una empresa, se transforma en institución. El Litoral, en este sentido, es algo más que un diario que se vende. Es, por sobre todas las cosas, una institución. Esa institución, desde el punto de vista accionario, puede pertenecer a una familia o a un grupo de familias, pero desde el punto de vista histórico y cultural pertenece a todos los santafesinos.

Se sabe que es la historia, el paso inexorable del tiempo lo que legitima a una institución. El Litoral lo es porque vende un significativo número de ejemplares, levanta mucha publicidad, tiene empresarios innovadores y periodistas capaces; pero la prueba de fuego que asegura su condición de institución son sus noventa años. Mientras todas las tardes los santafesinos reciban el diario en su casa o lo compren en el kiosco de la esquina; mientras a la hora del crepúsculo, antes o después de la cena, en el patio, en las noches de verano, en el living o el dormitorio en el invierno, los santafesinos lean con ojos ansiosos o resignados las noticias del día, la institución se irá renovando.

Los diarios no son todos iguales. La relación con el poder tampoco lo es. Un diario puede proponerse estar con el poder político existente, ejercer la función de fiscal del poder, acomodarse a todas las circunstancias o proponerse ser el termómetro de la sociedad. El Litoral no escapa a estas generales de la ley. Pensarlo al margen del poder o ajeno a él, sería una ingenuidad o algo peor. En la medida que actúa sobre la sociedad, que se nutre de ella y que de alguna manera trata de influir, todo diario es siempre un factor de poder. Eso es obvio.

Lo que importa dilucidar es si como proyecto de poder mantiene su autonomía o se subordina a otro poder superior. Hay diarios que son financiados por pooles empresarios y defienden sus intereses; hay diarios que tienen la virtud de ser siempre oficialistas y todos los años se venden al mejor postor y hay diarios que en lo fundamental se preocupan por ser autónomos, interactuar con los otros poderes de la sociedad y el Estado, pero no someterse a ellos.

Para que este proceso pueda darse de manera efectiva, para que un diario escape a la tentación de corromperse o a la fatalidad de quebrar, debe elaborar una relación consistente con la sociedad. El gran capital de un diario, su fortuna y su futuro dependen de su relación con la gente. Si esto se resuelve, lo demás viene por añadidura. En Santa Fe, la mayoría de los diarios que hubo no pudieron hacerlo o sostenerlo. El Litoral, sí.

Como toda institución que se apoya en tradiciones, El Litoral debe resolver diariamente su relación entre lo conservador y lo progresista, entre lo que hay que conservar y lo que se debe innovar. No hay recetas para resolver esta contradicción, tal vez porque sea irresoluble, o tal vez porque el talento del diario haya consistido no en resolverla, sino en sostenerla a lo largo del tiempo como tensión, como desafío o como riesgo.

Si el pasado es la tradición y el futuro es el horizonte, la sabiduría de un diario consiste no en refugiarse en el anacronismo o huir hacia la utopía, sino en vivir el presente. Allí reside su exclusiva posesión, allí es donde debe resolver todos los desafíos y tensiones. Un diario es un presente que se hace todos los días.

Durante noventa años, El Litoral ha demostrado que puede y sabe hacerlo. No sé, ni hay manera de saberlo, si ese talento se podrá sostener durante noventa años más. Ya es importante que haya cumplido sus primeros noventa años. Yo, por lo pronto, me preparo para celebrar el siglo dentro de diez años. Ojalá El Litoral pueda festejarlo. Y ojalá yo esté para escribirlo.