Hipodamo
Y hubo el día en el que la herencia redentora Äesa que descendía del paraíso terreno construido por un antecesor más o menos cercanoÄ fue tan sólo una ilusión pasada de moda, como la América de nuestros bisabuelos, el título profesional de nuestros abuelos, el Prode de nuestros padres, y tantas otras fantasías que hoy no alcanzan ni para espejismos candorosos de los necesitados de salvar el quebranto.
Muchas cosas han cambiado en la vida de la ciudad, y la idea de que alguien iba a heredar algo alguna vez fue de repente un error de apreciación grosero, porque el mecanismo por el cual lo acumulado durante una vida era traspasado a las siguientes pareció haberse dislocado para siempre.
A medida que los años se fueron, una parte cada vez más considerable de quienes abandonaban la edad laboral Äo, como quiere el eufemismo, la vida activaÄ encontraba que el retiro era otra cosa que no un júbilo; personas acostumbradas a la economía diaria del que ahorra, distinguida por cierta frugalidad, debieron enfrentar una madurez insospechadamente dispendiosa que, asimismo, se prolongaba más de lo que solía, hasta un punto en el que la idea de longevidad comenzó a verse poco menos que como una amenaza.
A pesar de los avatares de la subsistencia cotidiana, quienes se jubilaban con, digamos, treinta años de trabajo, notaron que tenían una expectativa de quince años hacia adelante por vivir, la mitad del tiempo que pasaron trabajando; y si, ciertamente no estaban dispuestos a sacrificar la calidad de vida, dado el nivel habitual de los haberes, debieron echar mano a cualquier recurso extraordinario atesorado.
Si suscribieron el "sistema de reparto", las jubilaciones ordinarias eran por lo común bien magras; si alcanzaron a optar por una administradora de fondos, quedaron atados a los vaivenes de los crecientemente inestables Äy deficitariosÄ "mercados globalizados".
Los gastos de las gentes mayores en cuidados, servicios de salud y medicinas resultaron más elevados de lo que nunca habían sido, y representaron el precio adicional que debía pagarse por un pasar más o menos plausible, en tanto y en cuanto no se presentaran esas circunstancias excepcionales, tan frecuentes a edad avanzada.
Hace unos años, cuando la ilusoria "paridad cambiaria" daba espacio a una tendencia previsora, tuvieron su auge los seguros de vida: uno depositaba una suma mensual razonable en una cuenta de ahorros con la esperanza de que, ya por el infortunio, ya por la mera obra del tiempo, algún beneficiario se hiciera de un capital más o menos módico.
Aquella práctica, más allá de haber caído en el desuso gracias a la mutación de las situaciones, fue desplazada por la especulación de los inversionistas que compraron los seguros Ävigentes o a punto de caerÄ a valores que, aunque apenas fuesen una fracción del monto asegurado, alcanzaban para estimular el apetito de quien estaba más urgido por subsistir en ésta, que por pasar a la otra vida.
Si todo lo dicho no fuera bastante, la acompasada y crónica depreciación de los salarios y la proliferación de los desempleados hicieron que aquellos recursos que otrora engrosaban las herencias se filtrasen hacia las generaciones más jóvenes durante la vida de los legadores bajo la forma anticipada de auxilios, favores y paliativos.
Tal parece que, al estar de las cosas, los herederos fueron a extinguirse antes que aquellos a quienes, por obra de la ley natural, debían heredar.