El torbellino de exigencias y el caos diario parecen arrastrarlo todo a su paso. Cada final de jornada llega con el agotamiento propio de una rutina cada vez más acelerada, con tiempos propios que discuten la lógica del reloj, torciendo al máximo el avance de las agujas, en una puja en la que la única víctima es el huérfano prisionero en medio de dos avalanchas incontenibles: uno mismo.
En el mínimo paréntesis, la pregunta cae con ruido de plomo: ¿cuál es la verdadera exigencia?, o mejor: ¿quién/quiénes son los que exigen? Como sucede en cada ocasión en que es necesario encontrar un responsable y la intuición nos hace sospechar de nuestra voluntad, las excusas generales y las culpas ajenas podrían multiplicarse casi al infinito, pero la verdad no tiene escapatoria y, sinceridad mediante, la lupa señala la exclusiva causa: la falla es propia.
Las metas y objetivos se van corriendo hasta ocupar lugares quiméricos, las relativas riquezas se amontonan sin utilidad y ningún logro deja espacio para el disfrute, porque se debe continuar en la búsqueda del huidizo éxito, el único sitio posible. Mártires de la velocidad, los seres humanos sucumben en un sistema vicioso que, además, no extraña su eventual caída, ya que son descartables fusibles de paso. Entonces, replanteemos el interrogante: ¿para qué entrar en esa vorágine?, ¿cuál es el verdadero rédito?
Obviamente que es imprescindible trabajar, atender las obligaciones diarias y relacionarse con el resto de la sociedad, pero también deberíamos tener el intervalo que nos regale un refrescante sosiego para volcarnos a nuestro interior. Disfrutar de uno mismo sin presiones, calmar el oleaje oceánico y navegar en el calmo estanque íntimo, para recuperar la paz extraviada. No existe otra receta para no caer. Lo material acumulado seguirá allí a pesar nuestro, y el sistema no se detendrá ni siquiera para el mínimo duelo. Todo continuará funcionando, elevando su ritmo y el número de sacrificios. La pausa, entonces, nos aleja de ese abismo indeseado pero siempre amenazante. Y nos acerca a lo primordial: nosotros mismos.