Opinión: OPIN-02 San Francisco, el lobo y los hombres

Luis Guillermo Blanco

San Francisco, en "Los demonios expulsados de Arezzo", de Giotto.

Es conocido el conmovedor relato según el cual, en el tiempo en que moraba en la ciudad de Gubbio, movido a compasión de la gente del pueblo, San Francisco salió a la búsqueda y amansó a un lobo ferocísimo, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres. Cuenta el Directorio Franciscano que el lobo, que le había prometido al pobrecito de Asís no dañar más a nadie, siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta y era alimentado, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. Al cabo de dos años, el lobo murió de viejo; los habitantes lo sintieron mucho, ya que, al verlo andar tan manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y la santidad de San Francisco.

La versión poética de Rubén Darío referente a esta historia es muy distinta ("Los motivos del lobo"). Y es trágica. En ausencia de San Francisco, el lobo "tornó a la montaña, y recomenzaron su aullido y su saña". San Francisco vuelve a enfrentarlo y lo conjura a que le responda por qué ha vuelto al mal. El lobo le responde: "Empecé a ver que en todas las casas estaban la Envidia, la Saña, la Ira, y en todos los rostros ardían las brasas de odio, de lujuria, de infamia y mentira. Hermanos a hermanos hacían la guerra, perdían los débiles, ganaban los malos, hembra y macho eran como perro y perra, y un buen día todos me dieron de palos. Me vieron humilde, lamía las manos y los pies. Seguí tus sagradas leyes, todas las criaturas eran mis hermanos. Y así me apalearon y me echaron fuera, y su risa fue como un agua hirviente, y entre mis entrañas revivió la fiera, y me sentí lobo malo de repente, mas siempre mejor que esa mala gente. Y recomencé a luchar aquí, a me defender y a me alimentar, como el oso hace, como el jabalí, que para vivir tienen que matar. Déjame en el monte, déjame en el risco, déjame existir en mi libertad, vete a tu convento, hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad". Y concluye Darío: "El Santo de Asís no le dijo nada. Le miró con una profunda mirada, y partió con lágrimas y con desconsuelos, y habló al Dios eterno con su corazón. El viento del bosque llevó su oración, que era: Padre nuestro, que estás en los cielos...".

El tema de David Lebón y Charly García ("San Francisco y el lobo") parece resumir a los últimos versos de Darío: "Pero un día el hombre mal me empezó a tratar abrieron heridas que no cerrarán jamás. Padre, ¿volveré a ser feroz? Mi garra será mortal ¿Volveré a ser feroz? Un rayo en la oscuridad".

¿Qué se puede opinar al respecto? La versión franciscana es bella. Los poemas son crueles. Pero parecen adecuarse más a la realidad cotidiana, incluso en sentido bíblico (Génesis 6:6). Como fuere, el lobo de Darío presenta una paradójica cuota de humanidad: su repudio a sus "pares" que describe y critica, y que se resume en el conocido adagio de Thomas Hobbes (1588-1679): "El hombre es lobo del hombre": Una deformación de un pasaje del drama "Asinaria", de Plauto (254-184 a.C.): "Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando no reconoce quién es el otro". Sea cual fuere la ideología irracional en la que pretendieron sustentarse, la "caza de brujas" inquisitorial, los hornos de Auschwitz, el apartheid sudafricano y el régimen talibán son ejemplos suficientes. Siendo que, más allá de los psicópatas, "hay infinidad de hombres que no saben ver el mal Äno el de los otros, que para eso son lincesÄ, ciegos ante la infamia de lo que desean o hacen" (Giovanni Papini).

Pero también hay otro tipo de hombres y mujeres lobo, como Harry Haller, el protagonista de una novela de Herman Hesse ("El lobo estepario"). Individuos extraños de una "vida solitaria, ajetreada y sin afectos", dueños de "una capacidad de sufrimiento ilimitada" y que, pese a que reflejan una vida anímica "excesivamente agitada, enormemente delicada y sensible", su soledad y pretendida independencia son su triste destino y su condena: una suerte de ostracismo afectivo autoimpuesto, permanente o ciclotímico. Pero siempre psicopatológico. Propio de seres angustiados y egocéntricos que no encontraron en su infancia el acceso al corazón de otros hombres.

El médico y psicoanalista austríaco Wilhelm Stekel (1868-1940) dijo que "el psicoanálisis nos ha enseñado que todos llevamos un infierno dentro nuestro. La cuestión es saber si nos domina o lo dominamos". Algunos gustarán de su propio infierno y lo amarán "al grado tal de no dejar que lo visiten", y otros preferirán proferir "un grito de amor a la vida en el abismo de la nada". Porque "el infierno está gobernado por los que no se someten al fuego" (Khalil Gibrán). Y gobernar al propio infierno ÄVg., a las neurosisÄ requiere reconocerlo, para intentar evitar que nos devore. Lo cual, es claro, requerirá de psicoterapia. Pues, "si el conocimiento de lo inconsciente fuera tan importante como suponen los profanos, los enfermos se curarían sólo con leer unos cuantos libros o asistir a algunas conferencias" (Sigmund Freud). Lamentablemente, no es así.