Rogelio Alaniz
El vicepresidente de Bolivia, Alvaro García Linera, un hombre inteligente y culto, expresó con precisión los problemas y los desafíos que se le presentan al país: "Tres tareas históricas hay que resolver: la integración de las etnias excluidas, la descentralización política y el desarrollo económico. La mayoría de las naciones que intentaron afrontar estos desafíos debieron soportar una guerra civil o algo parecido. Bolivia intenta hacerlo por la vía democrática". Palabras precisas, históricamente verdaderas. García Linera sabe de lo que habla, pero también debe saber que una cosa es elaborar un diagnóstico correcto y otra, muy distinta, es concretarlo.
Los analistas han calificado el resultado del referéndum como un empate catastrófico. En lenguaje coloquial esto quiere decir que nadie ganó y que, desde el punto de vista nacional, todos están a punto de perder. La opinión no es del todo equivocada. La situación del país es grave y las elecciones pueden haber abierto alguna expectativa, pero los niveles de conflictividad son tan altos que muchos temen que, pasada la euforia electoral, todo vuelva a su cauce anterior, es decir, al conflicto sin salida política razonable a la vista.
Atendiendo a la realidad social y política de Bolivia, no hay razones para ser optimistas. Evo Morales ganó por más del sesenta por ciento de los votos, pero la oposición regional, la de la Media Luna, se impuso en sus regiones por cifras superiores. Morales hace bien en festejar su triunfo porque fue realmente notable, pero después de la fiesta debe ponerse a pensar cómo destraba la situación frente a una oposición regional que, a través de algunos de sus representantes, ha llegado a pedir su derrocamiento.
Los prefectos de las regiones rebeldes, por su parte, deben responder si están dispuestos a respetar las reglas del juego democrático o si se van a precipitar en la sedición política, el golpismo o, lisa y llanamente, la secesión territorial. Si al gobierno nacional hay que exigirle mesura, el mismo reclamo alcanza a los líderes del Oriente boliviano.
En la democracia, la mayoría tiene límites que debe respetar, pero estos límites también deben ser acatados por las minorías. La oposición, en una democracia seria, se prepara para ser alternativa del oficialismo, no para derrocarlo. Lo que está en juego en estos casos es algo más que la democracia porque, atendiendo a la radicalidad del conflicto, la posibilidad de la secesión o de la guerra civil no son alternativas descartables. Basta para ello escuchar los discursos de unos y otros.
Si algún mensaje dio el pueblo de Bolivia en estas elecciones es que lo deseable sería que las diferencias se resuelvan por la vía pacífica de la democracia. A pesar de la agresividad de los discursos, de las amenazas y los pronósticos catastróficos, los bolivianos fueron a votar y lo hicieron en orden y en paz. En un país donde los comicios suelen estar viciados por el fraude o la abstención, el pasado domingo todo se desarrolló con normalidad. Oficialistas y opositores no deberían ignorar esta suerte de mensaje de la ciudadanía, pero, atendiendo a las declaraciones de los líderes de Santa Cruz y Pando, no hay razones para creer que hayan aprendido de la experiencia o que estén dispuestos a revisar posiciones.
Morales sin duda cuenta con una indiscutible representación política, una de las más altas de la historia de Bolivia. Baste para ello recordar que los dos presidente que lo precedieron, Hugo Banzer y Gonzalo Sánchez de Lozada, obtuvieron el 23 por ciento de los votos. Morales es popular, qué duda cabe, pero debe saber que esa popularidad tiene sus límites. El primero es de índole institucional: el sesenta por ciento de los votos es un excelente promedio para vivir en democracia, pero es una baja performance para quien pretende representar a la totalidad.
El segundo límite es de índole territorial y económica. En este punto, la cuestión étnica se confunde con la lucha de clases y las diferencias regionales. Dicho con otras palabras, a Morales el sesenta por ciento de los votos le permite legitimarse, pero no le alcanza para decidir en términos de poder las diferencias con sus opositores que, en más de un caso, actúan como enemigos y disponen de un formidable poder económico.
A juzgar por sus primeras declaraciones después de conocido el resultado de las urnas, Morales es consciente de que la negociación, el consenso, son imprescindibles para asegurar la gobernabilidad. El problema es que los dirigentes autonomistas no dan señales favorables a una salida de ese tipo. Por lo menos, hasta la fecha no se conocen declaraciones en esa dirección.
La historia política de Bolivia no ayuda a pensar soluciones optimistas. Desde 1825 a la fecha, esta nación ha padecido alrededor de 200 golpes de Estado, algo más de uno por año. Las dos grandes guerras emprendidas concluyeron con derrotas. Una con Chile, por lo que el país se quedó sin salida al mar; la otra con Paraguay, en la que, además de perder vidas y recursos, se perdió una porción del territorio, para luego descubrir que, en lugar de morir por el honor nacional, habían muerto por defender los intereses de una de las petroleras más poderosas del mundo.
Los enemigos no siempre estuvieron fuera de las fronteras. Los barones del estaño, los creadores de la tristemente célebre "rosca boliviana", eran mestizos cruzados con indios. Su origen racial o étnico no les impidió explotar impiadosamente a sus hermanos, corromper el sistema político, enriquecerse como sultanes y agotar los recursos naturales.
En los últimos cincuenta años, Bolivia es el país que menos ha crecido en la región. No sólo ha crecido menos, sino que la distancia con los otros países es abrumadora. Según estos mismos estudios, los bolivianos viven hoy en las mismas condiciones que vivían sus padres y sus abuelos, es decir, miserablemente, sin las mínimas necesidades básicas satisfechas.
Bolivia posee un territorio de alrededor de un millón de kilómetros cuadrados y una población que supera los nueve millones de habitantes (alrededor de dos millones viven en los países vecinos). El 55 por ciento de la población es indígena; el 30 por ciento, mestiza, y el 15 por ciento, blanca. Hasta la llegada de Evo Morales al poder, los blancos gobernaron Bolivia y los resultados están a la vista: pobreza, segregación, parálisis productiva y corrupción política.
La elite dirigente, mayoritariamente blanca, no puede eludir la responsabilidad por lo que hizo con el país. Morales, en este sentido, es el emergente de tantos errores y horrores. Una clase dirigente no puede equivocarse durante más de un siglo y medio y suponer que todo va a seguir igual.