El otro día, lo digo con rancio orgullo, rompí mi primera silla. Está bien, era de plástico, quizás no de las más reforzadas, pero logré abrirla con determinación y entereza, para terminar estrepitosamente en el piso. Con esa caída, he puesto acaso un doloroso punto final a una vida intensa de deportes, a los espontáneos calificativos de "flaco" que alguna vez recibí, a un raudo recorrido enhiesto (eh Néstor, cuac) y victorioso.
Se terminó en ese solo y anónimo acto la impunidad de marchar por la vida a un helado diario en verano y a un chocolate diario en invierno como dosis mínima requerida (y a la combinación de ambos en la mayoría de los días, y a la duplicación de la dosis en otras muchas gloriosas jornadas...)
No habrá registros históricos, en ningún museo del mundo dirá que aquí se cayó Néstor Fenoglio, pero en ese museo personal que es nuestra memoria y nuestra conciencia, en esa especie de blog corporal, habrá un antes y un después de esa caída. He cruzado el Rubicón (esto fue en Cayastá, así que más que el Rubicón, he cruzado el Leyes, pero bueh...) y me he encontrado, revolcado, desparramado conmigo mismo, pero más pesado, cuesta abajo y en el piso. Loparió.
Cuando cruzás los cuarenta años, empezás a mirar las revistas, papeles, tarjetas personales, acercando o alejando los objetos para encontrarle el punto, hasta que de una buena vez aceptás que necesitás en realidad anteojos.
Con la pérdida de elasticidad también hacés malabarismos raros que te acerquen a las cosas. Antes, te tirabas al piso para buscar debajo de la cama una pantufla (y ahora buscás miserablemente una escoba o algo para hacer la sucia tarea), te inclinabas vos para atarte los cordones de los zapatos (y ahora levantás los pies arriba de una silla o de la cama o de algo para no tener que agacharte) y otras tantas acciones. Incluso siendo deportista, antes agarrabas una pelotita de tenis con una ágil elongación y ahora usás la paleta o raqueta, o la pateás hacia otro compañero, o buscás levantarla sin agacharte...
Y en materia de kilos, yo he venido observando a amigos, parientes o desconocidos pelear con su sobrepeso. Me reí de aquellos que superponían sillas de plástico para reforzar el siento y no caerse (algunos, hasta tres sillas encimadas), y yo mismo me encontré controlando en algún cumpleaños o en un comedor la pequeña apertura de las patas de alguna silla blandita, regulando, teniendo esa aprensión de que todo podía terminar mal en algún momento...
Desde ya les digo a los dueños de comedores y a quienes alquilan salones que no sean malos tipos y que compren sillas de madera, o de comprobada dura-esta-bilidad, asumido que está que yo y otros como yo no vamos a adelgazar un carajo hasta que un médico (que no será flaco, encima, el muy cretino) no nos diga que estamos al horno, que tenemos colesterol, uria, gota o algo que los médicos siempre te encuentran.
Deben comprender los poseedores de sillas fallutas que una sola rodada de un cliente genera en esa persona y en su entorno una reacción y publicidad subliminal negativa: nadie quiere volver al sitio donde se encontró tan de golpe (literalmente) con la triste realidad hasta allí negada o postergada: estás gordito, hermano. Nadie querría, me parece, volver a tocar la olla que lo quemó...
Y nos vamos: no da para más. Desde el triste episodio me tienen y me tengo a dieta. Una sopita o una fruta o un indigno yogur (será muy sano pero es una derrota, carajo) a la noche, que es como una afrenta para este noble cuerpo de noventa kilos que supe componer a puro guiso y tallarín, a buen y mal vino, a cervezasos, a chinchulín y tripa gorda, meta molleja, en fin, a buena y parece que pasada y pesada vida. Como ven, estoy dolido: me duelen el pecho y el huesito dulce, espíritu y materia, respectivamente. Es que esa primera caída (que anticipa futuras: los hombres siempre pisamos la misma piedra ) fue un porrazo de novela. Realmente, lo que se dice un punto de quiebre. O habrá que entender que las cosas caen por su propio peso.