Opinión: OPIN-04
Crónicas de la historia
San Martín en Europa

Don José, anciano, retrato del pintor Antonio Alice. Foto: Archivo El Litoral


Rogelio Alaniz

San Martín murió el 17 de agosto de 1850 a las tres de la tarde. Desde hacía unos meses su salud se había deteriorado aceleradamente. A sus tradicionales problemas digestivos le sumaba las cataratas que prácticamente habían reducido su vista al mínimo. En las últimas semanas había tenido que reducir sus habituales paseos por el pueblo porque tenía muchas dificultades para caminar. El deterioro físico no comprometía su inteligencia. Según testigos, estuvo lúcido hasta último momento. Su muerte fue apacible, rodeado del afecto de su hija y sus dos nietas ya adolescentes.

Desde fines de 1848, San Martín y su familia se habían trasladado a Boulogne Sur-Mer, una localidad de unos treinta mil habitantes levantada frente al Canal de la Mancha. El motivo de la mudanza fue político. Es probable que el recuerdo de su maestro y amigo, el general Solana, asesinado por la turbas en Cádiz cuando él era un muchacho, lo hubiera marcado para siempre.

La idea de viajar a Boulogne Sur-Mer fue considerada como una salida transitoria hasta que concluyeran los desmanes en París. La aprensión por lo sucedido en la capital francesa debe haber sido grande, porque en algún momento conversaron en familia sobre la posibilidad de irse a vivir a Gran Bretaña si la situación social empeoraba.

San Martín vivió en Boulogne Sur-Mer unos dos años. Siempre consideró que su estadía allí era transitoria. Es curioso, pero si se recorren los momentos cruciales de la vida de don José siempre los traslados fueron transitorios. Cuando en 1824 se fue de Buenos Aires, la idea era la de regresar lo más pronto posible. En Bruselas pensaba quedarse unos meses y se quedó años. Algo parecido ocurrió con su estadía en París. El retorno a la Argentina siempre estuvo merodeando en su fantasía. Si bien desde 1829 no regresaría al Río de la Plata, en su correspondencia cada vez que salía el tema hablaba de su finca en Mendoza y de sus deseos de pasar allí sus últimos años. Un dato interesante: en otras cartas hablaba de vivir a orillas del Paraná, con lo cual podríamos fantasear acerca de un San Martín caminando en sus años maduros por la costa de nuestro río.

No creo exagerar si digo que San Martín siempre estuvo de paso, nunca en su vida tuvo un domicilio fijo. En España peregrinó al ritmo de los traslados militares y los frentes de guerra. Cuando llegó a Buenos Aires, en 1812, no sabía a ciencia cierta cuál sería su destino. Allí no alcanzó a vivir dos años. También fueron transitorios sus domicilios en Córdoba y Mendoza. En Santiago de Chile y en Lima fue un ave de paso. De todas esas residencias, la que siempre recordó con afecto fue la de su chacra en las afueras de Mendoza. Allí estuvo viviendo cerca de un año, después de renunciar al gobierno de Perú. En esa modesta chacrita la debe haber pasado muy bien porque en su correspondencia y en las charlas con sus paisanos siempre evocará ese paraje con la nostalgia del paraíso perdido.

Los años maduros y la vejez de San Martín estuvieron marcados por los inevitables achaques. A los rigores de la edad el general los sobrellevó con dignidad. Problemas de salud había tenido desde joven. Recordemos que la campaña de los Andes la hizo agobiado por los dolores de estómago y las complicaciones intestinales. Ya para esa época recurría al láudano y la morfina para calmar los dolores. Lo seguirá haciendo hasta el final.

Cuando San Martín dejó Buenos Aires tenía cuarenta y cinco años. Hoy sería un hombre joven. En aquellos años calificarlo así hubiera sido una exageración, pero está claro que estaba en la plenitud de sus facultades físicas e intelectuales. Las complicaciones estomacales lo molestaban pero eran controlables. Siempre se quejaba -medio en serio, medio en broma- de que a su salud la habían quebrado los sinsabores en América. Todas sus dolencias tenían un fondo nervioso. No era para menos. Basta leer lo que se decía de San Martín en Chile, Perú y la Argentina para entender por qué ningún organismo medianamente sano habría podido resistir tantas calumnias, sobre todo cuando quien las recibía se respetaba a sí mismo. A los achaques de la salud, don José los resolvía viajando a las aguas termales de Francia o Italia. Todos los años San Martín calmaba sus huesos pasando largas temporadas en esas ciudades balnearias.

San Martín vivió los primeros años de su autoexilio en Bruselas. Vivió con bastante decoro, pero siempre estuvo preocupado por los sueldos que le debían y las rentas que no le enviaban. Sería desmesurado decir que pasó privaciones rigurosas, pero hasta casi los años cuarenta su situación económica siempre lo preocupó. El viaje a Buenos Aires en 1829 tuvo que ver, entre otras cosas, con la necesidad de arreglar sus cuentas en Buenos Aires y Mendoza.

A partir de los años cuarenta y de la relación con su íntimo amigo, Alejandro Aguado, marqués de las Marismas del Guadalquivir, su situación económica se resolvió y se resolvió muy bien. A la regularidad de los sueldos y rentas de América se sumaban los ingresos por la administración de los bienes del multimillonario marqués, administración de la que San Martín se hizo cargo cuando éste murió en España.

No es verdadera entonces la leyenda de un San Martín pobre, casi miserable, en el exilio de Europa. Nunca le sobró la plata, pero siempre contó con recursos para vivir con cierta dignidad. No necesitaba hacer grandes esfuerzos para ello. Por temperamento, por estilo de vida, por convicciones, San Martín era un hombre de costumbres austeras. Se arreglaba con poco y no le molestaba hacerlo. Sí, era celoso de su dignidad. No le gustaba deber favores a nadie y mucho menos plata.

Como buen militar se levantaba temprano, comía liviano y sus hábitos con el alcohol y el tabaco eran muy moderados. Cuando vivía en París le gustaba salir a caminar por la gran ciudad. En su residencia de Grand Bourg sus hábitos eran más espartanos: arreglar la huerta, trabajar en su tallercito de carpintería y, a la tarde, salir a dar una vuelta en caballo por las orillas del Sena. Dos aficiones lo distraían: la música y la pintura. A San Martín siempre le gustó tocar la guitarra y en París durante un tiempo tomó lecciones de un profesor español. Con respecto a la pintura, más de una vez dijo que ésa debería haber sido su verdadera vocación.

Tanto en Bruselas como en París, San Martín fue un asistente habitual a las ceremonias de las logias masónicas. Es imposible entender su vida pública, sus decisiones políticas, al margen de su compromiso con la masonería. Todos sus contactos, sus vínculos sociales, públicos y privados, están marcados por esa relación. Las máximas a Merceditas están inspiradas en principios masónicos.

San Martín se hizo masón en Europa, pero no en 1825 sino antes de 1810, y no en París, sino en Cádiz. Nunca dejó de serlo. Jamás lo hizo público porque respetaba los códigos de las sociedades secretas, pero negar esta relación de San Martín sería injusto y hasta tonto.

A los acontecimientos políticos de la Argentina los siguió con atención y con cierto escepticismo. Ya en 1829 había diagnosticado que la única solución posible para la Argentina era un gobierno fuerte y centralizado, tarea que le habían ofrecido y que él no estaba dispuesto a realizar. Cuando Juan Manuel de Rosas llegó al poder consideró que era una respuesta adecuada a la crisis política abierta después del fracaso de Rivadavia y el fusilamiento de Dorrego.

Liberales y revisionistas han discutido hasta el cansancio esta relación. Para ser justos hay que decir que San Martín nunca fue antirrosista, jamás lo consideró un tirano o un sátrapa. Sus posiciones críticas respecto de los bloqueos franceses y anglo-franceses fueron públicas y notorias. Como buen militar, según unos, o como buen patriota, según otros, no podía compartir la agresión de potencias extranjeras contra la patria. En 1838 le ofreció a Juan Manuel de Rosas sus servicios para dirigir la defensa contra el bloqueo francés. Rosas, que era un político astuto, agradeció los servicios, pero consideró que por el momento no eran necesarios. Como todo hombre del poder, Rosas debe haber pensado que la personalidad de San Martín era demasiado poderosa como para compartir honores.

Las relaciones de San Martín con Rosas se confundieron con las relaciones de su yerno, Mariano Balcarce, con el Restaurador. Sería injusto decir, como dice Alberdi, que San Martín capituló ante Rosas por razones familiares y presupuestarias, pero lo cierto es que el sobrino de Balcarce vivió muy bien como diplomático durante los años de Rosas.

Cuando a partir de 1845 se iniciaron los problemas con los ingleses, San Martín escribió condenando la intromisión de potencias extranjeras. En este punto San Martín contradice a liberales y nacionalistas. A los liberales, porque una vez más reivindica a Rosas y, como frutilla del postre, ordena en su testamento que le entreguen el sable de las guerras de la Independencia. A los nacionalistas, porque en esa crisis San Martín criticó a los ingleses, contradiciendo la leyenda de que era un agente de Su Majestad. Por último, para quienes hablan de un San Martín indiferente al destino argentino, en ese testamento pidió que sus restos descansaran en Buenos Aires.