textos de Luciano Andreychuk. foto de El Litoral
Leer el "Martín Fierro" de José Hernández, o "Juan Moreira" de Eduardo Gutiérrez, implica no sólo volver sobre dos clásicos de la literatura nacional, sino -además- recuperar dos obras inaugurales de la primera vanguardia literaria popular de la historia argentina: la ficción criollista. Un movimiento que, por sus características, modos de producción, circulación y recepción, tuvo profundas implicancias sociales y culturales.
Durante las últimas décadas del siglo XIX, la progresiva campaña de alfabetización llevada a cabo con la promoción ininterrumpida de la instrucción elemental y el establecimiento de centros escolares a lo largo del país, constituyeron una de las premisas fundamentales de la Generación del "80. Se redujeron significativamente los elevados índices de analfabetismo, engrosados por el arribo de numerosos grupos de inmigrantes (desde 1880 hasta 1886 entraron al país 483.000 extranjeros), la mayoría provenientes de las clases sociales más empobrecidas de Europa y con un escaso nivel de instrucción.
El desarrollo del programa educativo proveyó una experiencia pedagógica exitosa, que permitió no sólo instalar a los sectores bajos y medios en el dominio de la lectura, sino que además encumbró a la escuela como el espacio de integración social por antonomasia. El ámbito escolar amortiguó las diferencias de lengua, de cultura y de etnia entre criollos e inmigrantes.
En este contexto surge la literatura criollista, en plena etapa de formación de la Argentina moderna, durante las décadas que ensamblan los siglos XIX y XX (1880-1910). El fenómeno nace a la luz de las campañas de alfabetización: el factor educativo fue determinante para el surgimiento de un nuevo público lector, masivo y popular, que acogería como propia la nueva experiencia literaria.
"El gaucho Martín Fierro" (1872) y "La vuelta de Martín Fierro" (1879) de José Hernández, constituyeron la matriz. La poética gauchesca de Hernández estaba constituida por sinergias discursivas predefinidas: verso octosilábico, lenguaje campero, mensaje contestatario y rebelde. Luego aparecerá "Juan Moreira" (1880) de Eduardo Gutiérrez.
Así, a ficción criollista le dio al personaje gauchesco un protagonismo con perfiles propios y bien definidos: el gaucho es un paria estigmatizado por su destino, que debe sobrevivir en un entorno hostil de marginalidad, soledad, carencias y privaciones, huirle de la autoridad que lo persigue para ajustar cuentas. La sombra de la fatalidad lo acecha a cada paso: el gaucho es lo más cercano a un antihéroe vernáculo. Otros personajes como el Viejo Vizcacha o el Hormiga Negra reforzaban esta construcción literaria, que caló hondo en la sensibilidad popular de los lectores de la época.
Fierro y Moreira fueron, entre otros tantos, personajes creados por una imaginación literaria que catapultó al gaucho como nuevo actor social, consagrándolo como el símbolo de una épica nacional e iniciando una vanguardia que sentaría las bases de la cultura popular argentina.
A finales de la década de 1880 ya había decenas de autores y de títulos, millares de ejemplares que circulaban a través de una industrial editorial rudimentaria pero eficiente, pues se las ingeniaba para difundir textos con historias gauchescas al margen de los canales de difusión y circulación establecidos por la cultura dominante: los clásicos folletines y todo tipo de publicaciones impresas corrían por el quiosco callejero, los salones de lustrar, las barberías, las terminales de trenes, los escaparates de las ferias, las valijas del mercachifle, etc.
El criollismo literario despertó con fuerza otras expresiones artísticas en la cultura popular de la época: los salones literarios y las representaciones sainetescas, en las que proliferaron desde imitaciones de Juan Moreira hasta el Cocoliche (un hilarante híbrido entre el inmigrante y el criollo nativo) El Cantinflero y El Malevo, entre otros personajes populares. El tango y la milonga empezarían a escucharse en los suburbios de Buenos Aires.
La sociedad de aquel pasaje histórico estaba conformada por estratos sociales bien separados. En un pináculo selecto aparecían las clases oligárquicas tradicionales y los círculos patricios, cuyo prestigio estaba basado en la antigüedad del grupo, el linaje y el poder político-económico asociado con la tenencia de la tierra. Desde estas esferas sociales, el criollismo fue visto como un emergente no deseado del proyecto de modernización nacional: algo así como una piedra en el zapato de la cultura elitista.
La literatura criollista vino a confrontar con el carácter conservador y selecto de la noción de cultura impuesta por la clase letrada. Quebró el molde e inició una suerte de democratización de la lectura, y de la cultura. Es éste el punto que acerca el criollismo al título de vanguardia literaria, pues significó la emergencia de una tradición literaria y la irrupción de una literatura alternativa, de resistencia cultural. Las fronteras que separaban la elite cultural de la masa, el centro de la periferia, lo hegemónico y lo subalterno, yo no serían tan claras ni definitivas.
Resistencia cultural en el sentido de una literatura provocativa y anticanónica, que impugnaría el conjunto de valores estéticos y morales de la cultura letrada, inaugurando otras formas de lectura popular e interpretación: el nuevo público lector -engrosado a medida que criollos e inmigrantes eran instruidos de acuerdo al régimen educativo-, se fue configurando en contextos de lectura grupal y en voz alta, espacios socializados que comprendían desde entornos de convivencia primarios (el núcleo familiar, grupos sociales asentados en conventillos, etc.), hasta escenarios urbanos comunes (reuniones públicas en veredas, cafetines, plazas, etc.).
El escritor Adolfo Prieto afirma que la irrupción de una ficción gauchesca determinó una construcción identitaria (el gaucho), es decir, un sujeto histórico y político. En este sentido, una de las implicancias principales en lo social que introdujo el criollismo fue la "representatividad de lo nacional". Los valores, símbolos, códigos ideológicos y sentidos de pertenencia y afinidad a un imaginario nacional transmitidos por el criollismo operaron como sentidos sociales que favorecieron la integración sociocultural. Así nacía la Argentina moderna. El resto es historia conocida.