Una de las virtudes de la publicidad es que descubre, "huele", bastante antes que los estadistas incluso (lo cual no es ningún mérito, mucho menos por estos pagos) por dónde pasan las aspiraciones y los sueños de la gente. Entonces, te venden un producto más o menos flamante (lo de siempre, pero con propaganda y etiqueta nuevas) que viene a colmar esa ansia-necesidad-intuición...
Ahora en las grandes ciudades descubrieron que uno no come sano ni natural y por ende, sólo por oposición o el natural movimiento pendular de ir hacia donde no estamos (aunque estuvimos allí antes) o ser lo que no somos, te proponen comidas que no son sanas ni naturales pero lo parecen o lo anuncian así, frescamente.
Y la otra cosa que descubrieron, con tanto emigrado del interior apechugándola en la capital, con tanta añoranza de la buena comida de la nona o la mamma, es que lo casero y artesanal también es un valor. Y, por supuesto, las marcas de alimentos "se anotan" y pelean para sacarte comidas caseras...enlatadas.
Hay una contradicción básica, insalvable: si es fabricado en serie y masivamente no puede ser artesanal. Si es industrial, no es casero. Pero hoy los vagos te venden (y lo peor es que vos comprás), locro o guiso con porotos, escabeche de loro o uña de lagarto con salsa bolognesa. ¿Tu abuela hacía polenta con bacalao? Acá lo tenés en lata igualito al que te hacía la nona, que ya no está aquí y ahora, con lo cual hasta te hacen una recuperación témporo espacial que te llega no sólo al estómago. Son, "realmente" productos de ciencia ficción capaces de viajar en el tiempo y en el espacio.
Por eso no extraña que muchas de esas propagandas hacen entrar a tu coqueto monoambiente capitalino un pedazo de campo -con o sin Buzzi o De Angeli-; o se corporice la nona desde una vieja fotografía blanco y negro, donde trabaja en la cocina de hierro...
Tipos jodidos, los publicistas.
Las empresas que idearon estos productos parten de algunas premisas, ciertas las mayorías, a saber:
1) La gente no tiene tiempo o ganas de cocinar. Gente que pasa de largo al mediodía o que tiene un permiso de una hora para comer y volver al laburo, mal puede encarar la elaboración de unos auténticos tallerines caseros. Así que acá tenés, en una lata, lo que necesitás, bien rápido: lo que demorás en abrir lata y calentarla, si tenés ganas de hacerlo...
2) La gente no usa más la cocina. En el reinado de los microondas, estas comidas precocidas y pre todo, son de irrefutable practicidad: va adentro, programás dos o tres minutos, tiempo justo para lavarte las manos o buscar una cervecita o un jugo (natural: ja ja) y te sentás o comer.
3) La gente tiene deseos, pero también pereza, de hacer una vida sana. La información circulante, las dietas, los cuerpos "saludables", los programas de divulgación científica apuntan a un tipo de vida con la que todos más o menos comulgamos (menos el tío Yulio: comé sano vos y cuidate vos, yo ya estoy felizmente perdido, te decía, el muy sibarita) pero que es imposible de cumplir, al menos en las mega ciudades. Te queda el reflejo de la vida sana y natural, porque en general una mega ciudad es malsana y antinatural.
Y nos vamos, che. Vengo de una casa y una época en donde hasta el dulce de leche o el de higo (que ahora no se consigue o cuesta un higo y la mitad del otro) eran caseros. Por eso me jode un poquito este montón de banderas levantadas en nombre de causas nobles: somos recontracapitalistas pero con banderas zurdas; contaminamos pero somos ecologistas; somos jodidos y rencorosos, pero políticamente correctos; somos feroces pero humanos; somos caseros pero industriales; somos naturales pero elaborados. Hasta el Toco y me voy parece serio aunque sea una joda.