Nora trata de limpiar la palabra, de sacarle la ponzoña de las sensiblerías, la higieniza de las meras impresiones rayanas, y la seca, luego, para que no emocione "demasiado". Se nota la distancia que pretende cuando "el tiempo descarna su caricia dentro de mi/ Con red sabia de sintagmas", esa distancia le da perspectiva a su poesía, la sustrae de cualquier geografía, del tiempo y del espacio, la eleva y la aleja para que podamos verla como si estuviera a punto de escapársenos por el horizonte; es así como entrecerramos los ojos para apreciar sus muros.
La poesía de Nora Didier de Iungman se da en los dedos y las manos, en los pies que descreen del imperio de los ojos. Quizás, nos dice, podamos adivinar con las manos el orden de todo alimento permanente. Luego nos habla de la memoria y utiliza una bella imagen: "racimos". Habla de la "longitud blanda" de esos racimos que son la memoria. La imagen aparece plena de goce, tierna y débil.
Luego, se sensibiliza con la figura del labriego, que es aquel que trabaja bajo el señorío del silencio y que ingresa en el mundo de Nora cuando ella piensa en la palabra; se entrega, pues, a decir: "hago lo posible por aunar nuestro tiempos"; pienso, luego de prender un cigarrillo (ese cigarrillo que puede mostrarnos lo que no vemos), en el tiempo de la palabra y en el tiempo del labriego.
Así, Nora se transforma en la palabra que se dirige al labriego diciendo: "Has regresado igual que tantas veces/ para habitarme en sordo afecto". La metamorfosis se interrumpe, ancla en "la reserva del sufrimiento". Allí se aúnan Nora, el labriego y la palabra.
Leo los poemas una y otra vez, quedo a merced de la escritura que irrumpe inadvertidamente:
Veo pasar un libro enfrente de mí. Veo las hojas desbordarse, salirse de sus límites; las letras locamente extraviadas por el vértigo de partir. El libro pasa delante de mí y yo lo noto como agotado de tanta indiferencia, y no logro abrirlo porque pasa a gran velocidad, y me extraño un poco porque no ha sido para pasar sino para ser abierto, y esa costumbre que le ha entregado inercia lo hace pasar, y vive pasando, y yo corro porque he podido leer algo gracias al viento: "a veces me nombro en líneas para no desvanecerme".
Miro para todos lados en busca de los lectores y andan como perdidamente preocupados por sus mentones, y dejan pasar el libro a la espera de que otros lo tomen, lo dejan para seguir haciendo lo de siempre: volver (siempre los otros nos hacen volver). Esa manía de volver es un puente colgante.
Yo alcanzo el libro y me abre para leerme. Me desnuda impúdicamente: alguien dijo que lo importante es amanecer nimbado de los propios ritos de las propias esperas de las presencias más íntimas hasta el límite exacto de la humillación; mi cuerpo vibra entre los espacios que separan esas palabras como si estuviera escalando las cromáticas moradas del nombre, y allí junto a Nora, en su cúspide rizomática, en su altísimo descenso hacia las inmaculadas esferas de la palabra, en su "soberbia de enigmas" y los "bostezos" y "las llagas" del Hacedor; allí, junto "a los que instrumentan de improviso el silencio colgado de los ojos", estamos entregados a la imprevisible llegada de un "mínimo designio de memoria" para "desteñir el imperio de los dioses".
Nora Didier de Iungman nació en Santa Fe el 18 de mayo de 1948.
Con poetas de su ciudad y de Rosario, y en representación de Asde, ofrece el recital "Porque dejo de crear mundos", en la Feria del Libro de Buenos Aires en el año 1994. Tanto éste como otros recitales realizados con anterioridad, tienen amplia resonancia en Santa Fe y otras ciudades de la provincia.
Actualmente continúa su labor como crítica provincial, nacional e internacional. Paralelamente integra la Comisión Directiva de la Asociación Santafesina de Escritores (Asde) y es secretaria de redacción de la Gaceta Literaria de Santa Fe. Es miembro de la Asociación de Poetas Argentinos de Buenos Aires, de la Asociación Internacional de Mujeres Periodistas (Canadá) y socia activa de la Sade (Santa Fe).
Público: "Poemas", 1988; "Mínimo designio de memoria", 1992; "Repetición de los náufragos", 1993; "Espacio gestual de la ternura", 1995; "Y la luna allá, en lo alto", 1997; también plaquetas y antologías. Su última obra, "Aproximaciones a los ciclos de la poesía en la historia", reúne disertaciones y trabajos efectuados para la "Gaceta Literaria" desde 1989 hasta 1998, procurando presentar el universo lírico desde una óptica de conjunto, en las distintas épocas y regiones.