La mano es fantástica: fue nuestra primera cuchara, tenedor y también peine. Cuando en el fondo de los tiempos (si es que alguien puede arriesgar que vamos hacia adelante o hacia algún lado), alguien tenía que alisarse los largos cabellos prehistóricos, pues, usaba su mano. Los dedos entreabiertos conducían el pelo hacia el lugar deseado, o por lo menos lo sacaban de los ojos o la boca. Luego, los primeros instrumentos y utensilios, recrearon esa forma de mano y así el peine atravesó los siglos hasta el presente, sin demasiadas modificaciones. Hierro, acero, espinas de pescado, maderas, fueron los materiales utilizados respetando esa forma primera mediante la cual la gente se peinaba.
Incluso, más tarde, el peinado tiene formas rituales y en muchas culturas el peine se llevaba a mano, o colgando. Así que aquello del peine para el bolsillo del caballero o la cartera de la dama, que te querían enchufar en los colectivos o en los puestos callejeros, tenía sólidos antecedentes, hasta espirituales o religiosos. En muchas culturas también, el lavado y peinado prolijo de los cabellos, formaban parte de un minucioso ritual.
Todas estas cuestiones desaparecieron: hoy el peinado tiene que ver estrictamente con una cuestión estética. Y también se modificaron, para siempre, nuestras cabelleras. Podrá argumentarse que todavía las mujeres tienen cabellos largos, como hace siglos, pero, a fuerza de montar engaños estables u ocasionales en todas las partes del cuerpo, permítanme desconfiar. Si tiro el pelo (una guarangada que merece un sopapo instantáneo) a muchas de las niñas o señoras que tan gallardamente lucen una larga cabellera, probablemente me quede con las consabidas extensiones -pelo, sí; pero con simpáticos ganchitos para "anexar" y engrosar el cabello propio- en la mano. Y ni hablar de los varones: no tenemos ya ni tendremos, salvo excepciones, el pelo de un troglodita. Cambios culturales, de alimentación, de estética, de higiene, nos han dejado estos suaves pelitos cortos, cuidados y prolijos. O, en otros, casos, amplias zonas despejadas. La tala de árboles es generalizada, carajo.
Entre los pocos cambios operados, debe mencionarse también que dejamos de portar el cuchillo y el peine (ahora los vagos llevan una nueve milímetros, directamente, y te peinan, de verdad, cuando quieren) y hasta esa costumbre lumpen de andar con el peinecito en el bolsillo cayó en desuso. A cambio, muchos varones salen de sus casas con unos producidos peinados, geles y cortes determinados que pueden enfrentar enhiestos hasta a un huracán sin que se les mueva, literalmente, un pelo.
Todavía hoy uno puede ver algún ejemplar de museo portando en bolsillo de la camisa o trasero derecho del pantalón (una fineza, como se advierte) el peine, que debía sobresalir un poco, como para que se sepa que uno no es un desaprensivo que anda por la vida sin un instrumento que acomode el jopo. Hoy no tengo ni peine ni jopo y problema solucionado.
Luego, resuelta la forma, las modificaciones impuestas al peine tienen más que ver con los materiales (hoy predominantemente, de plástico) y con alguna que otra disposición de las cerdas en el caso de los cepillos, o de los dientes, en el caso de los peines. Y ya está: no le busquen más vueltas. Tres pelos van para allá, los otros van para el otro lado. Y en cuanto a ustedes, mis chiquitas, recuerden las sabias palabras de los enanitos verdes: no se peinen en la cama, que los viajantes se van a atrasar.