Después de oír y ver la presentación del Dr. Juan Llach de las proyecciones de demanda de alimentos para los próximos 12 años, cabe la reflexión que el con gran tino no hizo, para no sesgar políticamente su brillante trabajo, ante un auditorio colmado por casi 500 personas. Yo la puedo hacer porque seré el sujeto de las consecuencias de dichas proyecciones, además con esos conceptos hoy tengo la capacidad de evaluar la oportunidad que perdimos y la que perderemos si se siguen aplicando estas ridículas restricciones a las exportaciones.
Vivir con lo nuestro, así pensaba seguramente un hombre en la antigüedad mientras subía al cocotero para poder comer. Después de eso, vino la división del trabajo y muchos todavía, no advirtieron que el mundo no es más que una gran fabrica donde cada uno aporta lo que mejor sabe hacer.
Cerrándonos interrumpimos la línea de montaje de la economía mundial con consecuencias negativas para nosotros y para muchos otros, siendo responsables incluso por las pérdidas que se están generando en la calidad de muchos granos que por no poder venderlos se pudren en sus lugares de origen.
Las buenas condiciones que ofrecía el mundo para la comercialización de productos alimenticios desde el 2003, hicieron que la producción agropecuaria tuviera gran atractivo. Esto posibilitó que muchos jóvenes del sector, culturalmente preparados pero desanimados por las malas condiciones de la década anterior, pudieran incorporarse como contratistas o arrendatarios a esta actividad con grandes ilusiones.
Muchos se juntaron en diferentes asociaciones y lograron trabajar superficies importantes y, junto a las buenas condiciones climáticas de esos años, consiguieron rendimientos excepcionales. Esta combinación del buen clima y buenos precios también influyó en todo el interior, beneficiando a la mayoría de las actividades conexas, así crecieron las agroindustrias y todo el sector de servicios al agro.
Pero esto era demasiado bueno a los ojos distributivos de nuestra Sra. Presidente, por lo que ordenó la creación de la resolución 125, haciendo que la gente se rebele y lo demuestre con un paro que duro 100 días. Una votación en la Cámara de Senadores le puso fin al paranoico capricho.
Lo que la sociedad urbana no advirtió fue que durante esos heroicos 100 días fueron muriendo las ilusiones de miles de esos nuevos productores. Perdieron la oportunidad de acceder a los mejores precios, los insumos aumentaron en muchos casos hasta el 200% y desaparecieron los mercados a futuro y con ellos una de las mejores herramientas financieras. La competitividad del productor argentino hoy es solo un grato recuerdo.
Aquel esgrimido afán por la justa distribución no sólo terminó matando las ilusiones, sino que al hacer mas fino el negocio, abrió las puertas a los que alcanzan la escala necesaria, y de esta manera, sigan concentrando producción, logrando exactamente lo contrario de lo que tanto pregonan.