Campolitoral
En un año complicado por la sequía y las tensiones con el Gobierno, levantar la mirada y analizar el mediano plazo es imprescindible para no desesperarse con la coyuntura. Un trabajo del Dr. Juan Llach (IAE-Universidad Austral) y Marcela Harriague vuelve a confirmar que la cadena agroindustrial argentina tiene fuertes condiciones para crecer impulsada por la demanda mundial de alimentos que será liderada por los países en desarrollo.
El estudio fue presentado por la Fundación Producir Conservando la semana pasada en Buenos Aires y se titula "La demanda mundial de alimentos 2005-20: una oportunidad sin precedentes".
Aquí se plantea que África, América Latina y los países asiáticos (con China e India como puntas de lanza) son "los nuevos clientes" por su protagónica participación global en el aumento del consumo de carne (vaca, pollo y cerdo), leche, soja, maíz, trigo y cítricos (ver cuadro).
Esto sucede porque los habitantes de estos países (son el 60% de la población mundial) están mejorando sus ingresos económicos y sus condiciones de vida. Se encuentran en medio de una transición dietaria que incorpora más proteínas animales y cada año se incrementa la cantidad de personas que puede demandar más carne, más pollo y más leche. En cambio, la gente que vive en Estados Unidos y Europa hace décadas que puede consumir estos alimentos.
"La gran oportunidad para la Argentina" se consolida porque Llach y Harriague creen que "el desarrollo de la gran mayoría de los países emergentes y en desarrollo ha llegado para quedarse". Y avisan que aún en escenarios de crecimiento moderado (y sin tener en cuenta la demanda adicional para biocombustibles) el boom del consumo mundial de alimentos es altamente probable que exceda las proyecciones existentes. "Si esto se confirma, también es probable que los precios altos de los alimentos se sostengan por bastante tiempo", afirman.
Pero hay una pregunta que interpela estos supuestos: ¿Se trata de un ciclo temporario o de un cambio duradero? En el estudio se afirma que hay que tener en cuenta "que estamos sólo en la primera etapa de la revolución de los alimentos".
Llach y Harriague explican que los más probable es que a este etapa le siga otra en la que la oferta va a crecer impulsada por los precios y por los aumentos de la productividad que van a generar los inminentes eventos biotecnológicos.
Esta cuestión puede tener "efectos ambivalentes" para la Argentina. La ventaja es que la biotecnología va a potenciar la mayor productividad natural de los campos nacionales y podría extender aún más la frontera agrícola.
El problema es que la biotecnología podría "diluir" la importancia relativa de las ventajas naturales. Las variedades e híbridos que son más tolerantes a las sequías y al frío, que además pueden crecer en suelos salinos o arenosos y que encima resisten mejor las plagas y enfermedades; también van a hacer crecer las áreas agrícolas en otros países.
La exposición del trabajo terminó con una serie de conclusiones y recomendaciones. Entre otras cuestiones, Llach y Harriague afirmaron que la Argentina debería:
- Dar un salto cualitativo en su posicionamiento como productora y exportadora de alimentos de clase mundial, sin excluir otras producciones.
- Definir instancias institucionales que permitan debatir el futuro del país para acordar políticas de Estado. Los conflictos sobre las políticas agroalimentarias reaparecen cíclicamente por eso son necesarios ámbitos de negociación y concertación.
- Estimular la diferenciación de productos, el valor agregado y los racimos productivos ("clusters")
- Establecer incentivos para hacer compatible el crecimiento con la biodiversidad productiva.
Participación de los países desarrollados en el aumento del consumo (2005-20)
- Carne vacuna 98,3%
- Pollo 87,9%
- Leche 88,5%
- Trigo 88,9%
- Maíz 94,5%
- Soja 97,4%
- Girasol 71%
- Frutas de pepita 98,8%
- Frutas cítricas 84,2%
Fuente: Llach y Harriague (2008)