Juan Manuel Casella, uno de los dirigentes radicales que honra con su conducta a la política, decía para referirse a la crisis por la que atraviesa la Unión Cívica Radical (UCR) que en la actualidad existen radicales pero no hay radicalismo. Con estas palabras Casella aludía a la naturaleza de la crisis de un partido que mantiene una representación territorial extendida a lo largo y a lo ancho del país, pero carece de una autoridad política central que pueda conducirlos. La tradición, con todo el peso que ella tiene en la conciencia de los hombres, mantiene la identidad radical. Se es radical porque el padre, los abuelos o los tíos lo fueron; se es radical por pasado y por convicciones.
La tradición es valiosa en la UCR, pero para hacer política en el siglo XXI con la tradición no alcanza. La tradición es el punto de partida, pero para resolver los problemas del presente y del futuro hacen falta ideas. Ideas para entender el mundo; ideas para transformarlo. Así actuaron los grandes dirigentes renovadores del pasado. Así deberían actuar los actuales.
El panorama de radicales dispersos en diferentes coaliciones políticas, las permanentes deserciones hacia la derecha o la izquierda o la deserción más temible que significa el retiro de la política, dan cuenta de una crisis que en la mayoría de los casos no incluye el desconocimiento a la identidad radical, pero si la impugnación a sus dirigentes ocasionales.
Políticos como Lilita Carrió o López Murphy, para mencionar los más conocidos, pero no los únicos, cada vez que son consultados sobre su identidad cultural declaran su pertenencia histórica a la UCR. Los radicales K dan la misma respuesta. Nadie renuncia a su condición de radical, pero nadie pareciera que puede hacer nada para devolverle al partido las glorias perdidas.
El origen de la crisis partidaria no es fácil de rastrear. Se sabe que cuando un partido de masas no puede contener a sus diferentes corrientes es porque está en dificultades. En principio convengamos que un partido tiene un problema serio cuando en 1983 saca más del cincuenta por ciento de los votos y veinte años después su performance electoral es del dos por ciento. Cuando esto ocurre a nadie le debe extrañar que los dirigentes empiecen a buscar otros horizontes. En los partidos de masas, en partidos no ideológicos y no confesionales, esto suele ocurrir con frecuencia. La peor respuesta que se puede dar en estos casos son las sanciones. En los partidos de masas las adhesiones se ganan o se pierden sin necesidad de tribunales de disciplina. Cuando un partido histórico recurre a los tribunales de disciplina, no sólo admite que está en problemas, sino que además sigue equivocándose, confundiendo la política con el aparato o la política con la administración burocrática de la política.
Lo sucedido con Cobos es ejemplificador. Por obra del azar -o de lo que sea- Cobos se transformó de pronto en uno de los políticos más prestigiados de la Argentina. Sabemos que estas manifestaciones de cariño en la Argentina no suelen ser muy duraderas, pero el ejemplo sigue siendo válido. ¿Cobos es o no radical? Esta pregunta sobre las esencias se parece más a la de un partido confesional, pero de todos modos importa hacerla. Cuando Cobos votó en contra del gobierno nacional (vamos a decirlo así para no andar con tapujos), la sociedad se sintió representada por su voto porque la lucha del campo era representativa, pero también porque reconoció en esos argumentos, en ese estilo sobrio, recatado, austero, una identidad radical. El rostro, la sonrisa de Morales aprobando las palabras de Cobos eran algo más que una manifestación de acuerdo con un voto, era el reconocimiento a un par, era como el reencuentro de quienes en una situación límite volvían a reconocerse como radicales.
La respuesta que dio la sociedad a la conducta de Cobos puso en evidencia que el radicalismo existe. En tiempos de decisionismo político, de presiones corporativas cada vez más insistentes -entre las cuales se incluyen las del campo- la sociedad empieza a reclamar por la presencia de un partido que ponga límites al poder, que modere las pasiones y que rescate los valores del honor. No sé si todos los radicales son dignos de ese legado, pero lo cierto es que fue el radicalismo uno de los partidos que en el siglo veinte lo reivindicó con más insistencia. La nostalgia por esos valores, pero también la necesidad de que esos valores vuelvan a tener vigencia, son las que justifican esta suerte de reclamo para que la UCR vuelva a ser el gran partido de las clases medias.
Se sabe que los grandes partidos de masas han podido sobrevivir a los años porque han tenido capacidad para renovarse. Los partidos que no han podido cumplir con esta exigencia generacional han desaparecido. Ningún partido tiene extendido un certificado de inmortalidad. Muchas veces los jefes partidarios suelen despilfarrar el capital político confiado a su manejo con parecida irresponsabilidad a la que caracteriza al heredero tarambana que despilfarra la herencia de sus padres y abuelos.
Para que ello no ocurra tiene que haber un cambio. La historia del radicalismo, desde 1890 a la fecha, es la historia de sus cambios. La clave de la longevidad de la UCR ha sido esa capacidad para cambiar, para adaptarse a los nuevos tiempos. La última gran renovación del radicalismo la protagonizó Alfonsín. Desde entonces han pasado más de treinta años. La necesidad del cambio, de la renovación, no sólo es evidente sino urgente. O la UCR se renueva o muere. Así de sencillo y así de trágico. La agonía podrá ser larga, pero el final, en todos los casos, será siempre el mismo
Hoy no se puede esperar que un líder llegue desde el cielo. Desde el cielo llegan los Mesías, no los dirigentes políticos. Lo que un partido serio hace, es preparar las condiciones para la emergencia de un nuevo liderazgo. Esas condiciones tienen que ver con las ideas, los proyectos y, sobre todo, con la voluntad de concretarlos.
La empresa no es fácil porque los renovadores de ayer son los conservadores de hoy. Todo partido los tiene. Ese no es el problema. El problema no es que haya conservadores, el problema es que no haya renovadores. O que cada vez que asoma alguno los conservadores se encargan de liquidarlo. El dominio prolongado de los conservadores consolida a las oligarquías partidarias, oligarquías que conducen al partido a estrategias cada vez más minoritarias hasta su inevitable desaparición.
La crisis del radicalismo es la crisis de sus dirigentes, pero es también la crisis de las clases medias en el siglo XXI. Y la propia crisis de los partidos políticos en las democracias de masas en donde los tradicionales modos de hacer política se están agotando. Resolverla exige clarividencia, imaginación y fe. Es una preocupación de los radicales, pero es una preocupación de todos los argentinos. El país necesita de un partido democrático fuerte, extendido en todo el territorio con capacidad de representar a amplias franjas del electorado.
Hacer política hoy significa defender valores y votos. Las dos cosas hacen falta. Con los valores solos se puede fundar una iglesia pero no un partido político. Con los votos solamente se puede contar con una poderosa maquinaria, pero no con un partido que eduque, controle, modere y proponga alternativas superadoras.
La UCR, en sus buenos tiempos, supo equilibrar esa relación entre credibilidad y convicciones. Ese equilibrio es evidente que se ha roto. Sin embargo, lo sucedido con Cobos demuestra que la sociedad sigue esperando del radicalismo una respuesta. Un partido puede ser de gobierno o de oposición. La UCR fue ambas cosas. Hoy me conformaría con que vuelva a ser el gran partido de la oposición que los argentinos nos merecemos.