Podría proponerse como fecha del comienzo de temporada porronística el momento exacto en que el ""Chopera" Martínez se cruza en chancletas, short y la panza raviolera invernal, hasta el quiosco de Estela no con uno sino con dos envases. Pero en cualquier barrio y en cualquier lugar me pueden presentar varios candidatos de igual peso (más de cien kilos honestamente construidos día a día por la constancia de no decir que no, nunca) y proponer una competencia sobre quién fue primero al quiosco. Se va a generar una fragmentación y discusión interbarrial tan grande que prefiero,
modestamente, hasta que la industria cervecera, la Legislatura, la Municipalidad o alguno regule una fecha coherente para tan magno acontecimiento, dejar un comienzo indeterminado, una especie de arranque global, algo así como el comienzo de los brotes del fresno, el apareamiento de los somorgujos, la floración de las portulacas o lo que quieran.
También, puede suceder que el ""Chopera" Fernández, con todo derecho, me dijera que deje de buscar fechas festivas o fijar un día en particular en el calendario pues, en rigor de verdad, él y otros como él nunca dejaron de cruzar la calle para buscar el porrón. Ni siquiera con granizo o dos grados bajo cero. El porrón es sagrado y a lo mejor la única variante es que se opte por porrón negro (que, dicho sea de paso, no sé por qué dejan de venderlo en los kioscos cuando hace calor, como si fuera exclusivo del invierno) pero porrón al fin.
Es atendible (y funcional para las cervecerías y distribuidores) que no haya un día solo de comienzo de temporada, pues así todos los días del año pueden ser postulados para ese fin. Por otra parte, el ""Chopera" teme que la fijación unilateral de un día atente contra su libre albedrío porronero. Jodido que la familia entera le insinúe que ""todavía no es 22 de setiembre" (o la fecha que fuera: ya aclaré que no quiero peleas por esto).
Sin embargo, yo creo que Santa Fe debe y puede hacer cosas que hicieron en otras localidades, estados, países en que se instauraron meses enteros para la cerveza (febrero y octubre, por ejemplo) o como la bagna cauda en Humberto Primo: es un día pero eso no quiere decir que los gringos coman bagna cauda sólo ese día, carajo. Y así vamos formalizando un motivo más de festejo, algo que se soluciona con unos porrones bien fríos.
Con una fecha así, se puede hacer una competencia -en uniforme oficial: chancletas, pantalón de fútbol del setenta, musculosa de tres por diez brasuca regalada en los ochenta- entre los buenos representantes porroneros que tenemos en cada barrio. Se instituye una casa equis y los tres quioscos que hay a menos de doscientos metros, y se mide desde una chicharra de largada (es difícil medir el funcionamiento de la glándula salival que ordena ir imperiosamente y sin demoras hasta el kiosco más cercano) hasta la búsqueda de los envases (por ejemplo, cuatro, para complicarla un poco y
darle emoción a la competencia), la salida sigilosa a despecho de reclamos y obligaciones familiares, el cruce de calle, el pedido formal de los porrones y el pago (no vale anotar), el regreso, el destapado (vale con los dientes) y la ingesta del primer vaso: ahí está el ganador que bien puede recibir un premio acorde: dos porrones diarios gratis todo el año. También se puede hacer competencia de quiosqueros: pizarrón y tiza, y a medir tiempo de escritura e ingenio del mensaje de convocatoria a los sedientos del barrio. No quiero laureles: no quiero que digan que busco fama o que soy el
interesado impulsor de esta movida. Pero tampoco sean tan cretinos de no saberse advertidos. Ahora todos los pueblos hacen una fiesta de algo (acá se hizo la del alfajor: está todo bien, pero es como que falta algo elemental para bajarlos) y las gastronómicas se imponen. Encima acá tenemos fábricas, tradición, historia, militancia porronera. No voy a cobrar por esta idea. Con un porrón bien frío, arreglamos.
Texto: Néstor Fenoglio[email protected]