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Ordenar el crecimiento de la ciudad de Santa Fe es el gran desafío a futuro. Para esto es necesario detectar las tierras vacantes aptas para urbanizar y dejar de insistir con la idea de vivir dentro del río. De lo contrario "vamos a tener que ver cómo muñirnos de escamas", bromeó el director de Gestión de Riesgo de la Municipalidad, Eduardo Aguirre Madariaga, en diálogo con El Litoral.
El funcionario participó la semana pasada de una jornada en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional del Litoral que tuvo por objetivo reflexionar sobre el "Diseño y planificación de la ciudad en territorio del agua". Junto a la investigadora y docente de la Universidad Nacional de Nordeste, Laura Alcalá, remarcó la importancia de "reconocer el territorio natural" en el que se ha emplazado la ciudad, "respetar lo construido, aunque esté en sitios vulnerables" y "ordenar el crecimiento para que los futuros emplazamientos" se ubiquen en zonas seguras.
Con pausada tonada resistenciana, su ciudad natal, Alcalá insistió con la idea de que "para generar conciencia del lugar donde se vive es necesario hacer un reconocimiento del territorio original de los ríos, lo cual no suele estar claro porque las ciudades fueron avanzando y hoy para cualquier ciudadano es difícil darse cuenta. Tiene que venir una gran inundación o una buena lluvia para que estos ríos o lagunas se recreen dentro del territorio de la ciudad".
Esta situación no es exclusiva de Santa Fe: "Cualquiera de las localidades ubicadas sobre la cuenca del Plata han ido ganándole territorio al agua", remarcó. Madariaga coincide con esta idea: "El principal problema es la falta de conocimiento del habitante de su propio territorio".
Para Alcalá en los territorios de llanura "existe una dificultad visual" para que el ciudadano común pueda apreciar los "pequeños desniveles que mandan y que hacen que algunos lugares se inunden y otros no". Y mencionó que la ciudad chilena de Valparaíso, por ejemplo, es como "un gran anfiteatro al mar": desde donde uno se pare puede ver el mar, lo cual facilita el conocimiento del territorio donde se vive. "Aquí para ver el río tenemos que acercarnos, para ver la laguna tenemos que ir hasta el borde. Esto se traduce en un desconocimiento generalizado de cómo funciona el sistema natural, al que encima con la construcción de ciudad venimos a cambiar y a afectar terriblemente", sostuvo.
Una posible herramienta para comenzar a generar conciencia del lugar que se habita es "enseñar a los alumnos de los colegios, desde temprana edad, a reconocer el territorio".
Además de ser un patrimonio ambiental y natural de gran valor, el río ofrece una alternativa para el transporte de cargas, por vías navegables, muchas veces desaprovechada. "Sus potencialidades son muchísimas, hay que aprovecharlo y sacarle todo el rédito posible para que deje de ser una amenaza para nosotros. Y la única forma de lograrlo es dejar de insistir con vivir dentro del río porque le sale demasiado caro a la ciudad", sentenció el director de la oficina de Riesgo local.
Para que este patrimonio esté al alcance de todos es indispensable fortalecer el sentido público: "El río es de todos y tiene que ser accesibles a todos. Y no se puede llegar hasta el borde con una propiedad privada", afirmó la especialista. Quienes más se resisten a esta idea son los inversores privados. "Por eso es el Estado el que debe poner su impronta. Aún en las ciudades más capitalistas del mundo, cuando el Estado decide los límites de hasta dónde es público, finalmente al desarrollo inmobiliario le va a mejor porque cuánto más tránsito pasa por su emprendimiento tiene más éxito".
Alcalá defiende la idea de consolidar de aquí en más un
Los especialistas coinciden en que "el error central es creer que el límite está en la línea de defensa.
- ¿Qué rol ha jugado el mercado inmobiliario en la urbanización de zonas vulnerables?
Aguirre Madariaga: El mercado inmobiliario tiene mucho que ver. Ante la falta de una política clara por parte del Estado, el mercado inmobiliario se movió libremente. No es que sean los responsables pero obvio que siempre buscan sacar el mayor rédito posible en el menor tiempo, más aún ante la ausencia de políticas sólidas con una programación a futuro, porque cuando hablamos de políticas urbanas hay que mirar un poco más allá del horizonte, cada intervención que se hace en una ciudad es para siempre, la condiciona y la marca. Entonces hay que mirar el contexto y trasladarlo a futuro para ver qué impacto tiene lo que se va a hacer.
Lo que pasó con las defensas aquí es muy claro: se rodeó la ciudad de defensas y a partir de ahí se desarrolló dentro de ellas como si nos dieran una seguridad absoluta, lo cual no es así, por más bien hechas que estén y aunque el Estado les haga mantenimiento. Nunca son garantía absoluta. Y lo más trascendente es que de acá a la eternidad, estamos dejando a las generaciones futuras la herencia de mantener un sistema de defensas, una carga inútil.