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Rogelio Alaniz
Cuando mueren tipos como Paul Newman es como que algo de nuestra generación desaparece, algo que no tiene que ver con la política, ni con los negocios, ni con nada de lo que se considera práctico. La muerte de Newman impacta en una zona nuestra más íntima, más intransferible.
El cine tiene esas cosas: es una formidable fábrica de mitos. Paul Newman era uno de ellos. No sé si el más grande, pero sin ninguna duda que estuvo entre los más grandes. Seguramente, a mi nieto Paul Newman no le dirá mucho. Es probable que a mi hijo o a mi hija tampoco le digan mucho. Él es de nuestra generación, de los que éramos niños a fines de los años cincuenta y en el cine matiné del barrio o del pueblo empezamos a ver películas inolvidables, películas que nos iban a marcar para todo el viaje.
Yo lo vi por primera vez en "El jugador" (The hustler) de Robert Rossen. Sigo creyendo que es su mejor película. El Oscar se lo dieron por su continuación casi treinta años después. "El color del dinero" es una buena película y él está mejor que nunca, pero al lado de "El Jugador" no tiene nada que hacer. Algo de esto debe haber sospechado Newman porque cuando le dijeron que debía pasar a retirar la estatuilla, dijo que no iba poder hacerlo "porque no tenía frac para ponerse". Hasta en esos detalles era elegante.
Detalles más, detalles menos, aconsejo ver "El Jugador". Es una película extraordinaria. Una tragedia a la altura de John Huston, lo cual no es poco decir. Para los que suponen que Newman era sólo un chiquillo lindo, vean esa película y aceptarán que el actor era muy superior al chico lindo. Se dice que sus ojos azules fueron los ojos más azules de la historia del cine. "Ojos de galán azul" lo bautizó un crítico. Es verdad. Eran unos ojos formidables, una mirada azul que a veces podía hacerse gris y que podía ser encantadora, pero también inquietante, peligrosa. Ocurre que él era encantador. Hasta cuando hacía de villano era un villano encantador.
Nadie más mirará con esos ojos azules, a veces algo entrecerrados, mientras mueve pensativamente la cabeza y sonríe. Nadie como él para acercarse a una chica que está sola en la barra tomando un whisky y decirle, al pasar a su lado, dos o tres palabras en voz baja y luego seguir caminando. A Newman, podía conocérselo de espalda o de perfil,. Creo que si me hubieran mostrado su sombra también lo habría reconocido. Hasta para caminar se distinguía. Los hombros levemente caídos, movía los brazos con una sincronía perfecta y siempre se paraba en el momento y en lugar exactos.
Cuando la subió a Katherine Ross al caño de la bicicleta y empezaron a pasear por los prados mientras como música de fondo sonaba "Gotas de lluvias caen sobre mi cabeza", todas las mujeres del mundo se murieron de envidia. Hasta Robert Redford se dio cuenta de que no tenía nada que hacer.
Paul Newman era lindo y más de un crítico se lo reprochó. Sus ojos azules eran increíbles y también se lo reprocharon. La verdad sea dicha, actores lindos y de ojos azules hay muchos, pero Paul Newman hubo uno solo. La naturaleza lo había dotado de un físico admirable, pero el talento de actor, esa manera de sonreír, de soportar el sufrimiento, no las recibió del cielo, las conquistó él, las conquistó con esfuerzo, con talento, con dolor.
El vedettismo, la fanfarronería, el exhibicionismo, lo enfermaban. Era discreto, sobrio y generoso. También solidario y progresista. Cuando las mujeres se acercaban para pedirle un autógrafo las atendía con una sonrisa pero no estaba cómodo. Gore Vidal cuenta que nunca lo vio tan mal como aquella tarde en que estaban caminando por el Central Park y una mujer que de pronto lo descubrió se cayó desmayada a su lado. Cuando a una amiga le comenté la anécdota me dijo resignada. "Y... no es para menos, si a mí me pasara algo así, yo no me desmayo, me muero...".
En 1958, se casó con Joanna Woodward que fue la mujer que lo acompañó hasta su último día, cincuenta años después. Antes había estado casado con Jackie Witte, quien le dio tres hijos, entre ellos su único hijo varón, Scott. Ese hijo fue la espina clavada para siempre en el corazón de Paul Newman. Con él, no alcanzaron ni las sonrisas, ni la fama, ni el dinero, ni los contratos como extra en películas menores. Scott llegó mal parado al mundo y nunca pudo enderezarse. Cuando el padre empezó a preocuparse por el hijo que se escondía en las drogas para disimular su fracaso y su angustia, ya era tarde. Scott empezaba la semana en un calabozo, la continuaba en los bajos fondos acompañado de rateros y viciosos, la seguía en los piringundines de moda y para el fin de semana siempre se las ingeniaba para estar otra vez preso. O internado.
Una noche le avisaron a Paul que su hijo había muerto. Los que lo conocieron dicen que nunca se pudo recuperar de esa muerte. Con los millones que le sobraban, organizó una fundación para recuperar a los drogadictos. También filmó una película que los entendidos dijeron que era un homenaje a Scott. La película trata de la relación de un padre con un hijo. Pero el que muere en la película no es el hijo, es el padre. Seguramente es lo que a Paul le hubiera gustado que ocurriera aquella madrugada de septiembre de 1979.
Cuando me enteré de la muerte de Newman, en un fin de semana vi cinco películas de él. Fue mi despedida. Mi sencillo homenaje a un tipo que siempre me pareció extraordinario. Algo parecido hice con Marlon Brando. Y lo mismo habría hecho si hubiera tenido edad para hacerlo cuando murió el gran Humphrey Bogart. Los héroes de los hombres no son los héroes de las mujeres, dice Bioy Casares en un cuento. Es verdad. Pero en los casos que me ocupan, este principio no se cumple. Los héroes de los hombres son también los héroes de los mujeres, aunque, diría yo, por razones distintas.
En "El juez del patíbulo", la excepcional película dirigida por Huston, Newman interpreta a Roy Bean, un juez que hace justicia por su propia mano, que se transforma en un personaje de la región y que, como el Quijote, tiene una musa inspiradora: miss Lilly Langtry. Como el Quijote es también generoso, valiente y arbitrario. Conviene detenerse en la última escena de la película. El juez ha muerto y miss Lilly (Ava Gardner) llega al pueblo en un tren especial. Ella es una actriz famosa y le han dicho que en ese caserío, ahora abandonado, hubo un juez que la amaba y hoy existe un museo en su memoria. Está hermosa con su capelina blanca.
Miss Lilly mira el pueblo. Arena, piedra y viento. La recibe un viejo empleado de la estación de trenes y la acompaña hasta el museo. Allí está el encargado. Cuando se entera quién es la visitante se pone de pie y se saca el sombrero. En el cuarto, las paredes están cubiertas por afiches con el rostro de miss Lilly. Ella ya no sonríe con tanta displicencia. Está asombrada por haber despertado semejante pasión en ese lugar perdido del oeste. En un momento, el encargado le acerca una carta del juez. En el primer plano está la cara de Ava Gardner. La cámara registra los matices de su rostro mientras lee la carta. Una música suave y una luz crepuscular acompañan la lectura del texto. La voz de Paul Newman hay que escucharla: "Mi queridísima Lilly: tomo la pluma para escribirle por última vez . Quiero decirle que aunque nunca la he visto, ni he oído el sonido de su voz, siempre la he llevado conmigo en el corazón. Su presencia en esta tierra me ha dado fuerzas y dignidad para convertirme en un caballero y me ha ayudado a aguantar el frío en las largas y solitarias noches de invierno. Deseo decirle que ha sido un honor haber sido su enamorado. Quiera Dios que en esta vida o en la otra pueda presentarme ante usted y declararle mi amor. Su ardiente admirador por los tiempos de los tiempos. juez Roy Bean". La última imagen de la película es el rostro emocionado de Ava Gardner. De Paul Newman sólo queda el eco de su voz. Para Ava Gardner, como para cualquier mujer, eso era más que suficiente.