Rogelio Alaniz
Marcelo Torcuato de Alvear nació el 4 de octubre de 1868. Buenos Aires entonces era una ciudad de 160.000 habitantes. Cuando muere en 1942, tendrá más de dos millones de habitantes.
La biografía de Alvear hay que pensarla como la de alguien que llega al mundo cuando la Argentina era una aldea y se marchó al silencio cuando fue una gran nación cosmopolita.
En esos años pasan muchas cosas, demasiadas, para quien será un protagonista de primera línea.
Por apellido, por posición económica, por linaje en definitiva, Alvear pertenecía al patriciado. Ya dijimos que por el lado paterno sus mayores habían sido guerreros, políticos, y que por el lado de la madre, fueron militares de las guerras civiles y de las guerras de la independencia. El niño Marcelo se cría en un hogar patricio en el que sus mayores están convencidos de que fundaron la patria y que les corresponde cuidarla para que marche por buen rumbo. Esa marca de clase no la perderá nunca.
Marcelo estudia en el Colegio Nacional y después se recibe de abogado en la UBA. Es un muchacho alto, buen mozo, generoso e irascible. Como los chicos de su clase, practica la esgrima, el boxeo, y tiempo después le gustarán los autos de carrera y los caballos. Con sus amigos, que pertenecen a familias más o menos similares, frecuenta los locales nocturnos, los piringundines de los bajos fondos y cada vez que se les presenta la ocasión demuestran que además de niños bien pueden ser guapos con el revólver o los puños.
La política es otra de sus pasiones juveniles. En este punto, el niño Marcelo tomará una decisión a la cual será leal toda la vida: se afiliará a la Unión Cívica Radical. No es el primer niño bien que lo hace y tampoco será el último. En el radicalismo los apellidos tradicionales abundan y sólo la novelería ideológica o las fantasías populistas pueden imaginar algo diferente. En todo caso lo que diferencia a Alvear de otros señoritos que militan en la UCR es su talento y su suerte, su destino en definitiva.
Una noche Alvear descubre en el teatro a la mujer de su vida: Regina Pacini. Se enamorará de ella de una vez y para siempre. Acostumbrado a que nunca le nieguen nada, deberá soportar sus desplantes. Por ella recorrerá el mundo manifestando en cada una de las capitales donde la encuentre su amor incondicional. Regina era una famosa cantante de ópera aplaudida en los teatros de Milán, Roma, Florencia, Viena, Moscú. Por todas esas ciudades, el niño Marcelo transitará con sus penas de amor. Finalmente Regina se rendirá a sus brazos.
Se casaron en 1907 y nunca más se separaron. En Buenos Aires, la noticia cayó como una bomba. Las hijas de las familias bien no aceptaban que el mejor candidato de la ciudad se casara con una cantante, con una cupletera, como decían con desdén. La leyenda cuenta que en una ocasión Marcelo entró al salón con Regina y todas las señoritas de la tertulia le dieron la espalda, en un gesto de manifiesto desprecio. Alvear las miró y desde su altura, con todo el vozarrón dijo: "Regina, no te hagás problemas que a todas ésas que te dan la espalda yo les he levantado las polleras". El era así: impulsivo, imprudente, generoso.
Alvear no dejó la política por su casamiento pero dejó el país. Como todos los niños bien de su tiempo se fue a vivir a París. Allí adquirió su famosa residencia Coeur Volant donde recibirá a amigos, ofrecerá fiestas y será su hogar hasta 1922, fecha en que abandona esa ciudad Ä"O revoir Paris" dice en su discurso de despedidaÄ para hacerse cargo de la presidencia de la Nación.
Alvear siempre se sintió radical. Reunía todas las condiciones para atribuirse esa identidad política: estuvo en la Revolución del Parque, acompañó a Alem en sus giras electorales, fue amigo y protegido de Yrigoyen, cumplió tareas importantes en la revolución radical de 1893. Importa saberlo: Alvear creía en la UCR y esa creencia no lo obligaba a renunciar a los privilegios de su clase.
¿Esto autoriza a pensar que Alvear era un conservador? O peor aún ¿un infiltrado por los conservadores en las filas del partido popular? Las lecturas conspirativas sirven para cualquier cosa menos para pensar la historia. Suponer que los conservadores se reunieron en una casa a altas horas de la noche y le ordenaron a Alvear infiltrarse en la UCR es un disparate que no sirve ni siquiera para armar un mal folletín.
Suponer que era conservador merecería algunas aclaraciones. En principio, a la derecha de Alvear había muchos lugares disponibles. Radicales como Manuel Carlés, más cercano al fascismo que a la UCR, dan testimonio de que Alvear no era el más derechista. Muchos radicales antipersonalistas estaban cómodos a la derecha de Alvear y ni hablar de los caudillos conservadores como Barceló, Ugarte, Villanueva, Sánchez Sorondo, por mencionar a los más conocidos, pero no los únicos.
Alvear vivió en París hasta 1912. A veces regresaba a la Argentina a pasar unos días y se reunía con sus amigos radicales, pero su domicilio fijo era Coeur Volant. Cuando en 1912 se sanciona la Ley Sáenz Peña, el partido lo designará candidato a diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires. Es el tercero en la lista. Llama la atención que ya para entonces sea tenido en cuenta por los dirigentes del partido a la hora de pensar en candidaturas.
En 1916 Yrigoyen lo nombra embajador en Francia. El niño está de parabienes. Regresará a París y ahora lo hará en nombre del gobierno en cuyo partido ha militado siempre. En 1922 está en París cuando le informan que Yrigoyen, a través de su célebre media palabra, ha decidido que sea el candidato a presidente. Debido al hermetismo con que don Hipólito rodeaba a sus decisiones, nunca se supo el motivo por el cual decidió poner al niño Marcelo en la Casa Rosada. Algunos dicen que lo hizo para conjurar el frente de tormenta abierto con los militares y las clases altas. En efecto, la oposición vociferaba en las calles y en los diarios que el país estaba gobernado por una chusma, un malón analfabeto. Con un presidente de apellido Alvear, se verían obligados a callarse o a cambiar de discurso.
La otra especulación que circula es que Yrigoyen creía que Alvear no iba a soportar los agobiantes deberes de la presidencia e iba a presentar la renuncia a los pocos meses. Para ello Äse pensabaÄ estaba el vicepresidente Elpidio González, un yrigoyenista ortodoxo que se haría cargo de la presidencia, lo cual sería como si Yrigoyen continuara en el poder.
Todas estas especulaciones chocaron ante la realidad de un Alvear que demostró tener voluntad de poder. Si Yrigoyen y los yrigoyenistas pensaban que el niño Marcelo era un pusilánime, pronto se convencerían de su error. La primera decisión de Alvear fue constituir un gabinete integrado por grandes celebridades. En ese equipo de ministros había sólo un yrigoyenista, el resto eran intelectuales y técnicos, algunos de ellos ni siquiera afiliados al radicalismo. Con orgullo, Alvear le decía a periodistas y amigos que tenía un gabinete de lujo y que si él se moría cualquiera de ellos podría hacerse cargo de la presidencia.
Alvear rompe con el estilo yrigoyenista de gobernar. Su estampa elegante, su calva distinguida, se destacaba en las fotos que los diarios y las revistas tomaban diariamente. A diferencia de don Hipólito, Marcelo frecuenta teatros, hipódromos, locales nocturnos, embajadas. Siempre está acompañado de personajes famosos. Pueden ser reyes, políticos, artistas de la farándula. Si Yrigoyen no conversaba con los militares, Alvear lo hace y les ofrece cargos. Agustín Justo, sin ir más lejos, será su ministro de guerra.
Sin dudas que hay diferencias entre ellos, pero de allí a suponer un yrigoyenismo popular y un alvearismo oligárquico hay una gran distancia.
Es probable que detrás de Alvear se hayan alineado los sectores conservadores del partido, pero también eran antipersonalistas los radicales de San Juan, Mendoza y La Rioja, tan o más populistas que los yrigoyenistas. Discurrir acerca de un alvearismo representativo de los intereses de los ganaderos invernadores y un yrigoyenismo ligado a los criadores, es una barbaridad o una mentira. Es más, si de correr por izquierda se trata, durante el gobierno de Alvear no se dan las represiones que se produjeron con Yrigoyen en la Patagonia, los talleres Vasena y la Forestal.
Si a Yrigoyen se le atribuye el nacionalismo económico como una de sus banderas antiimperialistas, habría que recordar que quien designó al general Mosconi al frente de YPF fue Alvear. Cuando en 1926 los radicales antipersonalistas le exigen a Alvear que intervenga la provincia de Buenos Aires para sacar al gobernador yrigoyenista, éste se opone y en algún momento los saca a los gritos de su despacho.
Las diferencias entre Alvear y los antipersonalistas han dado lugar a que Alain Rouquie diga que en realidad hubo tres radicalismos en esos años: los personalistas, los antipersonalistas y los alvearistas. Rouquié distingue a los antipersonalistas de los alvearistas. Cuando en 1933 el partido se une bajo la jefatura de Alvear, yrigoyenistas y alvearistas estarán juntos, mientras que los antipersonalistas integrarán la Concordancia, la coalición conservadora de la que nunca más se irán. (Continuará)