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Sergio Serrichio (CMI)
"La vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante. Las más acuciantes y persistentes preocupaciones que perturban esa vida son las que resultan del temor a que nos tomen desprevenidos, a que no podamos seguir el ritmo de unos acontecimientos que se mueven con gran rapidez, a que nos quedemos rezagados, a no percatarnos de las fechas de caducidad. Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades necesarias para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas".
Así describe el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, uno de los más prolíficos observadores contemporáneos, la levedad de estos tiempos. Autor de libros como "Vida líquida", "Modernidad líquida", "Amor líquido", "Vida de consumo" y tantos otros, Bauman usa el concepto de liquidez como opuesto al de la solidez.
Habla, por supuesto, de "nuestra peligrosamente desequilibrada, inestable y poco equitativa globalización", en la que mientras que los ganadores "consideran su libertad sin freno el mejor medio para alcanzar su propia seguridad, sus víctimas directas o colaterales sospechan que su mayor obstáculo para ser libres radica en la inseguridad, que viven como algo horrible y lamentable".
No sería extraño que Cristina Fernández de Kirchner haya leído a Bauman. Es incluso probable que suscriba algunos de sus análisis. Al fin y al cabo nuestra presidenta es crítica de la globalización y, en particular, de su faz financiera, ésa que, con un reparto de costos y beneficios notablemente desigual, construye (y destruye) castillos en el aire.
Por eso es paradójico, aunque más no sea como juego de palabras, que el gran acelerador del cataclismo en principio financiero, luego económico -e inevitablemente político y social- que está sacudiendo al mundo sea, precisamente, la iliquidez.
De repente, allí donde había dinero y crédito, ya no lo hay. Ni los bancos centrales y Tesoros de las principales economías del mundo, inyectando sumas que no entran en la cabeza de los mortales, logran proveer dinero suficiente para sostener lo que, hasta hace poco, era. Tan sorprendente y cuasi-inexplicable fenómeno, decía hasta hace poco el relato oficial del gobierno argentino, ni rozaría estas playas. Estamos "firmes en la marejada", llegó a decir Cristina Fernández en una frase en la que, aunque parezca mentira, también se enorgulleció de la "modestia" con que se construyó el "modelo" oficial.
La presidenta, por supuesto, se dio luego cuenta de que las cosas no son así. Admitió primero que habrá "secuelas". Habló recientemente de la "malaria que llega a todos". Y no hay dudas de que, a través de la presidenta y distintos voceros, incluido el ex presidente Néstor Kirchner, el oficialismo seguirá hablando, porque cree que la realidad se puede cambiar con discursos y chicanas, en vez de con ideas, política grande y gestión.
Así es que a partir del domingo, la Argentina tendrá doce provincias con una hora y doce provincias con otra. Y que el viernes el peronismo celebró el Día de la Lealtad no con uno, sino con cuatro actos y al menos tres discursos diferentes. En el conurbano bonaerense, la presidenta instó "a profundizar" un modelo que está haciendo agua. En el porteño barrio de Caballito, el neo-duhaldismo se lamentó de la deslealtad del kirchnerismo que supo prohijar. En Paraná, donde se celebró "el acto del PJ", Néstor Kirchner habló de la necesidad de la "convivencia", pero arengó al peronismo a rodear a la presidenta para cuidarla de la deslealtad del innombrable Julio Cobos. Y en Concordia los peronistas "díscolos" se diferenciaron de todo lo anterior.
En suma, en el Día de la Lealtad dominaron las acusaciones de deslealtad, que al menos hieren menos que los balazos que en la semana cruzaron barras peronistas del Sindicato de la Construcción.
Peor aún: una de las fallas internas del partido oficial es creer que los problemas se conjuran montando un show de imagen y sonido en Olivos. De la habitualmente inescrutable residencia presidencial, el jueves por la noche salieron fotos de Cristina Fernández con lo más granado de la claque empresaria oficial, a los que aquí viene el discurso- la presidenta les pidió preservar las fuentes de empleo.
Así es en la república K. Los más de tres millones de nuevos empleos que aparecieron entre el piso de la crisis, en 2002, y mediados de 2007 (desde entonces, la creación de puestos de trabajo se paralizó) son fruto del "modelo" oficial, pero las suspensiones y los incipientes despidos serán, llegado el caso, resultado de la maldad empresaria.
Otro frente resquebrajado es el vecinal, donde también mandan las necesidades escenográficas. Bajo el decente propósito de "defender el trabajo de los argentinos", el gobierno comenzó a instrumentar una batería de medidas discrecionales para frenar la eventual "avalancha" de importaciones desde Brasil y desde China. En el menos dañino de los casos, eso le servirá para premiar amigos y castigar enemigos (al fin y al cabo, los principales importadores son empresarios argentinos), pero es una certeza que empiojará cada vez más la relación con Brasil.
Sucede que, gracias a la brecha entre la inflación "real" y los dibujos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), la Argentina se enajenó en los últimos dos años y medio, poco más o menos, el recurso de devaluar la moneda en respuesta a tormentas como la que ahora están soplando. Una devaluación significativa en este momento podría acelerar la huida del peso y de los bancos por parte de los argentinos con algún ahorro que proteger. Es ese temor, no la defensa del poder adquisitivo de los salarios, lo que inhibe al gobierno de una medida más directa y menos amañada que el manoseo aduanero.
Como principal respuesta al temblor, el gobierno sigue prometiendo preservar, e incluso aumentar, los superávits fiscal y comercial, sin darse cuenta de que ambos fueron más resultado que causa del crecimiento que la Argentina disfrutó en los últimos seis años.
Por eso, el choque por el nivel de las retenciones agrícolas, en un mundo de precios en baja, está apenas contenido. No fue casual que la presidenta acusara el viernes el "egoísmo" y la "ceguera" del campo, como levantando la guardia. El gobierno no aflojará esos menguados recursos, como tampoco se los aflojará a las sedientas provincias, otro de los frentes de tormenta en la fase ilíquida de la modernidad líquida.