Un día de éstos lo voy a hacer. Sí, señor. Voy a dejar que el despertador suene hasta que ese ruido infernal que me produce pesadillas estando despierta crezca y se expanda, se vuelva más agudo y acelerado, hasta que las pilas se agoten o revienten. Lo voy a soportar sólo una vez más, una última y definitiva vez. Y después, cuando me pregunten, voy a contestar: no se qué pasó, no habrá sonado, lo habré apagado sin querer.
Y nada de alarma del celular: ¿por qué la voz de alguien que no conozco me tiene que decir que es-hora-de-levantarme? ¿Quién es esa máquina para darme órdenes que no quiero cumplir?
Y ese reloj pulsera que suena cada sesenta puntuales minutos con un pip-pip, corto, certero e irritante, que va marcando hora tras hora cómo se escapa otro día para no volver nunca más... Bueno, ese reloj se va, lo echo oficialmente de mi casa y más vale que no vuelva, que tampoco necesito que otro artefacto de precisión me marque el ritmo y el tiempo (cada vez menos tiempo).
Ni radio con alarma; ni televisor programado; ni avisos de vencimientos, cumpleaños, fechas importantes en el teléfono. Es increíble la cantidad de aparatos que fueron creados al sólo efecto de marcarnos los plazos, de apurarnos, acelerarnos, o demorarnos y retrasarnos; que nos hacen perder todo control sobre nuestros propios pasos, nuestros gustos y necesidades, nuestro propio reloj biológico. Por una vez voy a desconectar lo desconectable y a ignorar el resto para seguir durmiendo y recuperar el sueño perdido, ya que intentar acumular reservas para administrarlo a gusto en tiempos de necesidad nunca me dio resultado.
Un día de estos me rebelo, sigo de largo y recreo a voluntad la indescriptible sensación que me gana sólo a veces, esas pocas veces en que me confundo y creo que hay que levantarse cuando en realidad puedo seguir un poco más. O me rebelo más todavía y me tomo un año sin hacer nada, y así dejo de preguntarme cómo hacen tantos -la mayoría famosos- para tener un año sabático y no morir (de hambre) en el intento.
Sí, creo que puedo hacerlo. Pero no hoy, que ya logré ponerme en pie. Por esta vez voy a seguir soñando despierta.