Cuatro docentes tiradas en el piso, unidas por una soga. Hace calor, mucho. La que peor la lleva pareciera ser la que actúa el rol de padre: con peluca, saco, pantalón negro y bigote postizo, trata de esquivar los rayos de sol que se cuelan por los costados del improvisado escenario.
Es la siesta de un viernes. Las maestras jardineras invitaron a los familiares de los alumnos a festejar el Día de la Familia. Interpretan una obra de teatro: mamá, papá y los dos hijos viven atados por una soga, sometidos a una incesante rueda de inconvenientes, propios de semejante situación. Para dormir, deben ponerse de acuerdo a la hora de encontrar posición. Para comer, para divertirse, en fin, para vivir.
Hasta que un día alguien descubre una tijera, y a partir de allí cada uno puede desligarse de los otros, y comenzar a vivir independientemente. El vínculo, sin embargo, sigue en pie. Precisamente, porque no hay ataduras que obliguen a mantenerlo.
Las docentes que dirigen el acto advierten que familia es sinónimo de afecto, de contención. Es decir, que no es necesario estar ligado a una estructura para sostener relaciones, para brindar y recibir cariño, para crecer.
Parece básico, pero la escena -desarrollada en un jardín de infantes público de la ciudad- se destaca si se la pone en relación con otras situaciones que tienen lugar hoy en otros establecimientos educativos. Desde esa otra cara del cubo, la capacidad reflexiva pareciera haber retrocedido siglos. Algunas autoridades, arrogándose una superioridad moral respecto del resto de los mortales, levantan el dedo para evaluar la vida privada de padres y docentes. Juzgan, sin discriminar, a familias ensambladas, a matrimonios separados, a hijos de madres solteras.
En algunos casos, el juicio es explícito: en algunos colegios, los docentes deben firmar una especie de "contrato moral" por el cual se someten a las reglas éticas de la institución. Es decir, supeditan (a veces por no tener alternativas en el campo laboral) su vida privada a un juicio excesivamente soberbio, por tratarse de una opinión humana. Otras veces deben esconder sus situaciones personales, para mantener la fuente de trabajo.
En todos los casos, la realidad desborda cualquier reglamento, se ríe de los mandatos, simplemente existe. Como el sol, que insiste en colarse por los costados. Absurda empresa la de pretender taparlo con un dedo.