Carlos Héctor Parodi
En una sociedad como la nuestra, que ha vivido atenazada por controles hasta del pensamiento, no resulta extraño que proliferen los llamados "derechos humanos", que uno vincula al valor más apreciado por el hombre, esto es, la libertad. Es decir, poder hacer lo que quiero, cuando y como quiero, sin preocuparme mayormente por la opinión "del otro".
Claro que, dentro de esa "libertaria" existen vallas que impiden su realización efectiva, y la mayor dificultad se encuentra que entre "el uno" y "el otro" generalmente existe una zona que es la conflictiva, y que no es fácil de resolver.
Es decir, en el diferendo, "uno" tiene -por lo menos- el 51 por ciento de la razón, pero "el otro" también tiene el 51 por ciento, por lo que existe esa zona conflictiva en la que se dirimen los conflictos.
Hace poco tiempo se desató una controversia entre expresiones del jefe de la Policía de Santa Fe -cuya consecuencia fue su retiro obligado- quien dijo su verdad (esto es, tiene razón pero marche preso), y las declaraciones de un conspicuo magistrado, quien dijo que la libertad era parte del proceso, es decir, también dijo su verdad.
Para justificar en una síntesis dónde radica la discrepancia entre esas dos verdades, creemos que lo que no se dice es que la Policía hace bien en apresar al delincuente, y la Justicia hace bien en liberarlo. Pero lo que no se ha tenido en cuenta es que para este segundo paso, se necesita, y existe, una maraña de leyes, decretos y anexos que siguen vigentes y que algunos, avisados, bien aprovechan so pretexto de los derechos humanos.
De modo tal que la aparente discrepancia que señalamos, podría ser resuelta con prontitud, si el poder que no aparece, esto es, el poder legislativo, se ocupase de dar forma a una estructura legal que, asegurando la protección del derecho humano en plenitud, garantice al detenido el debido proceso, pero, como contrapartida, también garantice purgue su falta.
La sociedad que nos cobija -o debería cobijarnos- no debe olvidar que un delito puede ser uno solo o puede ser el comienzo de una carrera.
Pero además debe contrapesar -no para desvirtuar- que, con los alcances de estos derechos humanos, paralelamente existen -o deberían existir- deberes humanos, que podemos decir son los contenidos en el catecismo que nos impone no sólo la religión, sino la vida.
El caso típico de este aparente silogismo, es el de los menores.
Es penoso para quien, como en nuestro caso, se ha visto privilegiado por tener una prole numerosa y eficiente, poner la mira cuestionante en el tema: ¨hasta dónde se puede tolerar que se siga admitiendo que si el delito es cometido por un menor, es, casi, como si no existiera?
Naturalmente que la temática de la responsabilidad no es "moco de pavo" y se corre el peligro de ingresar a la corriente obscurantista de la "pericolositá sin reato" que utilizaron las técnicas fascistas que no se pueden sostener. Pero, es indudable que tiene que existir, tiene que encontrarse un equilibrio entre derecho y justicia, para que no tengamos que lamentar que el menor delincuente, al que se ha ¨impulsado? por los privilegios que cree tener, culmine su carrera con más y más crímenes. ¨Y la responsabilidad de los padres?
Esta tarea ordenadora, legislativa, de pensamiento jurídico y social, debería entretener a la fauna legislativa, que al parecer, no parece preocupada por otras cuestiones que no sean la mezquindad política.
Partir con el pensamiento que sólo tenemos derechos y no obligaciones paralelas, es un riesgo que no debemos correr.
No debemos olvidar que, de a poco, podemos llegar a la "tolerancia cero". Sería bueno recordar a quienes incursionan por esta vía, que, como lo señalara un jurista de primera, Eduardo Couture, "tu deber es luchar por el derecho. Pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia".