Crónica política

Populismo y neoliberalismo

Rogelio Alaniz

“Los errores poseen un valor, aunque sólo en algunos casos, pero hay que recordar que no todo el mundo que viaja a la India descubre América”. Erich Kastner

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Acto final. Los senadores sellan el acta de defunción del sistema jubilatorio de capitalización privada.

Foto: DYN

Como era previsible, el Congreso aprobó el proyecto del gobierno y, de aquí en adelante, las jubilaciones volverán a ser públicas. Un número importante de legisladores peronistas que hace catorce años levantaron la mano para aprobar la privatización de las jubilaciones, hoy la volvieron a levantar para hacer exactamente lo contrario. Si dentro de diez años siguen en el Congreso y el peronismo considera que es “popular” privatizar, volverán a levantar la mano con el mismo entusiasmo. Argumentos teóricos para defender una posición y la otra hay de sobra; y si esto no alcanza, queda la alternativa de la autocrítica que es a la que recurrió Parrili para justificar su última pirueta política.

Lo que no se puede poner en tela de juicio es que en este punto, el gobierno actuó cumpliendo con los procedimientos legales. La liquidación de las AFJP no salió por decreto. El tema se trató en el Congreso y se discutió durante más de un mes. A diferencia de lo sucedido con la famosa resolución 125, los Kirchner no rifaron el consenso; por el contrario, supieron ganar para su causa a legisladores de otros partidos. Lo que finalmente se votó podrá seguir siendo motivo de polémica, pero está claro que se hizo en el marco de la ley.

A decir verdad, a mí nunca me convencieron las AFJP. En lo personal, me quedé en el Estado y a juzgar por lo sucedido no me arrepiento de mi decisión. Las AFJP en la Argentina no nacieron con buena estrella. Promovidas por el menemismo, se distinguieron más por cobrar comisiones altísimas que por brindar servicios. Por su parte, el Estado las obligó a invertir en bonos públicos cuya rentabilidad fue siempre baja. Entre las ambiciones de capitalistas demasiado ávidos de riqueza y la incompetencia y arbitrariedad del Estado, las AFJP se fueron desprestigiando más allá de los esfuerzos de una u otra por tratar de brindar servicios aceptables.

Por lo tanto, a diferencia del conflicto con el campo, en el que gobierno fue derrotado por un rival económicamente poderoso y con fuerte respaldo social, en el tema de las jubilaciones los Kirchner ha avanzado sobre un rival fácil de derrotar e incapacitado por sus propios errores para presentar batalla ante la opinión pública. Visto desde esta perspectiva, podría suponerse que lo más lógico sería apoyar al gobierno en esta iniciativa.

En efecto, si las AFJP no han cumplido con su cometido y la jubilación pública es, como se dice, solidaria y popular, no habría razones para no estar codo a codo con los Kirchner. Sin embargo, si yo fuera legislador habría dudado en votar el proyecto oficial, porque mi principio para orientarme no hubiese sido la jubilación privada o pública, sino un sistema jubilatorio que realmente cumpla con su cometido.

Esto quiere decir que, a mi modesto criterio, lo que se debía poner en un primer plano en el debate es cómo se asegura que el sistema jubilatorio funcione, cómo se garantiza recaudar los recursos y que éstos se administren de tal manera que sus objetivos no sean desvirtuados, cómo se piensa un esquema institucional que permita compatibilizar -como lo hacen los países avanzados- el sistema solidario con la iniciativa privada.

Importan estas observaciones porque discutir sobre opciones falsas no sólo es un error sino una torpeza. Quiero ser claro. El sistema de jubilación privada anduvo mal o no anduvo no sólo porque existen capitalistas con una moral de rapiña, sino porque existe un Estado que lo permite y hace negocios, muy buenos negocios, con esa situación. Lo que hay que transformar, entonces, es el Estado, asegurando que controle y gestione como corresponde. Si el Estado no pudo o no quiso controlar a las AFJP tengo mis serias dudas de que pueda asegurar un sistema de jubilación pública como el que la sociedad merece. También en el caso de las jubilaciones vale el principio de que quien no puede lo más tampoco podrá lo menos.

Como no vivimos en un mundo de ángeles y nuestra realidad se llama Argentina, con todos los antecedentes históricos que conocemos, tengo derecho a sospechar que el gobierno nacional enarbola una causa justa y solidaria a fin de disponer de fondos para arreglar otros compromisos. ¿Es arbitrario pensar así? Conociendo el paño, lo arbitrario sería no pensar así. La Argentina es el país en el que se pagó una fortuna por hierro viejo y el negociado se presentó como un acto de soberanía nacional. Es el país en el que una banda armada invadió las islas Malvinas para perpetuarse en el poder y la iniciativa fue presentada como un acto de soberanía nacional.

En la Argentina, nos hemos habituado a que en ciertas manos, el oro -un metal noble y puro- se transforme en barro, en polvo sucio y vil. Las mutuales y las cooperativas, por ejemplo, en su origen fueron causas nobles promovidas por el mundo del trabajo para defender sus intereses de acuerdo con principios solidarios. Sin embargo, en más de un caso, en los últimos años se transformaron en su contrario, en colosales negociados orientados a estafar o esquilmar a los trabajadores. Hay que tener talento para hacer esto, talento para el mal, por supuesto, pero talento al fin.

Honestamente, yo a este gobierno he dejado de creerle. Lo que me pasa a mí les sucede a muchos y diría que el síntoma es grave porque en democracia un gobierno que ha perdido credibilidad tiene serios problemas. Creo que los Kirchner dicen una cosa y hacen otra; practican el oportunismo más descarado, la demagogia más ramplona. Yo no creo -por ejemplo- que los Kirchner defiendan los derechos humanos. No lo hicieron cuando había que hacerlo, no hay motivos para que lo hagan ahora. Este gobierno no cree en grandes causas, puede invocarlas, pero sabe que no son suyas porque por tradición, por práctica política, las causas de este gobierno son pequeñas, en algunos puntos miserables.

No diría que el gobierno es una banda de ladrones, pero que hay bandas que operan en su interior con la aceptación oficial no me cabe ninguna duda. No diría que sólo están en el poder para robar, pero que roban y que hay personajes cuya principal función es acumular fortunas con el juego, con las compras de tierras y otros negociados por el estilo, no tengo ninguna duda. No diría que no le importa la inversión pública, pero agregaría que le importa más cuando la “mordida” llega al quince por ciento y está promovida por un recaudador que tiene nombre y apellido.

Lo que queda claro es que ni el neoliberalismo ni su contracara funcional -el populismo- están en condiciones de promover el desarrollo de la Nación. Unos privatizan, otros estatizan, pero en todos los casos las gestiones fracasan porque si las recetas son malas y los médicos encargados de aplicarlas están más interesados en la chequera que en la Nación, los resultados no tienen por qué ser buenos.

No lloro por el destino de las AFJP, pero tampoco me hago ilusiones con el destino de la jubilación pública en la Argentina. Mientras no se hagan las cosas como corresponde, es decir definiendo un programa nacional de crecimiento, desarrollo y saneamiento de las instituciones estatales, vamos a seguir languideciendo en el atraso, aprisionados por esa opción tan falsa como perversa entre un neoliberalismo depredador y un populismo corrupto.