EDITORIAL

La Argentina y el mundo

Recientes estudios económicos señalan que en 1983, el PBI de Argentina era de 103.000 millones de dólares y el de Irlanda apenas llegaba a los 20.000 millones. En los últimos veinticinco años, Irlanda creció un 674 por ciento mientras que Argentina apenas llegó al 139 por ciento. Como consecuencia, los PBI de ambos países están hoy igualados.

Irlanda y Chile, entre otras naciones, son ejemplos de cómo políticas económicas y sociales correctas producen cambios importantes que trascienden las condiciones de la naturaleza o los propios ciclos económicos. En ese sentido, son imperdonables el tiempo y las oportunidades que los argentinos hemos desaprovechado.

Chile, un país con muchos menos recursos que la Argentina, en los últimos veinte años creció cinco veces más y las perspectivas demuestran que esta diferencia se mantendrá. No terminan aquí las comparaciones desventajosas. Según el mismo informe, la Argentina se ha “desdesarrollado”, al punto que su crecimiento real está por debajo de países como Uruguay, Perú y la propia Bolivia.

Con respecto a Brasil, hace rato que la Argentina renunció a disputarle el liderazgo económico, una reivindicación que sostuvo a lo largo del siglo veinte. No obstante, hasta hace veinticinco años las perspectivas de ambos países eran parecidas. Sin embargo, mientras Brasil se transformó en una de las grandes potencias industriales del mundo, la Argentina se estancó. Según estas mediciones, si hubiésemos crecido al ritmo de Brasil, hoy tendríamos un lugar entre las quince mayores economías del mundo.

Los registros de referencia confirman el principio de que el desarrollo es el resultado de una decisión política. Aquello que se califica como “milagro económico” tiene en verdad fuertes consistencias de base. Lo que motoriza el cambio -pueden citarse las experiencias de Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial- son las decisiones correctas acordadas por una clase dirigente decidida a promover el desarrollo.

La lección más importante de la historia es que las transformaciones requieren reglas del juego. La primera condición es un marco político estable, con instituciones democráticas que funcionen y protejan los derechos civiles y políticos y que brinden seguridad jurídica a la inversión.

También hace falta el diseño de una economía competitiva en el escenario internacional. Los países que alcanzaron el desarrollo han cumplido con esta exigencia. La Argentina, sin ir más lejos, creció cuando dispuso de una economía competitiva. Los otros requisitos también son claros: inflación contenida, equilibrio fiscal, una deuda externa manejable y razonable, y un sistema educativo que capacite recursos humanos para afrontar los nuevos desafíos.

En suma, no hay secretos indescifrables para acceder al desarrollo. Lo que se necesita es voluntad política, lucidez, creatividad y patriotismo.