Una maestra inolvidable

Enrique Miguel Cruz

Tuve la suerte de cursar tercero, cuarto, quinto y sexto grados con la misma maestra en la Escuela Nº 1 Domingo Faustino Sarmiento, en el viejo edificio que compartíamos con el Consejo General de Educación.|Corría la década del “40, pero aún conservo el sonido dulce, algo ronco, pero sereno y sabio de la voz de Martha Guinle de Cominetti, la inolvidable docente que fue formando a un nutrido grupo de varones que sentíamos un respeto inalterable por ella, producto de su manera maternal de hacernos sentir cómodos con su enseñanza.

Confieso que el silencio se rompía solamente con el tañido de la campana que nos convocaba al recreo y que para nosotros parecía tener un sonido especial en las manos de una muy querida Doña Rosa, la portera que también forma parte de aquellos lindos recuerdos del comienzo de nuestras vidas.

Quiero, asimismo, recordar a algunos de los compañeros que componían aquel sexto grado, cuando terminamos la primaria. Lástima que la memoria no me alcanza para nombrar a todos, pero los sintetizo en “Poito” Roteta, Ricardo Giménez, Carlos Alberto Martínez, Leoncio “Copete” Gianelo, “Coco” Comín, Marcos Benseñor, el “Petiso” Romero, Conforti, Jorge Salvetti, Ladizeski, Emilio Caso, Alberto Farías, Ghio, Mario Colombini, Turri, Martín, López y tantos otros que integraron aquella división en la maravillosa etapa del primer aprendizaje, que también era la del primer contacto con la amistad y con la vida misma. Con algunos de ellos suelo encontrarme por las calles de la ciudad, otros tomaron otros rumbos y también me enteré de aquellos que partieron de este mundo.

De todos modos siento la satisfacción de haberme decidido a escribir este recuerdo, aún a sabiendas de que surgirán luego otros nombres y anécdotas que lamentaré no haberlos tenido en cuenta. Es que han transcurrido más de sesenta años de esta pequeña historia de nuestra infancia; pertenece a un mundo que nada tiene que ver con la actualidad, pero sí estoy seguro de que me gustaría que mis hijos y mis nietos puedan hoy disfrutar de las bondades que ofrecían aquellos momentos.

Qué lejos quedó aquel viaje de fin de curso a Rosario, que entonces demandaba más horas de viaje que de estadía en aquella ciudad. Qué lejos las travesuras infantiles que se nos ocurrían, encontrándonos a la hora de la salida de las chicas que concurrían a clases. Para la inocencia de la edad, creíamos haber visto a nuestras novias, con la diferencia de que ellas jamás se enteraron de nuestra audaz pretensión.

Por todo esto, muchas gracias señora de Cominetti. Gracias por permitirme haber cumplido con esta vieja aspiración de alumno orgulloso de sus enseñanzas, convencido además que desde el cielo aprobará esta feliz iniciativa de testimoniarle el sincero reconocimiento de quien tiene motivos de sobra para recordarla eternamente, como una maestra inolvidable.