etcétera. toco y me voy
etcétera. toco y me voy
Cables sueltos
De vez en cuando pasa: alguna de las empresas públicas o privadas usa tu propiedad y tu pedazo de techo o cielo para cruzar uno o varios cables, sin permiso, sólo con la argentina fuerza de la prepotencia. Y a vos te dejan cruzado, literalmente y te tiran la responsabilidad de ser igualmente argentino a hacer docencia. Yo escribo...
TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected]
De pronto, en el pequeño rectángulo de cielo que poseo desde el patio de fondo de mi casa, apareció morosa y amorosamente instalado un elemento extraño: un grueso cable negro cortando en diagonal el hasta allí inmaculado celeste. Para instalarlo, no necesitaron entrar a mi propiedad: usaron el poste de la calle, luego pasaron por alguna parte el cable hacia una propiedad en el interior de la manzana, tensaron y ya tenemos un cable intruso en nuestro patio.
No voy a nombrar la empresa (no vale la pena), no voy a consultar tratados de Derecho (derecho, por ejemplo, pasa el cable a pesar de un procedimiento torcido para colocarlo) y no voy a llorar todo el tiempo, lo prometo, sólo una vez más esta pequeña y casi anónima y particular queja: te invaden, te patotean, te ponen a la defensiva. Los cables, se dijo, eran para mejorar la prestación del cable anterior, pedimos a los operarios (sin una sola identificación, tercerizados, onda queacé macho, acá estamos) que no crucen cables por el patio y nos juraron que sí, pero al otro día el cable apareció. Ahorran muchos metros de cable cortando camino aunque no corresponda. Lo cierto es que en mi patio no había cables y ahora hay uno.
A muchos puede parecerle una estupidez, una cosa tonta, una nimiedad en medio de problemas realmente graves. Pero me afecta: quiero y merezco mi pedazo de cielo limpio.
Luego de cruzar el cable, los operarios siguieron su derrotero diario por el barrio aquí y allá. Dos veces reclamamos que saquen o corran el cable, las dos veces prometieron que sí, enseguida, y esos tipos prácticos, que tienen una planilla de trabajo diario que cumplir, simplemente siguieron, burlándose de los jodidos que reclaman pelotudeces.
Ahora nos dejan el camino largo de comenzar y nunca terminar el reclamo ante la empresa, ante la Defensoría del Pueblo, Defensa del Consumidor o quién te escuche y te contenga ante esta forma globalizada (cableada) de violencia.
En el medio, parientes, amigos, y el otro yo que todos tenemos, nos dicen bajito al oído, además de tonto dicho en otros términos- cortá el cable y listo: ellos te patotearon, no te preguntaron; patotealos vos, no preguntes y a otra cosa. Fantástico. Pero uno porfía estúpidamente con lo que debe ser, con lo que debemos trasmitir a nuestros hijos, con lo que querríamos para nuestro país algún día, mientras todos los días el cable sigue recordándome cruelmente que estamos en Argentina, y que soy un gil con todas las letras.
Soy de lo que ven o tratan de ver, siempre, el lado positivo a todo, el medio vaso lleno. Así, me imaginé que ese cable podía permitirme mejorar mi pésima cualidad de equilibrista: me veo vara en mano, probando un pie y luego otro hasta cruzar todo el patio, allá arriba, sin caerme.
Fantaseo con la idea de aprovechar el cable, ya que está sin permiso y con ganas de quedarse a menos que haga algo, para colgar la ropa, pero eso me obligaría a determinados esfuerzos cotidianos y a la exposición pública de calzoncillos que quiero para el recoleto y ahora profanado ámbito de mi pequeño patio interno.
Y por último, me queda la troglodita idea de tropezarme con el cable en alguna recorrida por las alturas, o aspirar a que alguna tormenta lo corte o lo corra o ceder por fin a tanta masiva argentinidad y cortar por la sano. Me agarrarán quizás con los cables pelados y dejaré que el argentino que también soy se libere y libere por fin a mi patio del invasor. Todos necesitamos en algún momento de algún cable a tierra. Después les cuento.
“...pero los cables llegaron arriba, y desde abajo ya no te vi amor...”
Fax-U. Charly García.