Al margen de la crónica

La civilidad estúpida

El énfasis fonético del calificativo -menos que su uso en enojosas situaciones- puede sugerir la idea de un insulto. Pero “estúpido/a” no es más que un adjetivo de la lengua que describe una cualidad determinada.

Para la Real Academia Española, “estupidez” significa “torpeza notable para comprender las cosas”. Pues entonces, en esos términos no hace falta más que una civilidad estúpida para explicar que una sociedad democrática pueda consentir pasivamente la discusión de sus legisladores sobre la legalidad del delito.

La ley penal dice que evadir impuestos es delito; el sentido común también lo establece. Una norma que exime al evasor y hasta lo exonera de toda explicación sobre los orígenes de sus riquezas, es un verdadero oxímoron democrático. Siguiendo siempre a la Real Academia, oxímoron es la “combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido”.

Sin embargo, legos o legisladores (parecido no es lo mismo) informan en republicanas asambleas sobre los severos fundamentos políticos, jurídicos, sociales y económicos que justifican el lavado de dinero. Toda obsecuencia irracional al poder, es meramente sistémica. Sólo hace falta un público tonto (“falto o escaso de entendimiento o razón”, según la RAE) para que no haya más que insulsas reacciones cívicas, más allá de las partidarias voces de ocasión.

La anomia institucional es proporcional a la ausencia de mejores razones públicamente exhibidas y éticamente sustentables o cuanto menos opinables. Para quien necesite una vez más del diccionario, “anomia” es “ausencia de ley” y un “conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”.