La visión y el mundo

Por Raúl Fedele

“La novela luminosa”, de Mario Levrero. Mondadori, Buenos Aires, 2008.

Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) es uno de los grandes escritores de nuestra lengua, que creó una obra firme y singular en la sombría (y a toda luz, fructífera) corriente paralela u opuesta a la de las rimbombantes producciones de la industria cultural y las cátedras.

Una suerte de Felisberto Hernández al que se le privara cualquier presunción de fantástico. Las muchas rarezas y las manifestaciones trastornadas del mundo de Levrero no corresponden a otra realidad que se asoma a la nuestra, ni corresponden a un orden misterioso que irrumpe en nuestro orden cotidiano. Aquí todas las rarezas parten del trastabilleo en la que autor y lector, entre risa y desolación, se debaten, sin decidir si la naturaleza hipocondríaca, hipersensible y obsesiva de la visión del narrador es la causa, o más bien su visión visionaria, hipersensible y lúcida nos revela (nos ordena, de alguna manera) un mundo que abarca de la computación al reino animal, de la política a la teología, un mundo signado por la más frenética y hostil insensatez.

Una línea de tradición que puede reconocerse en Felisberto Hernández (es decir, en lo mejor de la literatura uruguaya) pero también en ese gran arte de introspección tragicómico que incluye a creadores tan espléndidos y variados como Italo Svevo, Buster Keaton o René Magritte.

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“El llamado de la noche” (fragmento), de Paul Delvaux.

Poema

Por Estela Figueroa

A Nora Possentini

“Árbol eres, musgo eres, eres violetas arrasadas” (Ezra Pound)

En el hueco que hay entre mis pechos

puse un puñado de tierra.

En la tierra hundí la raíz de una enredadera.

La enredadera empezó a crecer.

Yo, desnuda en el patio de mi casa, me apoyé en un árbol.

En poco tiempo estuve cubierta por hojas frescas y verdes.

En poco tiempo la enredadera pasó a envolver el árbol.

Así fue como yo pasé a ser árbol.

Cuando llueve tomo agua.

Cuando hay viento tomo aire.

Como nadie me ve

nadie más me hará daño.

Dos páginas de “La novela luminosa”

Por Mario Levrero

Cierto domingo, cuya fecha podría calcular con total exactitud, fui a la misa de Cándido como cualquier otro domingo. La misa transcurrió como siempre, sin ningún detalle especial que la hiciera memorable, hasta su mismo final. Cándido pronunció su “Ite, missa est” según la fórmula en español que en este momento no recuerdo, y Juan José, subido a su podio, nos recordó que “como siempre, nos despedimos cantando a nuestra Madre, la Santa Virgen” y, como siempre, yo torcí la cara en un gesto de disgusto, porque de todas las cosas que me costaba tragar del dogma, era ese asunto de la Virgen el que más me costaba. Yo soy hombre del Espíritu Santo; al contrario de Borges, es lo único que entiendo, lo único que conozco, lo único en que creo. El resto de las figuras me resulta un tanto vago, no tengo una imagen precisa para el Padre, y la imagen que tengo del Hijo está demasiado manoseada para que me resulte atractiva. Como Machado, prefiero al que anduvo en la mar, pero siempre se me representa el de la cruz, y no me gusta. Pero en aquel tiempo la idea de esa Madre de Dios, para colmo virgen, me resultaba más que desagradable; me chocaba, y me molestaba especialmente su popularidad. Entonces, torcí la boca, como siempre, y seguí en mi asiento, esperando que terminara de pasar la procesión que se desplazaba hacia la salida cantando a pleno pulmón. Entonces fue cuando empezó a llover; me cayó una gota sobre la camisa, a la altura del pecho, sobre el lado izquierdo, allí donde se cree que está el corazón. Mi sorpresa fue grande. ¿Cómo podía llover adentro de la iglesia? ¿Habría una rajadura en el techo? Miré hacia arriba y, desde luego, no vi nada más que esos dibujos (si es que había dibujos; en mi imaginación, el cielorraso de aquella iglesia se me aparece casi como el de la Capilla Sixtina, probablemente no hubiera “dibujos”). Me cayó otra gota, simétrica a la anterior, y empecé a ponerme nervioso; no había traído impermeable, ni abrigo, y hasta mi casa había unas cuantas cuadras. Me imaginaba que para que el agua se colara por esas goteras en un edificio tan sólido como parecía ser esa iglesia, la lluvia tendría que tener una fuerza tremenda. Pero al fin me di cuenta de que no estaba lloviendo, sino que mis ojos estaban llorando. Digo mis ojos porque yo, todavía, no había empezado a llorar; estaba totalmente ajeno a lo que estaba sucediendo en mi interior, o quién sabe dónde —en ese lugar donde se generan los sentimientos—. Y lleno de confusión al sentir que las lágrimas me resbalaban por las mejillas y me seguían mojando la camisa, quedé unos instantes en el mayor desconcierto, y bastante asustado, porque no estaba acostumbrado a esa esquizofrenia que permitía que alguien llorara en mí y que yo me enterara sólo por deducción. Pero esa esquizofrenia terminó de golpe, y vi, vi, no me pregunte nadie con qué ojos, pero vi, en mi interior, la cara de una mujer conocida y amada, y luego la cara de otra, y luego de otra, y fue una legión de mujeres amadas, que incluía a mi madre, y en tal cantidad y a tal velocidad que ya no pude reconocerlas una por una, pero estaban todas allí, desfilando, acercándose a mí, y todas parecían decirme lo mismo, un reproche, un “por qué no me quieres”, y supe que eso que me estaba hablando, esa esencia pura de lo femenino, ese denominador común a todas las mujeres y a todos los amores, era Ella, la mismísima María, en toda su fuerza y toda su presencia. No se parecía a las estampitas. No era una mujer, sino todas las mujeres. Una abstracción viviente y presente. Me fui moviendo en el banco, medio sentado, medio agachado, hacia la izquierda, buscando un corredor libre de gente, y huí, lleno de angustia, y avergonzado por mi llanto que no sólo no se había terminado sino que recién parecía empezar; el famoso nudo en la garganta, la angustia insoportable que sólo en llanto se puede resolver, subiendo desde el pecho. Me fui escondiendo detrás de cada columna y pegándome a las paredes hasta encontrar una salida discreta y bajé los escalones más alejados de la entrada, donde Cándido y mis amigos seguramente me esperaban, y achicado, encogido, busqué mi camino entre las sombras de la noche y de la calle hasta llegar a mi casa, sin dejar de llorar un solo momento. Cuando llegué a casa, sin haberme encontrado con nadie conocido en el camino, me tiré en la cama, así como estaba, y seguí llorando, y me dormí llorando, y al otro día me desperté llorando.

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Virgen de La Macarena, en Sevilla.

Foto: Archivo El Litoral