En el camino
En el camino
Por Raúl Fedele
“Tránsito”, de Javier Cófreces. Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2008.
En tránsito on the road. En una primera parte de este libro, el último y probablemente el más maduro conjunto de poemas de Javier Cófreces (Buenos aires, 1957), se cuenta de viajes hacia el encuentro de escritores (Borges -en su tumba ginebrina-, Byron -en su marca sobre un muro-, Ezra Pound -en la isla veneciana de San Michelle-, el rosarino Pidello, Beatriz Vallejos -viva aún, en su casa en Rincón-, entre otros). En la segunda parte, cuatro poemas sentencian con versos breves y letanías repetitivas la “nada” que cunde, el “toma” con que se apela al lector (“tomad y bebed”), la “sal” (del salario y la exclusión), y las “pecas” (estigmas del cuerpo y pecados). Una tercera, titulada “Flogisto” (“flogisto: del griego, incendiar”), nos habla de químicos y químicas varias. La cuarta canta la pasión fierrera. La quinta y final recoge poemas de circunscripta unidad.
En uno de los poemas de la primera parte, el poeta escribe a su amigo Alberto contando sus peripecias en Holanda y buscando un encargo: la Ética de Spinoza. El libro no será encontrado, pero la búsqueda es el tema; Amsterdam, el recorrido; la epístola, el poema. De alguna manera, se concentra allí una esencia de estos poemas: “Quizás haya perdido/ mis mejores años en procura/ de transmitir algo/ que quedó “en el camino’”. No vale ninguna conmiseración: lo que “quedó en el camino” son en última instancia estos tránsitos. “Ítaca nos ha regalado el viaje”, diría Kavafis.
Durante Alighieri reflexiona frente a su propia casa
Por Javier Cófreces
a Angelo Recalcatti
“Las noches, las noches
no podía soportar las noches
golpeaba mi cabeza
contra esos malditos muros
Beatrice, Beatrice
repetía inconsolable
por mi amor
no correspondido
Las horas del día
se me hacían tolerables
yendo de aquí para allá
de las clases de laúd
en lo de Belaqua
a las de lengua
en lo de Brunetti Latini
Las tardes fluían
entre cacerías y cabalgatas
entre jaurías y halcones
Conversaciones con Cavalcanti
con Manetto Portinari
el hermano de mi bella
y las melodías
de Casella de Pistoia
Más tarde, hasta un rato antes
de que cayera el sol
me distraían
los juglares de la plazoleta
con sus glosas y sus rimas
Pero cuando el bullicio acababa
y la ciudad se llamaba a sosiego
llegaba todo el dolor
Las noches, las noches
no podía soportar las noches
golpeaba mi cabeza
contra esos malditos muros
Beatrice, Beatrice
repetía inconsolable
por mi amor
no correspondido
Mi padre solía hacerme entrar
de madrugada y a la fuerza
cansado de gritos
y de golpes de testa
que retumbaban en la casa
Me sacudía con una vara
que blandía en mi espalda
para que no me partiera el cráneo
no despertara al vecindario
y lo dejara dormir en paz
Pasados los meses
con la frente amoratada
me llamé a sosiego
y dejé de golpearme
la cabeza contra los muros
Beatrice había abandonado
el mundo para siempre
Escribí La vida nueva
tenía entonces dieciséis años
El resto de la historia
es conocido por todos
me apodaron Dante
Florencia se rindió a mis pies
y compuse La Comedia.”
En busca de la Ética de Spinoza
a Muñoz
Querido Alberto
lamento comunicarte que no conseguí
el libro que me encargaste
antes de mi partida rumbo a Ámsterdam
No es que no haya invertido tiempo
en buscar el tomo por las calles del Dam
o en los puestos callejeros de Westermarkt
También consulté a un librero
a la vuelta de los almacenes de Bijenkorf
pero no hubo caso
Querido Alberto
te cuento que en Ámsterdam
no aparece la Ética de Spinoza
pero reluce una estética
que la redime de ausencias
y males incurables
Ni las salas del Rijksmuseum
ni la fábrica de Heineken
ni las hierbas de los coffeeshops
ni las vidrieras del Barrio Rojo
superan el encanto del Amstel
y los canales que le impiden
lanzarse al mar embravecido
como los antiguos corsarios
que exhibe el Maritime Museum
Amparados por un agua bendita
los parques, los home boats
los viejos botes de madera
las casas torcidas, las bicicletas
las panaderías, los puentes
el humor de la gente
y los quesos pasados
sugieren postales
que nadie olvida
como a los viejos textos
que se pierden
Querido Alberto
quiero que sepas
que gastaría la vida
rastreando en Ámsterdam
el Spinoza que no aparece
Escribiendo poemas ridículos
como trivial excusa
para hablar de esta ciudad
a la que volví
a declararle mi amor
y a buscar el libro
que no encontré.
Javier Cófreces.
Foto: Archivo El Litoral
“El cáliz del amor. Dante y Beatrice”, de Salvador Dalí.
Alta presión
A Roberto Domínguez
Sal
Te pido
Por favor
Sal
De mi vida
Cuanto antes
Mejor
Sal
Aunque sea
Un poco
Sal
De acuerdo
No demasiado
Pero
Sal
De inmediato
Sal
No te opongas
Sal
No me contradigas
Sal
No imaginas
Cuánto deseo
Ese sabor
Prohibido
Y justamente
Por eso
Te pido
Sal
Aunque
Peligre mi vida
Sal
Por favor
Sal
Te imploro
Sal
Aunque explote
Sal
Aunque muera
Sal
Aunque
Me haga daño
Sal
Por última vez
Te ruego
Sal
De mi vida.