etcétera. misceláneas
etcétera. misceláneas
Noche de paz, noche de amor...
Charlas que se repiten como en un constante deja vu, excusas, argumentos y quejas...no falta nada en casa los días previos a la Nochebuena. TEXTOS. MARTA MITRAL. ILUSTRACIÓN. LUIS DLUGOSZEWSKI.
“No puedo creer que tanto te irriten las fiestas. Yo empecé a comprar regalos en junio, igual hice con las bebidas”, sentencia Alicia. Alicia es una más, en un grupo de amigas que se juntan habitualmente, pero repiten la final de cada año, idéntica discusión.
La aludida es, como siempre, Beatriz que protesta por la proximidad de los días en los que debe trabajar el doble porque, según ella es la única tonta que pone su casa a disposición. En realidad lo que cuenta es que espera hasta último momento, pero como nadie se ofrece ella termina “poniendo la casa”. Pero en el fondo, la encoleriza que desde hace ya algunos años, sus hijos y nueras le han dicho que no tienen ganas de festejar nada, que por qué no se olvidan de esa noche en la que todo se les complica y siguen viéndose el domingo, como siempre, asado de por medio. A Beatriz le molesta más que nada, la naturalidad con la que Alicia resuelve todo. Conserva todas las tradiciones, rigurosamente arma el árbol el 8 de diciembre bien temprano, le suma el nuevo a los adornos que ha ido juntando a través del tiempo (tiene el mismo árbol que compró la primera navidad de casada), durante la semana, prepara todo para la cena, hasta hornea el pan dulce aunque haga cincuenta grados de sensación térmica y el 24, va a la misa de Gallo.
Susana, Claudia y Liliana, tienen también lo suyo. Susana está resignada a que debe ser ella quien recibe invitados, es la que tiene la casa más grande y además, pileta para los nietos. Pero esta vez contó con bronca que su hijo -el único varón que, con más de treinta, todavía vive “en casa”, le dijo que iría con la única condición de que pudiera llevar a su novia; “imaginate, hace apenas dos meses que sale y ya me la trae. Además amenazó que si no, la pasa solo con ella en algún restorán”.
Claudia comentó que como siempre, ésta es la peor parodia que le toca pasar en el año. “Siempre lo mismo. Mi vieja, en algún momento de la comida, cuando los temas se van agotando, vuelve a pasarle la factura a mi viejo por la aventura que tuvo con su secretaria allá por los sesenta. Y uno tiene la sensación de que “éso” pasó apenas quince días atrás. A todo esto en su momento, -según su versión, contada hasta el cansancio-, después del llanto interminable de mi padre y de haberlo hecho renovar su promesa de fidelidad eterna; lo perdonó. Pero no hay forma de que entienda que ése no es un tema cuyos detalles nos guste revivir; no sólo porque no nos cae bien sino porque ya los conocemos de memoria”
Liliana cuenta que casi tiene que llamar al Cobem porque le bajó la presión culpa del atorrante de Rodrigo -su nene- cuando le dijo que lo disculpara, pero que esta vez prefería quedarse en su departamento, comer un sándwich y ver tele. “¿Sabés lo que me dijo? que lo cansa la hiperactividad de los pendejos que se excitan esperando los regalos. ¡Te das cuenta!, los pendejos son sus sobrinos, son su sangre” (además de ser los tres malcriados insoportables de su otra hija).
La cuestión quedó zanjada porque el “Rodri” que tiene treinta y seis años, hace casi un año que se fue a vivir solo y trabaja para una financiera -con lo cual realmente debe haber tenido un año embromado, cedió por temor a ver llegar a la ambulancia y prometió ir, aunque sea hasta las doce.
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La que está al margen de esa discusión anual es Mercedes. Ella ha resuelto -sentencia-, hace tiempo el problema. Alquila desde hace años el mismo departamento en Pinamar y los dueños se lo entregan el 20 de diciembre, lo cual le da la salida elegante para marginarse de todo festejo multifamiliar. Sólo ella, su marido y sus dos hijos adolescentes aletargados, cenan siempre en el mismo “bolichito muy cálido” cerca de la playa. Eso sí, rigurosamente a las 12 llama a la casa de su hermana, donde está reunida lo que quedó de la familia, y se deshace en buenos deseos.
Esta vez, el grupo de amigas notó un cambio, un sentimiento algo común les molestaba, casi todas lo compartían y era haber descubierto que gente, de la propia familia, preferían y lo decían a con todas las letras, que les gustaría estar solos la noche del 24, o pasarlo con otras personas.
Caídas las máscaras de la indiferencia, de la sobreactuación del sacrificio y de la perfección, la charla tomó por un camino filosófico más positivo. Concluyeron, después de no poca discusión, que si vivimos escuchando que el origen de todos los males de esta sociedad autista, están en la devaluación de la familia, bien vale el esfuerzo de tratar de unirla, no sólo de juntarla. El cómo es algo de lo que cada una deberá hacerse cargo. Pero será su pequeña contribución a cambiar un poco lo que está mal y por lo que tanto se quejan.
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En realidad, para los creyentes la Navidad es, ni más ni menos, que festejar el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo en Belén. Si bien en un principio, la celebración de Navidad tenía una impronta modesta, con el correr de los siglos se sumó al festejo cristiano, grupos de personas que se apropiaron de la costumbre que reunía a la familia alrededor de la mesa. Y, a pesar de que, con eso, el evento se paganizó, la intención fue y sigue siendo buena. Quizás valga la pena, si se es cristiano, conservar ciertas ceremonias como ir a la Misa de Gallo o seguir participando - chicos y grandes- en las representaciones de pesebres vivientes que se hacen en casi todos los barrios de casi todas las iglesias.
Para los que no lo son, la reunión familiar, aunque obligue a poner reglas para que todos la pasen bien, sigue siendo un buen motivo de ésos que buscamos para frenar la locura de los tiempos que vivimos.
Quizás muchas se identifiquen con el cotorreo de este grupo de amigas. Allí puede haber semejanzas con lo que pasa en gran parte de las familias. Si a eso se agrega que hay algunas familias donde los chicos deben elegir qué fiesta pasan con su madre y cuál con su padre; que no nos tocó un año fácil y que el que viene promete no ser mejor, habría que hacer el esfuerzo. Los consejos no siempre son útiles. Cada uno debe ser capaz de hacer lo que puede con lo que tiene. Pero quizás esforzarse por evitar el estrés de la previa, convencer a los que no quieren compartir esa noche con la familia, con argumentos de los que estemos convencidos de por qué vale la pena tratar de que la palabra familia, sea algo más que una palabra más y aceptar, si no es posible movilizar, que el deseo del otro, aunque nos duela debe ser respetado.