Crónica política
La lógica del poder kirchnerista
Rogelio Alaniz
Para el sentido común, un régimen ejecutivo cuyo núcleo de poder está orientado a la concreción de negocios dudosos es un gobierno corrupto. El mundo académico trata de ser más preciso y cuidadoso en sus apreciaciones y califica con conceptos más elaborados. Están los que hablan de la cleptocracia para referirse a un régimen que se vale de los aparatos del Estado para captar ilegalmente recursos públicos y volcarlos al sector privado. Por su parte, Max Weber habla de regímenes patrimonialistas. Para el autor de “Economía y sociedad” se trata de sistemas de dominación que alteran deliberadamente el funcionamiento racional de la burocracia estatal para asegurar beneficios privados a la élite del poder.
Se dice que ningún gobierno está libre de corrupción. Puede ser. Pero lo que diferencia a uno de otro, es que en uno la corrupción es un dato marginal del poder, mientras que en el otro la corrupción adquiere un protagonismo central. Es la diferencia entre Alfonsín y Menem. Los dos cometieron errores, pero uno hoy recibe honores de universidades y gobiernos y el otro sólo recibe citas judiciales.
Ningún gobierno a cargo de una administración compleja y presionado por poderosos intereses privados y públicos está liberado de acciones corruptas o poco transparentes cometidas por funcionarios, pero de lo que estamos hablando no es de un error, sino de un régimen cuya lógica dominante es la corrupción. En estos veinticinco años de democracia hemos padecido dos regímenes cleptocráticos o patrimonialistas. Los dos de signo peronista: el menemismo y el kirchnerismo. Entre ellos hay diferencias, por supuesto, pero la lógica que los une es una concepción del poder.
Sobre este punto, el poder y sus beneficios, conviene detenerse. No miente Cavallo, cuando dice que Kirchner fue en los años noventa uno de los grandes privatistas. Tampoco falta a la verdad Menem cuando recuerda que Kirchner era uno de los gobernadores más obsecuentes que tenía. La imputación de Menem y Cavallo puede ser personal, pero a mí me interesa porque pone en evidencia un estilo, una manera de construir la política y de intervenir en la política.
Kirchner fue menemista mientras ello producía réditos políticos. En algún momento dejó de serlo. ¿Traidor? Todo lo contrario, leal, leal a una lógica del poder. Menem en su momento actuó de la misma manera ¿Son traidores? Para nada. Son leales a su cultura política, a su filiación partidaria, a esa adhesión dogmática al principio establecido por el jefe máximo de que “la única verdad es la realidad”... la realidad del poder, por supuesto.
Entre Menem y Kirchner hay diferencias, sería necio negarlas. Menem legitimó su acción a través del imaginario liberal; Kirchner lo hace a través del imaginario nacional y popular. Muchos liberales honestos creyeron sinceramente que Menem se había convertido al ideario de Kant y Locke y cuando se dieron cuenta del error, más de uno estaba con las manos sucias. Muchos progresistas honrados creyeron en el discurso nacional y popular de Kirchner. Hoy algunos de ellos ya han desertado de las filas en las que militan con mucha comodidad Rico y Moyano; otros probablemente lo harán más adelante.
No entender al peronismo como un dispositivo movilizado por la pulsión del poder y engalanado con componentes míticos, es lo que ha llevado a gente de buena fe a grandes desengaños. Algo así le pasó a los laboristas de 1945, los que se jugaron por Perón creyendo que era la alternativa socialista y nacional de la posguerra. Al año estaban en la cárcel, torturados o en el ostracismo político. El calvario de Cipriano Reyes será el primero, pero no el último. Treinta años después algo parecido le pasará a la juventud maravillosa que creyó en los cantos de sirena del viejo zorro devenido en socialista y guerrillero. López Rega y Las tres A se encargarían de ponerlos en su lugar.
El caso del kirchnerismo es paradigmático y en cierto punto supera en perversidad y codicia al régimen menemista. El ejercicio real del poder está en manos de Néstor Kirchner y su principal colaborador, su efectivo primer ministro, es Julio de Vido. Para que esta red de poder pueda expandirse es necesario un gobierno con poderes excepcionales, un parlamento dócil y una retórica política que dice favorecer a la burguesía nacional, cuando en realidad los intereses materiales que se defienden no son los de una burguesía sino los de una lumpen burguesía asociada con el poder kirchnerista.
Los principales gestores del programa económico kirchnerista se llaman Lázaro Báez, Cristóbal López, Rudy Ulloa, Claudio Uberti y Ricardo Jaime. Que el peronismo promueve la movilidad social y alienta los milagros económicos es un dato que se desprende de la biografía de estos personajes. Hace veinte años, Báez tenía como todo capital un Ford Falcon modelo ‘72 y una casita modesta. Su amistad con Kirchner lo transformó en operador financiero del banco de Santa Cruz y luego en el empresario dueño de Austral Construcciones, la principal operadora en negocios petroleros en la Argentina. Como se dice en estos casos: Néstor cumple, Cristina dignifica.
Cristóbal López a los 18 años vendía pollos en la calle. Se hizo amigo de Armando “Bombón” Mercado, (alguna vez habrá que hablar sobre los apodos que usan los peronistas) ex marido de Alicia Kirchner. Este bomboncito estaba asociado con un caramelo del gremialismo peronista: Diego Ibañez. A partir de ese contacto empezaron los negocios. Hoy, los casinos y tragamonedas del señor López están repartidos en 19 ciudades de la Argentina y gracias a don Néstor sus maquinitas en el Hipódromo de Palermo podrán seguir sacándole la plata a la gente hasta el año 2032.
Rudy Ulloa vendía diarios en la calle y después fue cadete del estudio jurídico de Kirchner. Este opulento heredero de Florencio Sánchez acaba de hacer una oferta de 320 millones de dólares para comprar un medio de comunicación. Ulloa es de los que está convencido de que en la Argentina kirchnerista los únicos privilegiados son los niños... mientras tanto, hay que ponderar las hazañas del primer trabajador y el hada rubia y por supuesto, seguir combatiendo al capital.
Mitologías al margen, podría decirse que desde Juancito Duarte y Jorge Antonio hasta Rudy Ulloa y Cristóbal López, el peronismo ha demostrado que sigue siendo el hecho maldito del país burgués o el hecho burgués del país maldito. Para el caso, y tratándose de consignas populistas, el orden de los factores no altera el producto.




