Pensar la vida

Carlos Catania

“Soñé que por fin era la persona que llevaba años queriendo ser” (Orhan Pamuk)

El caos del presente, en sus variadas manifestaciones, opera sobre nudos de ansiedad e irresolución que inmovilizan (y desbaratan) la conciencia del individuo. Afirmar que lo último es efecto de lo anterior, obliga a considerar que semejante bombardeo es recíproco. El caos en guerra contra sus promotores. Cuando Cioran sostiene que el hombre es el cáncer de la Tierra, taponamos los conductos del entendimiento, nos plegamos al espiritualismo bobo que acude a la esperanza sin mover un dedo y abandonamos el pensamiento, enardecidos por jueguitos y muchedumbres. El idiota-congelado emite además los consagrados rebuznos infrahumanos: “¡Qué barbaridad!, ¡cómo está el mundo!, qué se le va a hacer”, etcétera.

Si en el siglo XIX Hegel afirmaba que la frivolidad y el tedio que se apoderan de lo existente y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos premonitores de que algo otro se avecina, en nuestro tiempo no queda más remedio que elevar al cubo aquella hipótesis y admitir que ese algo otro ya está aquí. ¿Hasta cuándo vamos a permitirnos fabricar una conciencia a nuestra medida, para sentirnos inocentes, únicos e intocables? He ahí el problema. Sin cambiar vos, nada cambia. Lo demás son acertijos, muchacho, premoniciones, baños de miel, huidas.

Platón insistía: “Una vida no examinada no merece ser vivida”. Desde luego, estas verdades, a la luz del presente, no tienen derecho a rozar la mente ni el corazón de seres humanos que luchan por sobrevivir en un país donde muchos niños mueren de hambre. Días pasados, un amigo me castigó con una foto que mostraba un carro de cirujas (tres niños sentados entre cartones y bolsas de residuos), frente a una iglesia donde un grupo de señores muy elegantes se dirigían a escuchar misa. El facilismo de este ejemplo no le resta un gramo al aplastante peso de la tragedia.

Así que dejémonos de hipocresías y de jugar a las cartas con Dios. Costumbre sin conciencia, madre de la indiferencia, te acuso de ser la más cruel asesina de la época. Seguí nomás maquillando tu conciencia, chapoteando en el pozo negro, recipiente de nuestras elegantes porquerías. Los pobres seguirán recogiendo la basura que dejamos en la puerta de las tumbas donde reina el estruendo de lo trivial y la “visión del mundo” que segrega el quietismo, alentado por entretenimientos cautivantes de la armoniosa estupidez.

Pese a lo dicho, no son pocas las personas que aspiran a cambiar de vida, deseosas de adquirir una conciencia sin trampas. “En tiempos de catástrofes como el nuestro, los hombres se ven obligados a demostrar cuántos de ellos conservan aún su pertenencia a lo genuino, a lo humano” (Sábato). La vida del mundo ha de abrazarse entonces como la tarea más propia y salir a defenderla, con la gravedad de los momentos decisivos.

Por otra parte, me informan que John Kenneth Galbraith (a quien conozco muy por arribita) denunció hace tiempo la autocomplacencia de las elites: la generalización del egoísmo miope de los satisfechos de su prosperidad, que ignoran a los marginados, lo que lo indujo a predecir los estallidos de violencia urbana que hoy, en gran parte, nos merecemos.

Para una mente ajustada a los malentendidos y mendacidad introducidos en su niñez, la palabra cambiar adquiere una connotación exterior aplicada a la apariencia. Quiere “verse” y que la vean diferente en el seno del rebaño. Acude a dietas “espirituosas”, lee para distraerse y le resultan irritantes los criterios profundos. Se parecen a las frutas de California que, al decir de Capote, son espléndidas de apariencia, pero sin sabor. Hombre y Sociedad son para ellas conceptos herméticos, pues nunca van más allá de los nombres.

Lo mismo ocurre a quienes visten la sotana de un partido político, con sus catecismos de congregación y aforismos de almanaque (siempre los mismos). Sostenidos por consignas que en nada se diferencian de la de otros partidos, se arrogan incluso el derecho a parlotear sobre cultura. Pero cuidado —solía decirme el portero del Colegio Nacional, que ustedes han conocido en el capítulo anterior—: no se te ocurra hablar de estas cosas, pues los políticos han recibido un buen entrenamiento en aquello de atacar al razonador cuando no se puede atacar al razonamiento. Como no sucumbo a la generalización, escribo entonces que hay excepciones por lo que el asunto se torna doblemente peligroso.

El aspecto orgánico de la realidad inmediata, que muchos llaman sistema, al igual que sus células, parecen lentamente atados de pies y manos. ¡Y con qué seriedad divulgan sus vulgaridades e intereses! En esto se asemejan a nuestras amplias pensadoras de la televisión. Respecto de los sujetos que confiesan “cultivarse”, uno se pregunta qué fuerzas nocivas intervienen para que, después de leer a Kafka o a Musil, continúen metidos en su ataúd. ¿Qué tipo de prejuicios mantiene incólume la idiotez?, etc.

Expresé más arriba que me parece necesario dar tanta importancia al pensamiento del hombre como a su actuar y querer. Ahora creo que es lícito desconfiar de los conceptos, incluyendo los de este servidor. También creo que sin reflexión y un mínimo de conocimiento, resulta imposible contradecir aquel irónico verso tanguero que reza: “Todo es igual, nada es mejor”, expresión de ignorancia y sometimiento.

Lo que llamamos comúnmente “libertad” no es otra cosa que esclavitud consentida. Ser libres para escoger la sumisión, sofisma que se ha vuelto clásico, alimenta los estereotipos y la “cosificación” de la apariencia.

Lo apuntado anteriormente acerca de Kafka y Musil no significa otorgar a la literatura un carácter mesiánico y depurador de los mismos de nuestra civilización. Sin embargo, con cuánta frecuencia, el acercamiento real al pensamiento de un escritor, de un filósofo, o simplemente de un ser humano de conciencia libre, nos lleva a exclamar: “¡Me cambió la vida!”, lo que equivale a enunciar la sorpresiva existencia de potentes luces iluminando caminos que considerábamos sumidos en la oscuridad, opuestos al error por el que transitábamos.

“Pensar la vida, he ahí la tarea”, sostenía Hegel en relación a la vida de la conciencia frente al mundo, comprometida en una historia. Examinaremos más adelante su (en apariencia) tajante significado.

(Fragmento de “Principios Nocturnos”).

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La indiferencia es el peor vicio; reflexionar sobre la vida y la situación del mundo es una obligación existencial.

Foto: Archivo El Litoral.