EDITORIAL
EDITORIAL
Muerte en las rutas
Consternación, dolor, impotencia, son palabras que apenas alcanzan a describir el efecto en sensaciones que provoca la noticia de lo sucedido en General Lamadrid, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde vivían los adolescentes que murieron cuando el auto que conducía uno de ellos, a más de 180 kilómetros por hora, se estrelló contra un árbol.
El hecho ocurrió en otra provincia, lejos de nuestra región, pero sin embargo todos se sintieron conmovidos por lo sucedido. Tal vez fue por ese sentimiento de solidaridad en el dolor que acompaña a los hombres, o quizá porque muchos pensaron en sus hijos y en los riesgos que afrontan en los tiempos que corren. Lo cierto es que la reacción no es arbitraria ni caprichosa. Desde hace meses se habla de las faltas cometidas por los automovilistas en las rutas, de los excesos de velocidad y de la ausencia de controles.
En un reciente informe nacional se manifiesta que en las principales autopistas de la Argentina el ochenta por ciento de los conductores excede los límites de velocidad establecidos por las normas, en tanto que un porcentaje elevado supera los 150 kilómetros por hora. Se trata de una verdadera imprudencia, porque se sabe que a esa velocidad sólo un volante experimentado puede llegar a dominar el auto en caso de un percance.
Hasta ahora, los reclamos a las autoridades para que impongan controles más severos y frecuentes no se han atendido debidamente o se lo ha hecho de manera oportunista. Es decir, cuando el clima social se hacía insostenible aparecían los controles y desaparecían a la semana siguiente. A la desidia de los funcionarios y políticos se sumaba, por supuesto, la irresponsabilidad de los ciudadanos que no necesitan de grandes explicaciones para comprender que no deben conducir a velocidades excesivas y mucho menos ebrios o en automóviles que no están en condiciones de transitar por las rutas.
Ahora, sin embargo, en distintos municipios -Santa Fe y Buenos Aires, por ejemplo- y también en algunas provincias comienzan a producirse reacciones en las autoridades ante la dimensión que toma el fenómeno y la cantidad de muertes y lesiones permanentes que se registran por año. Enhorabuena.
En rigor, el problema tiene diversas aristas, pero las respuestas más efectivas, según lo prueba la experiencia mundial, son la prevención y la sanción. Ésta es la más contundente pedagogía y la aplican los países más modernos y democráticos. Las otras cuestiones significativas son el control adecuado de los vehículos que circulan por calles y carreteras, así como la decidida inversión en caminos, acorde con los flujos de circulación y la proyección de la demanda.
La suma de ineficiencias y corruptelas administrativas, la irresponsabilidad de los conductores y la falta de coraje político ha compuesto un cóctel explosivo que hoy todos lamentamos. Es tiempo de volver al sentido común y la solidaridad verdadera, y de apoyar las decisiones de aquellas autoridades que se muestren dispuestas a recuperar el control de las ciudades y las rutas.