EDITORIAL

El triunfo de Morales y el futuro de Bolivia

El resultado de las elecciones para aprobar la nueva Constitución en Bolivia fue previsible: Evo Morales obtuvo más del sesenta por ciento de los votos. La controvertida reforma constitucional fue aprobada y en el mismo proceso Morales revalidó su legitimidad. Es la tercera elección que el presidente de Bolivia gana desde que asumió la presidencia. En todos los casos, el caudal electoral obtenido superó el cincuenta por ciento de los votos. No hay antecedentes en la historia de este agobiado país de una representación política tan amplia y al mismo tiempo tan controvertida.

El resultado de los comicios no descomprimió las tensiones. Por el contrario, las declaraciones del oficialismo y de la oposición siguen siendo agresivas y dan cuenta de una realidad nacional que parece irremediablemente escindida. Morales es un presidente legítimo, cuyas credenciales de legitimidad son incuestionables. Expresa asimismo las expectativas y las esperanzas de amplios sectores de la población aborigen, en una nación que durante décadas fue gobernada por blancos que -por un motivo u otro- fracasaron en toda la línea.

Digamos que este presidente no es el producto de la casualidad o de un súbito cambio de humor en la gente. Llega al poder después que las alternativas planteadas por las elites tradicionales se agotaron. Importa hacer estas consideraciones para entender las contradicciones de los procesos históricos y los alcances y los límites de los nuevos liderazgos latinoamericanos.

La tragedia de Bolivia está planteada a través de este divorcio cada vez más profundo entre un gobierno que dispone de una importante legitimidad democrática pero carece de recursos y posibilidades para asegurar el desarrollo del país y su propia unidad nacional. Morales gana las elecciones, pero la oposición -que no sólo expresa alrededor del cuarenta por ciento de los votos-, consolida su representación territorial en las regiones económicamente más desarrolladas.

El conflicto es serio porque las diferencias políticas se expresan hoy a través de reclamos de autonomía que apenas disimulan afanes secesionistas. Más allá del juicio político que merezcan estas conductas, a pocos escapa que el gobierno de Morales debe enfrentar uno de los dilemas más graves de todo jefe de Estado: la ruptura nacional.

Con independencia de la justicia que puedan tener las reivindicaciones aborígenes, importa interrogarse sobre las políticas de crecimiento y desarrollo que debe proponerse una nación para salir del atraso y la injusticia. Si las soluciones neoliberales han fracasado, algo parecido puede decirse de las supuestas alternativas populistas en clave indigenista o de izquierda. La confrontación puede ser retóricamente satisfactoria, pero conduce a callejones sin salida o pone en peligro la cohesión nacional. Sobre estos dilemas y desafíos sería conveniente que reflexione Morales a la hora de pensar sobre su propio futuro político.