Al margen de la crónica

Tomates eran los de antes

Los que tienen un poco más de treinta y tantos años, quizás coincidan no sólo en que todo tiempo pasado fue mejor, sino que verduras y frutas eran superiores. Los tomates modernos, parejos, firmes y de color atractivo, nada tienen que ver con aquellos deformes, rojos y jugosos, de sabor increíble que se podían degustar años atrás.

Según los expertos, nada tiene que ver con eso la modificación genética del fruto, sino que, al igual que los nazis pretendieron seleccionar progenitores perfectos para mejorar la raza aria, la ciencia eligió las mejores plantas para, con el cruzamiento habitual, lograr tomates de mejor aspecto y mayor durabilidad. Es así como esta fruta que hoy comemos rubia y de ojos azules, nos hace añorar a la otra, de belleza menos convencional pero exquisita en su sabor.

Igual sucede con otros vegetales: se extraña el verde intenso de los zapallitos y ni hablar de la sensación inigualable de morder un durazno que devolvía la agresión con una catarata de jugo dulce; aunque su vida útil fuera relativamente corta.

Hoy saben igual papas, duraznos, peras y manzanas. Para que lleguen impecables en su forma a lugares distantes de su origen, son torturados con semanas de frío intenso dentro de cámaras frigoríficas. Ya de nada vale recorrer kilómetros en busca de las quintas del cordón frutihortícola cercano, la globalización también tocó la puerta de los pequeños productores y los entusiasmó (u obligó) a mejorar para competir en el mercado.

No se salvan ni las lechugas: por hidroponía se consiguen unas plantas que enamoran a primera vista pero que al menor contacto, se descubren vanas y vacías de gusto. Pocos chicos conocen los tallos y hojas de las zanahorias; ahora sólo se venden las raíces, parejitas y hasta envasadas.

Otra especie extinta es la de lo viejos choclos, los que al morderlos, obsequiaban un aroma y complacían al paladar de una manera que no puede describirse; los de ahora brillan como las dentaduras después de un tratamiento por ortodoncia, todos los dientes están en su lugar y lucen ordenados, pero tienen sabor a nada.

Hay algunos intentos de revival con los vegetales denominados orgánicos, pero es raro encontrarlos y si nos los ofrecen, su precio es superlativo.

Los tiempos de imagen y de productividad exacerbados también llegaron a los vegetales. Por eso tienen suerte los que pueden excluírse de las “reglas del mercado” y, aunque sea en un lugar pequeño, tener una huerta donde cosecharlos y disfrutar de los sabores auténticos. Con las plantas se cumple una regla que es equivalente a la que rige para la condición humana: por suerte o por desgracia, no siempre el atractivo exterior y la belleza interior van de la mano.