EDITORIAL
EDITORIAL
El insistente reclamo del campo
Se estima que el nueve por ciento de la población activa trabaja en el campo. La evaluación descarnada de ese porcentaje fue tal vez lo que alentó a los Kirchner a librar una batalla imprudente contra un sector considerado por ellos minoritario y privilegiado, y al que muy bien se lo podría calificar con el adjetivo de “oligarquía”.
Sin embargo, estudios más complejos señalan que en la cadena agroindustrial y atendiendo a las articulaciones de la actividad rural, que incluye a científicos y técnicos, a poblaciones rurales, circuitos de transportes, centros de procesamiento de materia prima y fábricas de diferentes implementos agrícolas, la población económicamente activa que se emplea en el campo llega al treinta y cinco por ciento.
Si se considera el impacto económico y cultural que el campo tiene sobre el conjunto de la sociedad, prestando atención a los niveles de solidaridad que ha despertado en el conflicto del año pasado, queda claro que se trata de un sector decisivo de la sociedad, tanto desde el punto de vista de su actividad económica como el de su influencia social.
Desde esta perspectiva, y si se toman en cuenta estas relaciones de fuerza, a nadie le debería llamar la atención que el oficialismo esté muy preocupado por lo que allí está ocurriendo políticamente y que la oposición se esfuerce por ganarse las simpatías de este sector, a tal punto que, sin exagerar, podría decirse que el centro de la batalla política de los próximos meses será el campo.
Lo que importa entender son los nuevos fenómenos económicos y sociales que se están produciendo. No haberlo hecho empujó en su momento a los Kirchner a cometer un error tal vez irreparable porque, mientras ellos creían que libraban una batalla épica contra la Sociedad Rural y la oligarquía terrateniente, en realidad se enfrentaron a la Federación Agraria Argentina y a los pequeños y medianos productores, con las consecuencias que todos conocemos.
En la última década, el campo ha tenido cambios significativos que el oficialismo no percibió y, de alguna manera, sigue sin percibir. Dichos cambios no sólo se han manifestado en la actividad productiva y la modernización tecnológica, sino que, además, han promovido nuevos realineamientos sociales y culturales. La movilización impulsada por la Federación Agraria Argentina y la UOM de San Nicolás sienta un precedente inédito, dado que, por primera vez en muchos años, un movimiento obrero urbano y de base industrial se alía con productores rurales, en tanto unos y otros ven afectados sus intereses.
Algo parecido podría decirse del acuerdo que están tejiendo los productores rurales con los camioneros, liderados nada más y nada menos que por el muy oficialista Moyano. La explicación de esta conducta inédita no tiene que ver con la ideología, sino con los intereses corporativos. Moyano sabe muy bien que una crisis rural prolongada afectaría el empleo y la actividad económica de sus camioneros y, tal vez, de sus camiones.
Queda claro que el campo es un sector decisivo de la sociedad, tanto por su actividad económica como por su influencia social.