Crónica política
Patoteros y escrachadores

Agustín y Alejandro Rossi fueron agredidos en Laguna Paiva por un grupo de productores rurales. La imagen de televisión mostró el momento.
Foto: DyN
Rogelio Alaniz
El escrache es la versión politizada de la patota. La patota y el patotero son dos versiones canallas de la vida cotidiana. La condena incluye al personaje del tango cuya condición de “sentimental” no lo libera de culpas. El escrache es lo mismo que la patota con la sutil diferencia de que los patoteros en este caso se justifican invocando una razón política.
El patotero y el escrachador no son diferentes en lo que importa, es decir en el ejercicio de la violencia alevosa y cobarde. Lo que distingue a uno de otro es la retórica disfrazada de ideología. El patotero supone que sus acciones no tienen nada que ver con la política; el escrachador se justifica a sí mismo invocando argumentos políticos que transformarían un acto cobarde y miserable en una causa justa. Desde el punto de vista estrictamente político, el escrachador es más peligroso que el patotero porque uno viola el Código Penal mientras el otro viola la convivencia social.
Si fuera posible una lectura psicológica del patotero y el escrachador habría que decir que en lo fundamental se parecen. Existe una abundante literatura que habla de la cobardía moral del patotero, de ese hombrecito resentido, solitario, atormentado y agobiado por los complejos, los miedos y las frustraciones sexuales que se vale de la protección y el anonimato que otorga la patota para transformarse en un personaje inescrupuloso y despiadado.
Hace unos años, miraba por televisión cuando un grupo de escrachadores se ensañaban en la calle contra Roberto Aleman y pensaba si cada uno de esos personajes hubieran sido capaces de hacer lo mismo en un mano a mano. Lo mismo pensaba cuando veía a estos escrachadores ensañarse contra López Murphy y Vargas Llosa. Y por supuesto lo mismo se me ocurrió pensar cuando veía a la patota de Laguna Paiva agredir a Alejandro y Agustín Rossi. El “coraje” que exhibían para golpear por la espalda o arrojarles huevos y bosta, ¿lo habrían tenido si hubieran estado solos?
Por supuesto que entre el patotero y el escrachador hay diferencias, pero también hay rasgos comunes. El patotero ejerce lo que se llama una violencia gratuita; el escrachador supone que su violencia es justa. Patoteros y escrachadores suelen parecerse al punto que a veces se confunden. Ciertos escraches se realizaron contratando patotas de las barras bravas que aterran las canchas de fútbol. Niños bien del centro, expertos en practicar la violencia a la salida de los boliches nocturnos, se dedican en las horas diurnas a agredir docentes acusados de ser conservadores o burgueses.
En la Argentina, el escrache nació con filiación de izquierda, pero hoy lo practican todas las clases sociales y es patrimonio de las más diversas formas de violencia política. Militares, empresarios, docentes han sido víctimas de los escraches. Esta semana en Laguna Paiva dos legisladores los padecieron. Lo que les ocurrió a ellos no es diferente a lo que les pasó a los vecinos que manifestaban en Plaza de Mayo y D’Elía los expulsó a golpes y cadenazos. Tampoco es diferente a la agresión antisemita que sufrió la comunidad judía a manos del propio D’Elía acompañado por una izquierda lumpen y bananera.
Decía que el origen del escrache en Argentina fue de izquierda, pero para ser justos históricamente habría que decir que en realidad su filiación es de derecha y en ella se confunde la patota con el escrache. Las patotas bravas que evoca el tango “Corrientes y Esmeralda”, las que le dieron lustre a esa esquina en el año 1902, son las mismas que en 1909 dejaron de pelearse entre ellos y se dedicaron a incendiar bibliotecas socialistas y apalear dirigentes obreros. Algo parecido hicieron diez años más tarde en la célebre Semana Trágica, cuando los niños bien de la Liga Patriótica asesinaban obreros y judíos en Villa Crespo y, anticipándose a Hitler, quemaban libros en la vía pública.
Sin saberlo, los muchachos de aquellos años empezaban a instalar la subcultura del escrache, la misma que unos pocos años más tarde practicarían en las calles de Roma los camisas negras de Mussolini, una de cuyas primeras víctimas fue el dirigente socialista Giacomo Mateotti, asesinado a golpes por una patota fascista. Por su lado, los rojos también se iniciaban en esas práctica. En Alemania, en Francia, en España antes de la guerra civil, bandas de civiles armados escudados detrás de banderas rojas se dedicaban hacer justicia por su propia mano contra burgueses y fascistas. Una de las célebres víctimas de los escrachadores rojos en España fue el dirigente conservador Calvo Sotelo, crimen que le dio a la derecha militar el pretexto necesario para iniciar la rebelión armada contra la república, cuya consecuencia sería la prolongada guerra civil y su secuela de cientos de miles de muertos.
En la Argentina, el escrache como tal fue invocado por la izquierda en los años noventa para castigar a los militares beneficiados por las leyes de obediencia debida, punto final e indulto; luego fue retomado por bandas piqueteras más cercanas al lumpenismo que al movimiento obrero y en los últimos días también se dedican a esta práctica bandas de productores rurales, quienes a juzgar por sus simpatías, están muy lejos de ser de izquierda.
En todos los casos, los escrachadores están convencidos de que defienden una buena causa. Tan justa es la causa que defienden que les otorga una suerte de coartada moral para imponer sus deseos al margen de la ley. Los escrachadores en sus más diversas variantes creen con fe de fanáticos que el sistema les ha bloqueado toda posibilidad de hacer oír sus reclamos por la vía legal. Su rechazo al sistema se avala moralmente por la certeza de la causa que defienden.
Cuando se generalizan estos tipos de razonamientos extremos habría que hacer un ejercicio de proyección e imaginar cómo funcionaría una sociedad en la que cada sector decidiera defender sus posiciones con la metodología de los escrachadores. No hace falta disponer de la fantasía de Julio Verne para darse cuenta de que una sociedad así sería inviable porque sus integrantes se despedazarían unos a otros.
En definitiva, los argumentos que justifican la violencia varían, los protagonistas son diferentes, pero en todos los casos se trata de una violencia alevosa, cobarde, en el sentido moral del concepto, pero por sobre todas las cosas antidemocrática, lesiva a la convivencia social. El problema de la Argentina entonces, es que el escrache ha dejado de ser una anécdota para empezar a ser una constante. El peligro más serio que nos acecha a todos es que nos empecemos a acostumbrar, a que “normalicemos” el escrache. El peligro es serio, muy serio, porque si esto ocurriera las horas de la democracia recuperada en 1983 estarían contadas.




