Una cuestión de imagen

La postergación del paro del campo revela la importancia que adquirió la imagen del conflicto ante la opinión pública.

Federico Aguer

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En el conflicto desatado entre el gobierno nacional y el sector agropecuario, las partes se mueven y deciden en un tablero de ajedrez marcado por la impronta del mensaje televisivo y las frases altisonantes.

El problema de fondo es claro: uno de los sectores más importantes de nuestra economía nacional reclama al gobierno nacional por la asfixiante presión impositiva, la que ha venido castigando al sistema productivo, minando aún la base moral que lo impulsaba: la dignidad del trabajo de campo y de la ruralidad como sistema íntegro de vida. En el medio, la política metió la cola, tiznando con sus diferentes colores las acciones y los discursos de cada uno de los participantes del conflicto.

En nuestro país, pocos se animan a decir abiertamente lo que piensan. Tal vez porque son pocos los que están preparados para escuchar lo que no quieren. Mientras tanto, la cosmética ocupa más lugar y lleva más tiempo de elaborar. Los asesores de imagen y el marketing político le han quitado el lugar de privilegio a la gestión. El país sigue acumulando vicios estructurales ocultos detrás de un maquillaje que pretende hacer creer que estamos avanzando hacia algún lugar mejor.

El vaciamiento de verdad a un instituto como el Indec respalda esta visión. En la lógica kirchnerista, para cambiar una realidad lastimosa, nada mejor que negarla.

Para Cristina y su pléyade bochornosa de pseudo intelectuales y legisladores obsecuentes de la chequera, el alud que arrasó Tartagal fue culpa del desmonte.

La presidenta debería saber que los primeros agradecidos en llevar adelante estudios de la incidencia de los desmontes son los productores agropecuarios, quienes pretenden seguir trabajando y viviendo junto a sus hijos y nietos en el campo. Si aumenta la sojización es porque para poder subsistir ya no les queda otra.

Los productores autoconvocados perciben con malestar esa dependencia de sus dirigentes de la dominación de la imagen y pueden marcar la diferencia con sus acciones, como lo hicieron en 2008.

Los paros no solucionan problemas, pero reflejan alguna injusticia, y el cinismo como política de estado tampoco ayuda.

En este cambalache autodestructivo nacional, quien tenga mejor imagen será quien asuma con valentía asumir la responsabilidad de encarar un cambio sincero, honesto y desinteresado. ¿Estarán las partes dispuestas a asumir el desafío?