las pilchas De pies a cabeza

Marca registrada del gauchaje

En la segunda mitad del siglo XIX el inglés Richard Arthur Seymour desembarcó en Buenos Aires y puso rumbo al interior. Relató sus vivencias en un libro y describió en detalle la indumentaria criolla.

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“Paisanos bonaerenses”. Este óleo de Epaminondas Chiama, pintado en 1869, retrata las mismas imágenes que el viajero inglés plasmó en sus relatos.

Foto: Archivo El Litoral

Campolitoral

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Entre las prácticas y costumbres del criollo argentino, las “pilchas” suelen ser lo más conocido por la población de las ciudades. No sólo por lo pintorescas que resultan estas prendas cuando contrastan con las costumbres modernas, sino porque forman parte de las tradiciones que nos enseñan desde chicos. Para los actos patrios en la escuela nunca faltan las caracterizaciones a base de bombachas, pañuelo, sombrero o boleadoras, atributos que hace cientos de años empezaron a delinear la estampa de nuestro campo.

Entre muchos cronistas que retrataron la vida en nuestro país, el inglés Richard Arthur Seymour dedicó interesantes párrafos a describir la aparciencia de los criollos en la segunda mitad del SXIX. Dice en las páginas de su libro “Un poblador de las pampas”:

“El traje nativo consiste en un par de amplios calzoncillos ornamentados en su parte inferior y ribeteados con flecos, sobre los cuales se usa una prenda llamada chiripa, cuya forma se parece a la de un chal. Las dos puntas de éste se sujetan con una faja alrededor de la cintura, colgando la parte del medio como una bolsa y formando una especie de pantalón muy suelto. El chiripá, que puede ser de cualquier género, como lana, algodón, alpaca o paño, es de colores brillantes y tejido a rayas, pero aquel que generalmente se considera elegante, es hecho de paño negro ribeteado de escarlata, que luce muy bien con calzoncillos blancos y camisa roja”.

El calzado y algo más

Respecto del calzado, Seymour describe con precisión un verdadero emblema de nuestros criollos, tan vigente en la actualidad como en aquellos tiempos: la bota de potro.

“Botas de confección, con su parte superior roja o verde, úsanse en las grandes ocasiones, pero las que se ven los días de trabajo, son por lo general de cuero sin curtir, extraídas de las patas traseras de una yegua.

El garrón forma el talón, cercenándose la pata del animal justo sobre la articulación del nudo, de manera que, una vez cortada en redondo la piel de la parte superior de la pierna, toda ella puede sacarse de revés como un guante. Se le raspa (se lonjea) el pelo y se soba la bota a mano hasta que queda tan suave como una cabritilla. En la punta, queda abierto un orificio para el dedo gordo, que puede ser cosido si así se desea, pero lo habitual es que se vea asomar por él un dedo moreno. Es necesario atarse las botas de potro sobre la pantorrilla con ligas, pues no alcanzan a ceñir la pierna de uno”.

Además, el viajero inglés prestó especial atención a los utensilios que acompañaban al hombre de campo del SXIX. “Como el gaucho no tiene bolsillos en ninguna prenda de su atavío, siempre usa un ancho cinto de cuero, llamado tirador, con bolsillos que contienen cuanto él necesita: tabaco, papel de fumar, y eslabón y pedernal. Calzado atrás de este cinto, porta un largo cuchillo. Completando su indumentaria, un pañuelo atado flojamente al cuello o alrededor de su cabeza bajo el sombrero. Las boleadoras, sujetas en la cabecera del recado o abrazando su cintura; y el lazo, arrollado tras el apero”.

Fuente:

El sitio de la tradición gaucha argentina

www.tradiciongaucha.com.ar

 

El chiripá, que puede ser de cualquier género, como lana, algodón, alpaca o paño, es de colores brillantes y tejido a rayas

 

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el dato

Quién fue Richard Arthur Seymour

Viajero y hacendado, nació en Londres y vino al Río de la Plata en la década de 1860. Pasó 5 días en Buenos Aires y después se dirigió al interior del país, más precisamente al sudeste cordobés, donde se estableció para criar ovejas. Fundó la Estancia “Monte Molino” en la localidad de Frayle Muerto, hoy Bell Ville. Le interesaron las costumbres y la fauna del lugar, que supo retratar en su libro “Un poblador de las pampas”. Después de 4 años, en 1868, volvió a su Inglaterra natal.