El poeta Antonio Machado

Retrato de Antonio Machado, realizado por su hermano mayor José.
Foto: Archivo El Litoral
Ana María Zancada
En una oportunidad, prologando una selección de poemas, Julián Marías se preguntaba si Antonio Machado era el mejor poeta español de nuestro tiempo.
Hoy, a 70 años de su triste muerte en el exilio, la pregunta sigue vigente y la respuesta puede ser la misma: Machado es y será uno de los poetas inolvidables de aquella España azotada por las derrotas de fin del siglo XIX.
El año 1898 fue el de la pérdida de las colonias de ultramar, y la intelectualidad española no era ajena a ello, como tampoco pudo serlo luego del azaroso camino que desembocaría en “el horror incivil de la guerra” (1).
Machado fue el poeta de ese grupo, bautizado por Azorín como “la generación del 98”.
Sevillano de nacimiento, pero aferrado su corazón a las soledades de Castilla, “Castilla varonil, adusta tierra/ Castilla del desdén contra la suerte/ Castilla del dolor y de la guerra/ tierra inmortal, Castilla de la muerte!”.
Su juventud fue compartida con su hermano mayor Manuel, disfrutando de las luces de un París frecuentado por la bohemia soñadora del mundo. Allí traba amistad con un joven Rubén Darío que lo introduce en las metáforas del modernismo y comparte sus “misterios y silencios”.
Luego, en Madrid comienza a tomar conciencia de esa España que pugna entre dos opuestos. “Somos los hijos de una tierra pobre e ignorante, de una tierra donde todo está por hacer. Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra. Que allí donde no hay huella del esfuerzo humano, no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril, que tanto puede ser nuestra, como de los buitres o de las águilas que sobre ella se ciernen”. Conceptos que a pesar de la centuria transcurrida, tienen una sorprendente actualidad.
Y luego Soria, donde encontrará el amor. En 1907, Machado comienza la etapa de docencia en la tierra soriana que cala hondo en su sensibilidad de poeta, sintiendo la comunión de espíritu y paisaje en una soledad agreste que contiene esa otra que lo acompaña en forma permanente: “Es la tierra de Soria árida y fría. Por las colinas y las sierras calvas, verdes pradillos, cerros cenicientos, la primavera pasa dejando entre las hierbas olorosas sus diminutas margaritas blancas”. Y poco a poco abre su corazón a la belleza de la dura tierra que lo alberga: “Soria, ciudad castellana, ¡tan bella bajo la luna!”.
Leonor izquierdo era prácticamente una niña cuando logra penetrar la soledad de ese adusto y silencioso profesor.
El 30 de julio de 1909, se casan y parten hacia París. Pero la felicidad no iba a durar mucho. Leonor enferma y retornan a Soria. Antonio es conciente de la gravedad de su esposa. En mayo de 1912, escribe el famoso poema “A un olmo seco”: “el olmo centenario en la colina que lame el Duero”. Se conmueve frente a la belleza de la “rama verdecida” y, en un postrer intento de felicidad, “mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.
Pero ese milagro no se produce y Leonor muere el 1 de agosto de 1912. El dolor se hace carne, se hace verso, anida sordo en el corazón del poeta que se convierte en un ser más solitario aún: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería./ Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar./ Tu voluntad se hizo, Señor contra la mía./ Señor, ya estamos solos, mi corazón y el mar”.
El camino que queda será vacío de amor, aunque más tarde aparezca la figura etérea de Guiomar, como misteriosa musa inspiradora: “Todo amor es fantasía/ él inventa el año, el día/ la hora y su melodía:/ inventa el amante y más la amada. No prueba nada/ contra el amor, que la amada/ no haya existido jamás”.
Pero sí existió, fue la escritora Pilar de Valderrama la mujer que logró encender nuevamente la ilusión del solitario poeta. Machado tenía 53 años y arrastraba una gris melancolía, Pilar era mujer casada y tuvieron que ocultar ese amor.
También, el aluvión de hechos que se precipitaron, contribuyó a la separación de los amantes.
En 1936, la España tan querida y dolida de Machado, comienza a desangrarse.
“Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena! Rompeolas de todas las Españas! La tierra se desgarra, el cielo truena, tú sonríes con plomo en las entrañas!”
En noviembre de ese año, Madrid está cercada. Preocupados por su salud, le aconsejan que parta hacia Valencia, lo que hace, siempre acompañado por su anciana madre. Desde allí publica su último libro, “La Guerra”, con ilustraciones de su hermano José, y que incluye “El crimen fue en Granada”, elegía por el reciente asesinato de Federico García Lorca. En 1938 se trasladan a Barcelona. A pesar de su deterioro físico, no mengua su producción literaria. Pero la desesperanza, la melancolía, la tristeza, eran ya su permanente compañía.
A fin de ese año, era inminente el arribo de las tropas franquistas a la Ciudad Condal. Antonio Machado y su madre deben partir hacia Francia. El 22 de enero de 1939, en una helada noche invernal, cruzan la frontera. Eran sombras ateridas transitando el camino sin regreso. La negrura de la noche no lo era tanto como el dolor del destierro. Hombres, mujeres, ancianos, niños, huyendo de la soberbia del fusil y la violencia, perseguidos por la oleada de ensangrentadas cenizas.
Hubo un ofrecimiento de la Embajada española para ir a París, pero Machado prefirió quedarse en el pequeño pueblito de Colliure, a orillas del mar. Antonio consumía sus últimas fuerzas: “Cuando ya no hay porvenir por estar cerrado el horizonte a toda esperanza, es ya la muerte lo que llega”.
Era miércoles de ceniza, el 22 de febrero de 1939, cuando entró en coma. Murió con el día. Su madre falleció tres días después, sin saber que su hijo se le había adelantado. (2)
Los dos yacen un la misma sepultura, en el pequeño cementerio francés. El poeta Machado no pudo entender el profundo egoísmo de la ambición humana.
“Es la tierra de Soria árida y fría. Por las colinas y las sierras calvas, verdes pradillos, cerros cenicientos, la primavera pasa dejando entre las hierbas olorosas sus diminutas margaritas blancas”.
En una oportunidad, prologando una selección de poemas, Julián Marías se preguntaba si Antonio Machado era el mejor poeta español de nuestro tiempo.
(1) F. García de Cortázar, “Historia de España”, Planeta, 2002.
(2) Machado J. L, Cano, Salvat, 1986.




