Anotaciones al margen

Perplejidad y comprensión

Estanislao Giménez Corte

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I

“Los Logócratas” (2007, Siruela), del gran crítico literario y profesor francés George Steiner, es un libro de compilación en el que se amuchan entrevistas, ensayos y un texto de ficción. En una de las conversaciones publicadas, que giran sobre los misterios de la creación artística en dos ámbitos específicos, la poesía y la música, Steiner señala: “Me cuesta trabajo imaginar cómo trabajan algunos grandes poetas. Sería incapaz de escribir un solo verso que estuviera a su altura, ya lo sé, pero por lo menos puedo imaginar que una persona como yo pudiera hacerlo (...) semejante cosa sería inútil con Mozart, Bach o Beethoven, y sobre todo con Schubert (...) no me lo puedo imaginar ¿comprende? no me lo puedo ni imaginar. Dijo Lévi-Strauss que la invención de la melodía es “el misterio supremo’”.

Steiner ve y plantea, como muchos otros antes, una tendencia acostumbrada en la crítica, pero no por ello poco polémica. Puede decirse que, en este ejercicio, no se trata ya del elogio o de la denostación de una obra o de un sujeto, se trata de la perplejidad y, más todavía, de la intranquila observación, y del intento de asir, aunque se sepa imposible, lo que escapa al entendimiento. Además de aplaudir, después de ver, de leer, de escuchar, queremos saber cómo (se) hizo. Esa manía celosa del ejercicio crítico, quizás connatural a su esencia, puede encontrar ciertas respuestas en el análisis literario cuando se trata de escritura, pero es mucho más complejo o inasible al referirse a la abstracción pura de la música.

II

El “misterio” de la creación artística ha sido tratado desde la “Poética” de Aristóteles. Toda crítica, entonces, quiere entender, mediante una tarea que busca develar aspectos de una producción. No es errado decir que muchas obras críticas son también una forma de arte. Las aportaciones al respecto son interesantísimas y podrían poblar una biblioteca, pero el misterio permanece, por lógica simple, porque hasta el mismo creador desconoce o apenas intuye los mecanismos que se activan para producir su obra.

El autor no se preocupa del todo por eso, o no le importa en absoluto. El proceso que él mismo experimenta y forja a menudo es la materia de la crítica, pero la crítica no llega más que a interpretaciones o inferencias sobre el proceso. Y ello sirve, ilustra, aporta, pero no alcanza. Ni en el ensayo ni en la entrevista se resuelve la encrucijada, porque, insisto, el autor sabe sólo aproximadamente cómo funciona ese mecanismo, o carece de un auto análisis al respecto. En incontables ejemplos, el autor no sabe lo que hace; sólo lo hace. Por eso es que las explicaciones críticas o hermenéuticas no satisfacen. Son bocetos que pretenden explicar. Pero el arte, podemos arriesgar, no necesita (tanto) una explicación como una sensibilidad; porque su poder no reside necesariamente, digamos, en lo lógico-racional como en lo emotivo-instintivo y porque, más que fríos analistas metódicos, a lo que se apela es a una mirada como de niño, a un oído limpio y atento, a un sentido del asombro sin la cansada suficiencia de los pedantes.