CULTURA

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El flamenco tiene una coreografía, pero el artista también improvisa en su presentación.

Sentimiento flamenco en lo profundo del ser

Carmen Mesa, una joven bailadora de flamenco española recordó cómo fueron sus orígenes en esta danza particular, que debe surgir del interior del cuerpo, al compás de una guitarra.

Textos de Mariana Rivera. Fotos: Pablo Aguirre y Flavio Raina.

De chica, cuando mi abuela materna -hija de inmigrantes españoles- tuvo oportunidad de viajar a la tierra de sus padres, solía traerme como recuerdo una preciosa muñequita que reflejaba el espíritu de aquel país.

Un peinetón, una amplia falda adornada con puntillas y una escotada camisa, que repetía aquel ornamento, era el atuendo de aquella preciosa muñeca, que representaba a una típica bailaora de flamenco, a quien yo hacía danzar -inspirada en los relatos de mi abuela de aquella tradición española- con el simple hecho de moverle los brazos, hacia arriba y hacia abajo.

Aquellos lindos recuerdos de infancia vinieron a mi memoria cuando entrevisté a una auténtica bailaora, Carmen Mesa, una joven nacida en Córdoba, España, quien -según confesó- no recuerda cuándo comenzó a sentir pasión por este baile mezcla de árabes, indios, gitanos y otras tantas culturas.

La artista, de 33 años, viajó por segunda vez a nuestra ciudad para brindar un Seminario de Flamenco en Taiarte, y fue invitada por la Municipalidad para participar del ciclo “Flamenco y música popular en la playa”, organizado durante el verano por su Secretaría de Cultura, en el tablao del Parador Guadalupe. Más de 800 espectadores pudieron disfrutar de su espectáculo.

Carmen recuerda que empezó a bailar desde niña. “Yo me ponía a cantar y a bailar, me lo inventaba todo, a mi aire, hasta que mi madre me llevó a una escuela porque yo le decía que quería ser artista. La tenía medio loca a la pobre. Empecé a ir a una escuela de niños muy chicos, y desde entonces, en verdad, es lo único que me gusta. Tenía muy claro a lo que me quería dedicar”.

El pueblo donde nació era muy pequeño, motivo por el cual cuando fue más grande debió trasladarse a “Córdoba capital, adonde se mueve mucho más el flamenco. Ahí empecé en una escuela y tuve suerte. Me metieron muy pronto en el tablao (el lugar donde se baila). Me di cuenta a muy temprana edad por dónde iba la cosa, que esto era lo mío”.

Sin embargo, admitió que en esta profesión “donde luego se aprende -más allá de una clase- es en el escenario. En ese momento no te puedes echar para atrás. Hay veces que te sale muy bien, otras que no tan bien y otras regular, que sales llorando por todas las cosas que te han quedado dentro. Hasta que vas controlando todo esto pero por ahí hay que pasar”, confiesa.

EN LA SANGRE

“Hace como 17 años que me dedico sólo a bailar y me voy buscando la vida”, reconoció Carmen, quien desde hace 8 vive en Sevilla, adonde tiene una escuela de flamenco con dos socias bailaoras: Manuela Reyes y Rosario Toledo.

“Estoy muy contenta porque es algo que yo inicié, que fue mi idea. Es una escuela muy grande, por donde pasan muchos alumnos y profesores del mundo”, destacó, aunque admitió que “la escuela te quita otro tiempo, que está muy bonito y a mí me encanta, pero te quita tiempo de ti. No puedes estar al 100%: si sigo dando mis clases, tengo la escuela de otra manera. Pero para viajar no es bueno dejar a los alumnos tanto tiempo sin su ritmo, a pesar de que se buscan profesores sustitutos, ya que por algo están estudiando conmigo o con otros profesores. Ahí todos entienden que estamos trabajando y que faltamos porque estamos haciendo cosas”.

Convencida de que “al flamenco lo tienes que sentir y lo tienes que soltar”, tal como les enseña a sus alumnos, la bailaora española comenzó a contarnos -en la teoría- cómo es la técnica de este baile. “Estás escuchando la música y ya te está llegando. Tu cuerpo la siente y la tienes que sacar para afuera. Si no, se te queda adentro y eso no es tan bonito. Puede pasar que uno va a un sitio a bailar y se le quedan cosas adentro por contar, por mil percances que puedan pasar”, contaba.

Sin embargo, mientras explicaba, sus manos y sus brazos iban marcando los movimientos, a pesar de que durante la entrevista estaba sentada en un cómodo sillón en el ingreso del salón adonde iba a dar su seminario. Era como que comenzaba a sentir esa melodía que la moviliza en cada una de sus presentaciones y que ya quería moverse acompasadamente mientras hablaba.

ESTILO PROPIO

Según la experiencia de Carmen Mesa, el flamenco se basa fundamentalmente en el control del cuerpo, motivo por el cual en las clases hay que trabajar el equilibrio, los giros, las vueltas, las piruetas, la expresión corporal, las técnicas de pies.

En sus palabras, “hay que preparar el cuerpo para cuando la mente dice “venga, vamos a bailar, acompáñame’. El cuerpo tiene que tener el conocimiento y el recorrido de por dónde hay que pasar. No se levantan los brazos como yo quiera, como se me dé la gana. El flamenco tiene una estética aunque también es muy deforme en su manera de bailar. Hay momentos que son más quietos, bonitos, pero hay otros en que ya no importa si estoy tan colocada o no. Siempre es como un juego entre el movimiento y la música”.

Respecto a la vestimenta para aprender a bailar flamenco, la artista aclaró que siempre es bueno usar una falda porque “la llevas como contigo. Estás acostumbrada a tenerla y te va a ayudar a la hora de subir al escenario. Es importante saber cómo se toma uno la falda, para el conjunto del movimiento. Sin embargo, hay veces que a mí no me gusta ponerme la falda para poder corregir la colocación de las piernas y los pies, ya que ésta puede esconder muchas cosas. Por eso también hago que las alumnas no siempre usen faldas. Siempre les digo que la indumentaria de las clases debe ser cómoda y para sudar mucho”.

En tanto, admitió que “los músicos influyen mucho con los artistas que trabajan. En tus presentaciones tienes que llevar muchas cosas para adelante: la energía tuya, la de tus compañeros, la del público, darte cuenta para dónde tira para que la actuación salga para arriba. Hay que saber mucho para canalizar. Se trabaja mucho con las emociones, con lo temperamental. Esto es todo muy intenso”.

“En el tablao están los músicos y los bailaores. Hay algunos en donde uno se sienta y ve un espectáculo pero en otros la gente come, ve un espectáculo y toma algo, según el lugar. No hay un lugar donde todos puedan bailar flamenco. Hay que tener cuidado de no viciarse con los tablaos porque todos los días se hace lo mismo. Es un ambiente difícil”.

PARA SUDAR Y DESCONECTARSE

Durante su estadía en nuestro país, la artista española participó de la Primera Bienal de Flamenco, que se hizo a fines de febrero en el Teatro Alvear de Buenos Aires. En este sentido, destacó que “en Sevilla se hace cada dos años una bienal, durante un mes entero. Todos los teatros y centros alternativos ofrecen espectáculos de flamencos, con las últimas propuestas de los mejores artistas. Es un escaparate. Todos los días te puedes comprar una entrada e ir a ver mil cosas. Viene gente de todos los países. Ojalá que con estas iniciativas se apoye a los artistas de flamenco y otro tipo de arte, como el tango y otras culturas musicales, que son otras maneras de trabajar y promover a los artistas. Ver un espectáculo te transporta, te desconecta, está bueno”.

Tras su fluida charla en un español intenso y lleno de modismos, Carmen se despidió porque comenzaban a llegar las alumnas que la esperaban para disfrutar de sus enseñanzas. Algunas eran experimentadas bailarinas, que buscaban perfeccionarse, mientras que otras llegaban “interesadas en hacer una clase de flamenco, de iniciación, sin saber nada, y que van para tener una clase súper divertida, para reirse, desconectarse, para sudar y mucho”, concluyó la bailaora.