A la hora de los lentes

A cierta incierta edad, uno necesita lentes. Puede ocurrir que posterguemos algo la cuestión, pero nadie se salva, sencillamente porque después de los cuarenta comienza un proceso natural, fisiológico (no es una enfermedad, sólo sucede) que al principio no nos deja ver bien de cerca. Y no tienen por qué separar tanto el diario para leer esto, canejo.TEXTO. NÉSTOR FENOGLIO. [email protected]. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. [email protected]

Es cómico ver (si es que podés ver...) a cuarentones coquetos, tipos en rigor jóvenes y fuertes, en plenitud, estar poniendo libros, papeles o el celular a distintas distancias ante la incontrastable realidad de que ya no ven un pomo. Y si no ven un pomo, mucho menos van a ver si se trata de un siete o un uno, un ocho o un nueve, una ele o una te...

No hay vuelta de hoja: hay que pasar por el oculista. Para los vagos, ir al oculista después de los cuarenta es como hacerse el análisis de próstata: uno sabe que debe ir a hacerlo, es prevención, es un deber, una obligación, pero por distintos motivos (más comprensibles en el caso de la próstata) no vamos un carajo. O no vamos enseguida, sino sólo cuando entendemos que no podemos postegar más el asunto. Ya no se puede patear para más adelante.

Entonces están allí buscando la distancia justa para ver mejor o siquiera para ver sin el auxilio de lentes. El proceso en cuestión lleva el complicado nombre de presbicia (no es un delito, ni tampoco un alto escalón de la carrera eclesiástica, aunque en este último caso comparte la raíz griega que hace alusión a la palabra anciano; y en mi caso, con 45, más anciano será tu bisabuelo y que te recontra por las dudas) y consiste en la progresiva merma de un montón de palabras sonoras que están ahí a las vueltas: que el cristalino, que la córnea (jodido tener problemas de córnea), que los ciliares, esclera y otras denominaciones por el estilo.

Luego, al ser un problema tan extendido y democrático, hay que finalmente enfrentarlo. Y nadie se murió por eso. Ante esa evidencia, hay infinitas opciones hoy para el uso de anteojos, algunos de ellos muy cancheros y modernos y que hasta te pueden dar un toque de distinción (digo yo, para consolarme) o una intelectualidad que no tenías hasta hace un rato, cuando eras un mero animal bípedo, atolondrado e impune.

Antes, la receta de unos anteojos era toda una ceremonia, pero hoy están vulgarizados y todo el mundo tiene uno o varios. En algún momento, te introducían en el mundo de los lentes con ese verso de que “son para descansar” o “son para la computadora”. Así, no es que tenés un problema de visión, sino que enfrentás más de una computadora por día. Por lo mismo, es normal tener hoy unos lentes en el cajón del escritorio del laburo y otro en tu casa. Y después tenés un tercero porque el segundo no te gustó tanto y a ese lo dejás en la mesita de luz para leer... En caso de extrema coquetería, se puede apelar a los de contacto (con tacto).

Lo que quiero decir es que una vez que estás dentro del sistema, ya no hay retorno, a menos que quieras encarar operaciones (si es que tu caso lo admite): seguirás usando y acumulando y cambiando y perdiendo lentes aquí y acullá, más cerca (¡ahí está el problema!) o más lejos, antes o después.

Al principio le das la gravedad que el asunto tiene y sólo pensás en los cristales, sin prestarle demasiada importancia a la estética general del adminículo o del adminículo, para ser más exacto. Pero enseguida, solito o por los consejos de quienes te rodean, atinás mejor y “vas viendo”, valga la metáfora, otros modelos que no necesariamente afeen y envejezcan tu ya incipientemente envejecida cara...

Resulta entonces que entre anteojos para sol y lentes para leer cerca y lentes para ver de lejos, o bifocales (jodido bajar del colectivo con los bifocales recién estrenados) o multifocales, orgánicos, de contacto, descartables te vas llenando de lentes y en todos lados tenés alguno a mano. Si hasta te venden unas cosas truchas en cualquier lado con cierto aumento que te sacan del paso (y probablemente también te saquen la vista), por dos mangos. Y acá terminamos este tema por ahora, por dos motivos: porque tengo la vista cansada y porque ya no veo ni lo que escribo ni lo que leo. Todo es según el cristal con que se mira, ¿viste? Por lo tanto, nos vemos en la próxima.