EDITORIAL

Crisis mundial, especulación y desvergüenza

La urgencia por apagar el incendio de la crisis mundial con epicentro en los EE.UU. llevó a tomar medidas que ahora requieren el análisis sereno de sus resultados.

En el vértigo de los acontecimientos, lo más importante era coagular la hemorragia que amenazaba a la economía doméstica e internacional. Así, tanto el gobierno de Bush, como ahora el de Obama, lograron del Congreso la aprobación de ingentes fondos de intervención económica.

La reacción inicial fue la de sostener a los bancos de servicios generales con fuerte y generalizada implantación en la geografía de los EE.UU., entidades donde los ciudadanos comunes tienen sus cuentas corrientes, cajas de ahorro y depósitos a plazo fijo; en suma, el dinero que alimenta los circuitos básicos de la cotidianeidad. En cambio, se dejaron caer o se propició la absorción de algunos de los más sonoros bancos de inversión, ámbitos donde juegan quienes tienen excedentes significativos, profesionales de las finanzas, instituciones de gran porte y peces gordos en general.

Esa divisoria de aguas, incluso en la administración republicana, se perfiló con nitidez después de algunas dudas iniciales. En algunos casos, se alentó la fusión de bancos privados y, en otros, el Estado produjo el rescate con sus recursos incorporándose como socio transitorio, con participación en los directorios, para asegurar el repago de los aportes.

No obstante, hubo cuestionamientos. Por un lado, los economistas ortodoxos vinculados con el Partido Republicano plantearon que había que dejar que el sistema se depurara mediante la caída de los imprudentes y los no competitivos. Por el otro, ciudadanos de a pie -los famosos plomeros y carpinteros- fustigaron los rescates con fondos que indirectamente terminará pagando la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, privó el criterio -técnico y racional- de evitar un colapso en cadena de los bancos que habría sumido a la sociedad y al mundo -incluidos los críticos- en una situación de caos inmanejable. Y así se hizo, aunque en estricta justicia la mayoría de los bancos asistidos -cómplices necesarios en la fabricación de letales burbujas financieras- no merecía el rescate.

De todas maneras, la aplicación de medidas fundadas en una fría racionalidad que no disimula un sabor amargo, no significa un cheque en blanco para los autores del desastre. Este es un tema pendiente, porque resulta inconcebible que quienes por juegos especulativos han provocado la destrucción de cientos de millones de puestos de trabajo en todo el mundo, queden impunes. Este sentimiento está en la calle y eclosionó días pasados cuando se conoció la noticia de que los directivos de AIG, gigante mundial de seguros y servicios financieros, y una de las principales beneficiarias del salvataje estatal, se repartieron parte de esos fondos en concepto de bonus que se pagan por eficiencia. El hecho demuestra que no sólo se volatilizaron fondos, también se perdió la vergüenza. Y esa lamentable conjunción anuncia próximos terremotos sociales.