La delincuencia juvenil
La delincuencia juvenil
Una posible prevención desde nuestro Ministerio de Defensa
Dr. Horacio Alberto Cursack. (*)
Aclaración: No. No se trata de lo primero que al lector le viene a la mente con espanto. Todo lo contrario.
A esta altura de la situación social y con los niveles de delincuencia actuales, creo que, a la gran mayoría de nuestra población trabajadora, abnegada, honesta y adulta, ya no le quedan dudas de que la delincuencia juvenil en general es el problema número uno del país.
Íntimamente relacionado con lo arriba enunciado -y también entre ellos mismos-, le siguen: la exclusión social, la falta de educación (educación laboral especialmente), la droga, el desmembramiento familiar, la incipiente crisis económica, y, posiblemente algunos otros factores, según los casos.
De distintas maneras, creo que están ya casi hartos de manifestar esto también los jueces y las fuerzas policiales. Y vemos el problema, lo escuchamos y también lo leemos, en los medios de comunicación en forma creciente y alarmante, día a día.
Guillermo Jaim Etcheverry, nuestro destacado educador, en una reciente nota, cita que en Latinoamérica casi el 30% de los jóvenes entre 15 y 25 años de edad no estudian ni trabajan. Y que en nuestra Argentina están en esa situación alrededor de 900 mil jóvenes.
Se puede cotejar mental y rápidamente esas edades con las de la gran mayoría de los delincuentes que actualmente aparecen en las noticias. Antes los llamábamos “vagos”, y ahora “excluidos sociales”.
Sucede que recién ahora analizamos las causas de ese comportamiento, aunque quizá no todavía suficientemente, ni buscamos remediarlo.
¿Qué buscan, qué estimula más a los jóvenes que crecen sin una adecuada guía familiar?...
¿El deporte, la “pachanga” en las discos, la T.V., el ocio, el alcohol y otras drogas?... ¿la educación formal y tradicional?... ¿la inserción laboral, por más humilde o elemental que sea y para la que no se los preparó jamás? (“hay que combatir el trabajo infantil - y el de los jóvenes también- hasta que alcancen la mayoría de edad”). Y entonces, a partir de esa edad, pasarán, automáticamente, a la categoría de “vagos” o “excluidos sociales”, con sus secuelas de riesgo social.
¿Y quiénes son los responsables de esa situación? ¿Ellos o nosotros los adultos?
¿Qué le pasa a nuestra sociedad? ¿Somos incongruentes o hipócritas?
Sabemos que la educación formal y tradicional sigue siendo indispensable en nuestra sociedad, aún incluyendo la secundaria, cada vez más light. Pero por distintas causas, no todos la pueden o quieren seguir.
Y además, la educación formal, versus la educación informal de la imagen, de la interacción con los amigos y los estímulos de la sociedad de consumo, lleva las de perder. Comparativamente hablando, para muchos jóvenes, la educación formal es aburrida.
Reflexiones
Hace alrededor de una década se suprimió el Servicio Militar Obligatorio, que hacían (no obviamente) sólo los varones. Hubo una crisis institucional interna, y muchas otras y atendibles razones, para que eso ocurriera.
Pero ahora ya ha transcurrido el tiempo suficiente como para darnos cuenta, de que no todo ello era negativo u objetable, en todos los casos. Muchos jóvenes analfabetos aprendían a leer y a escribir, y a dominar las operaciones matemáticas elementales.
Salvo excepciones, aprendían a llevar un tren de vida saludable. Aprendían a realizar tareas de esfuerzo físico, que por más elementales que fueran, los fortalecían físicamente y los auto-disciplinaban en su voluntad. Aprendían a formar parte de una organización, a respetar y cumplir sus normas, etc.
Por otro lado, actualmente y desde hace más de una década nuestras Fuerzas Armadas prestigian a nuestro país con el envío de brigadas de “Cascos Blancos” a otras naciones hermanas que sufren calamidades de naturaleza climática o social, para ayudarlas de muy variadas formas, propender a su normalización y contribuir así al restablecimiento de su bienestar.
Y por casa, ¿cómo andamos?
Los esfuerzos que hacemos en ese sentido son insuficientes, esporádicos e inconexos. Son de variado nivel y tipo. Y provienen de organizaciones de caridad nacionales o internacionales, o de gobiernos municipales o provinciales. Los de origen nacional son ocasionales o inadecuados. Y más “mediáticos” que otra cosa.
Propuestas
1) A la tristemente célebre ex “Escuela para las Américas” de Panamá (por la deformación ideológica extremista que otorgaba a nuestros militares), debemos reemplazarla por una “Escuela para el Progreso Social y Educativo-laboral” en la Argentina, para redireccionar las tareas internas de nuestros militares.
2) Restablecer -no el Servicio Militar Obligatorio - pero sí el “Servicio Social y Educativo-laboral” obligatorio para todos los jóvenes, varones y mujeres que no estudien ni trabajen, por el tiempo que necesiten para egresar con un oficio, por más elemental que fuere, alfabetizados, autodisciplinados, y convencidos del rol de autosustentación y solidaridad, que cada ciudadano debe cumplir en su vida.
Comentarios finales
“Por la razón o por la fuerza” dicen los chilenos que Sarmiento les organizó la educación.
Por la fuerza de la voluntad, el gobierno de Corea del Sud - después de su escisión de Corea del Norte- y por 30 años, priorizó la educación y puso a su país al mismo nivel socio-económico de Japón.
Nuestras Fuerzas “Armadas”, no tienen casi armas ni municiones, ni aviones, ni barcos, ni transportes terrestres, etc. etc., pero saben de la organización y manejo de jóvenes, tienen edificios y cuarteles, tienen miles de hectáreas (antes, de maniobras) dedicadas a la redituable producción de comoditities agropecuarias. Es decir, tienen lo básico para combatir el atraso de los sectores sociales más postergados, y prevenir la delincuencia promoviendo la inclusión social.
Obviamente necesitarán de la complementación y colaboración de pedagogos, escuelas técnicas, universidades, etc. Es decir: habrá que readaptarlas, re-direccionarlas, y re-armarlas, pero de Voluntad, Paciencia, Abnegación y su descontado Amor a la Patria (no al gobierno de turno, necesariamente).
Finalmente, modestamente pienso que estas ideas podrían ser un punto de partida para la concreción de los altos objetivos sociales que -a no dudarlo- habrá tenido nuestra Ministra de Defensa, la Sra. Nilda Garré, en su juventud.
Por todo esto, al rol fundamental y clásico de nuestras Fuerzas Armadas de defender la integridad territorial, se le debería agregar el de defender la integridad de su población, como personas hábiles.
(*)Profesor Honorario de la Universidad Nacional del Litoral, Esperanza, prov. de Santa Fe.
En Latinoamérica, casi el 30% de los jóvenes de entre 15 y 25 años de edad, no estudia ni trabaja. Y en nuestra Argentina, están en esa situación, alrededor de 900 mil.
Foto: Archivo El Litoral