EDITORIAL
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La muerte de un demócrata
A pocos meses de haberse cumplido un cuarto de siglo del retorno a la Constitución y a la democracia, ha muerto la figura que le puso nombre y apellido a ese proceso: Raúl Ricardo Alfonsín.
Hombre de profundas convicciones políticas, militó toda su vida en la Unión Cívica Radical, partido a cuya modernización contribuyó desde la corriente de Renovación y Cambio que, al cabo, lo proyectó a la cima del centenario partido, y luego a la presidencia de la Nación.
En 1983 encabezó un potente fenómeno político-social de reivindicación de la democracia como forma de vida, tan vigoroso que triunfó sobre un peronismo que se consideraba imbatible. La victoria se plasmó en las urnas, pero había comenzado a gestarse antes, mediante la denuncia de un pacto sindical-militar, que erizaba la piel de buena parte de la sociedad.
Alfonsín representaba la esperanza, a tal punto que en una reunión que mantuviera en esos días augurales con pensadores y artistas, se escuchó salir de la boca del siempre escéptico Jorge Luis Borges, un inesperado ¡Viva la patria! que conmovió a los presentes. Ese grito del escritor ciego representaba el sentimiento de muchos que necesitaban volver a creer, que aspiraban a vivir y crecer en una sociedad abierta que dejara atrás la pesadilla de la dictadura, el facto, el conflicto armado, las asonadas militares y un sindicalismo corporativo y faccional.
Alfonsín fue consecuente con sus ideas y proclamas. Sentó en el banquillo de la Justicia a los integrantes de las juntas militares que habían conducido el país de 1976 a 1983 y coaguló las responsabilidades a la altura de los mandos superiores. Inició, en los hechos, el proceso de desmilitarización de la Argentina que, sin embargo, habría de experimentar retiemblos y sofocaciones, a causa de la pertinaz resistencia de ciertos grupos militares. Entre tanto, con los sindicatos le fue mal. El partido Justicialista bloqueó en el Congreso el proyecto de modernización sindical. Y la CGT, liderada por Saúl Ubaldini, hizo algo más: organizó trece paros ilegales contra un gobierno de incontrastable legitimidad.
El acceso de Alfonsín al poder dinamizó el retorno a las instituciones en Latinoamérica, privilegió la negociación y el acuerdo sobre las hipótesis bélicas -tal el caso del entendimiento con Chile, con asistencia del Vaticano, respecto del canal de Beagle- y promovió la integración económica regional, con el doble propósito de generar escala comercial e inhibir las propuestas de guerra de sectores belicistas.
Por último, no se puede cerrar este repaso sin mencionar la reforma constitucional de 1994, convención que lo contó entre sus protagonistas centrales, tanto como en el pacto previo anudado con el Dr. Carlos Menem, por entonces presidente de la Nación y decidido a conseguir la reelección dentro de las normas o contra ellas.
A la hora de su muerte, su constante mensaje a favor del diálogo y la unión nacional asume una extraordinaria dimensión política al contrastarse inevitablemente con la actual realidad del poder, justo en el comienzo de la actividad preelectoral.