Al margen de la crónica

La vida es una moneda

Juan Carlos Baglietto popularizó en los ‘80 una canción de Fito Páez que dice: “La vida es una moneda, quien la rebusca la tiene”. Ahora, por más que se la rebusque, es difícil de encontrar. Y no sólo porque estamos en época de vacas flacas donde todo el mundo cuida el peso, sino porque realmente las monedas no están por ningún lado.

¿Qué pasa que se acabaron? Si ya se utilizan menos para el colectivo, porque la mayoría implementó las tarjetas magnéticas y tampoco se ven en las calles, la pregunta natural es ¿adonde fueron a parar?

Lo cierto es que esta escasez no beneficia a nadie. Y mucho menos al ciudadano de a pie que se ve obligado a conseguirlas de cualquier modo o, de lo contrario, dejarle 30 ó 50 centavos al taxista, donar al hipermercado para la campaña solidaria o llevarse un caramelo en lugar del vuelto correspondiente.

Los comerciantes también hacen malabares y tratan de arreglarse con los billetes más chicos para dar el vuelto a sus clientes, generando siempre situaciones de roces. La frase “no tengo monedas” debe ser una de las más escuchadas en los últimos tiempos. Y se supone que el cliente debe conformarse o acceder a llevarse cualquier sustituto a cambio, no sin mostrar su mejor cara de malhumor. Este problema se agudizó en los últimos dos años, adquiriendo un nivel nunca visto. El rumor que más circula es que, por la suba del precio de los metales, se ha formado un mercado negro de monedas que las retiene y las vende como metal. Otros aseguran que particulares las acumulan y les aplican un interés para el cambio.

Mientras tanto, la cotidianidad ha perdido un ruido tradicional. El tintinear metálico en las carteras o el bolsillo se ha silenciado. En su lugar, nos encontramos con un puñado de caramelos pegajosos, goma de mascar o aspirinas recolectadas sin voluntad.