Opinión

Un político batallador, esforzado y honesto

Diego Dulce

DyN

Raúl Alfonsín simbolizó como nadie la recuperación de la democracia argentina después de la peor de las dictaduras, pero también marcó las limitaciones de una democracia incipiente para imponer sus condiciones. Llevo al radicalismo a su protagonismo más importante en más de 70 años, pero también participó de su máxima declinación.

Cambió la representación social del radicalismo que pasó de su histórico papel de “centroderecha pro sistema” a “una política de consignas progresistas de centroizquierda”, próximo a las expresiones de la internacional de partidos socialistas, que con el tiempo pasó a integrar.

Fue un político batallador, esforzado y a todas luces honesto. Pero éstos no fueron suficientes pergaminos para realizar una buena gestión de gobierno.

Respetó, como casi no hicieron los gobiernos que le sucedieron, la división de poderes y mantuvo diálogos públicos y privados con dirigentes de la oposición. Desde el gobierno, en 1983, encabezó una denodada lucha contra las violaciones a los derechos humanos, pero no juzgó a las cúpulas militares por “infames traidores a la Patria” al derrocar a un gobierno constitucional.

Promovió los Juicios a las Juntas militares que ayudaron a destapar los crímenes aberrantes de la dictadura y que marcaron un hito a nivel internacional, pero se sintió obligado a promover, por falta de margen político, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

Buscó cambiar los ejes de la economía argentina que heredó de los militares, pero no consiguió crear un sistema sustentable en el tiempo y finalmente este problema derivó en retiro anticipado de la Casa Rosada. Acometió con fuerza contra la estructura sindical peronista, pero se estrelló contra la resistencia de senadores justicialistas. Igual que en otro momentos de la historia, su declinación comenzó con una votación negativa en el Cámara Alta.

El final anticipado de su administración -después de intentar eludir una derrota adelantando las elecciones cinco meses- provocó una conmoción nacional y hundió a la UCR en un fangal. El radicalismo bajó varios peldaños electorales en los ‘90 y Alfonsín debió salir a negociar en el polémico Pacto de Olivos, con el gobierno de Carlos Menem, una reforma constitucional que el justicialismo amenazaba realizar con sus propias fuerzas para alcanzar sobre todo la reelección que quería el presidente.

Bajo su dirección, la UCR quedó virtualmente fracturada ante el acuerdo y desde ese ostracismo tuvo que ver cómo Menem era reelegido. Encima, quienes resultaron segundos en los comicios del ‘95 -José Bordón y Chacho Álvarez- eran dos peronistas disidentes, y no ya radicales.

La realidad, y no tanto las convicciones, le fue imponiendo las candidaturas. Fernando de la Rúa, su eterno rival interno desde el ‘83, al que veía demasiado conservador y complaciente con los poderes económicos, encarnó una expectativa nacional de superar “lo peor” del gobierno peronista, identificándose como la continuidad de lo más exitoso de la experiencia de los 90.

Con su anuencia, apoyó la Alianza con los peronistas críticos del Frepaso y consiguió, por mérito propio, que un radical encabezara la fórmula que finalmente derrotó al justicialismo, que hasta ese momento parecía haberse adueñado del poder desde comienzos de la década. Sin embargo, volvió a ser testigo de la debacle de un radical en el poder, cuando a dos años de comenzado, De la Rúa debió abandonar el poder, dejando una de las más graves crisis económicas e institucionales.

La salida del 20 de diciembre de 2001 sumergió todavía más a la UCR, hasta el punto de la fractura y el éxodo masivo de dirigentes. En las presidenciales del 2003, el postulante del partido no llegó al 2 por ciento de los votos nacionales.

Con sus méritos y sus limitaciones, Alfonsín será uno de los mejor recordados de los primeros 25 años de esta democracia y se irá, seguramente, en medio de aplausos.