Alfonsín ofreció a Ítalo Luder la presidencia de la Corte Suprema de Justicia. Todo un símbolo. foto: archivo el litoral
Representó lo que hoy nos falta

Alfonsín ofreció a Ítalo Luder la presidencia de la Corte Suprema de Justicia. Todo un símbolo. foto: archivo el litoral
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análisis
José Curiotto
¿Por qué esta sensación de angustia y vacío generalizado al saber del fallecimiento de Alfonsín?
¿Qué provoca este profundo respeto, tanto de sus correligionarios, como de sus adversarios políticos?
¿Qué ocurrió durante los últimos 25 años con un hombre que en 1989 se tuvo que ir del gobierno antes de tiempo por una hiperinflación que carcomía a los argentinos?
¿Dónde se produjo el quiebre, a partir del cual se convirtió en un dirigente que trascendió su tiempo y su partido?
No existe una respuesta excluyente para estos interrogantes. Las razones históricas y personales son múltiples, con errores y aciertos. Con equivocaciones que no deben ser olvidadas, y con virtudes que bien vale reconocer.
Pero tal vez la respuesta a tantas preguntas podría resumirse en un concepto clave: Alfonsín representó mucho de lo que hoy nos falta a los argentinos. Y lo que no se tiene, se añora.
Alfonsín representó respeto, en un país de agresiones permanentes.
Alfonsín representó honestidad, en un país en el que casi todos intentan llevarse la mejor tajada.
Alfonsín representó serenidad, en un país donde impera la violencia.
Alfonsín representó consenso, en un país de intolerancia.
Alfonsín representó diálogo, en un país donde las ideas se imponen con prepotencia.
Es verdad que la muerte suele provocar una suerte de mágica redención, que no siempre es justa, ni se condice con lo que fue la vida del que ya no está.
Sin embargo, él fue el único capaz de lograr que la presidenta Cristina Fernández y el vicepresidente Julio Cobos se dirigieran la palabra.
Y no es poco. Porque lo que no se tiene, siempre se añora.